FICHA TÉCNICA



Título obra Tovarich

Autoría Jaques Deval

Notas de autoría Joaquín Bernal / traducción

Elenco Marilú Elízaga

Eventos Inauguración del Teatro El Caballito

Notas Comentarios sobre la obra Tovarich

Referencia Armando de Maria y Campos, “Antecedentes de la deliciosa comedia Tovarich. I”, en Novedades, 22 mayo 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Antecedentes de la deliciosa comedia Tovarich. I

Armando de Maria y Campos

El jueves 19 fue inaugurado el nuevo, suntuoso y exquisito teatro de El Caballito, que ha construido para "saciar sus ansias de actriz" la señora doña María Luisa Pérez Caballero de Elízaga –Marilú Elízaga–, precioso coliseo para minorías del que me ocuparé en detalle en próximas informaciones. Ahora quiero conversar con el lector sobre la obra elegida por Marilú Elízaga para inaugurar su teatro, ya conocida en México, porque fue estrenada hace 23 años por Fernando Soler y Sagra del Río, en el teatro Fábregas, en pulcra traducción de Teodoro J. Ramírez; la hicieron después María Tereza Montoya y el propio Fernando Soler, Matilde Palou y Miguel Ángel Ferriz y Anita Blanch y Miguel Manzano. La propia Marilú la hizo en francés, en la sala Molière, hace 4 años, bajo la dirección de André Moreau, mismo director que ahora la ha dirigido para El Caballito.

Ya habrá comprendido el lector que me refiero a Tovarich de Jacques Deval, ahora traducida por Joaquín Bernal.

¿Quieren conocer una de las historias más cómicas y al mismo tiempo más profundas y más trágicas de nuestros días? ¿Una historia en la que se recogen, y como que se sintetizan, con humor alado y agudo, la inquietud y la paradoja de la vida contemporánea?

Pues lean el resumen de la que escénicamente ha narrado, con un éxito de los más resonantes, el dramaturgo francés Jacques Deval.

En una mansión sórdida de una gran ciudad, náufragos de la revolución rusa, desterrados de su patria, que se vieron forzados a abandonar, el príncipe Miguel Urakief y su esposa, la gran duquesa Tatiana, viven miserablemente. Los escasos recursos con que arribaron a esta playa de salvación, mermados considerablemente, a pesar de la economía rigurosa de una vida modestísima, están en sus postrimerías. Esta mañana la ex princesa, con un gesto en el que ha gallardeado toda la frivolidad señorial de su aristocracia, acaba de gastar el último billete. Inermes y desnudos ante el destino, estos dos rusos blancos, víctimas de los rusos rojos, se disponen a luchar bravamente para ganarse la vida.

Porque Tatiana, tras la inutilidad y el fracaso de sus porfiadas reiteraciones, ha renunciado ya definitivamente a que el ex príncipe, su marido, use de un recurso que, en un minuto, les llevaría al fasto, a la abundancia, al esplendor mirífico de una vida de millonarios. Pero Miguel se opone, como se ha opuesto siempre, a utilizar este resorte que tiene al alcance de su mano. Miguel dispone –si se decide– de cuatro mil millones en la cuenta corriente –a su nombre– de un banco absolutamente solvente. Y, sin embargo, vedle ahora buscando afanoso en los anuncios de prensa un empleo que le permita a Tatiana y a él ganar trabajosamente su vida.

Esta obstinada actitud de Miguel obedece a escrúpulos muy ligados a su historia y a sus sentimientos. En el instante en que allá, en su amada Rusia imperial, se iniciaba el derrumbamiento de un régimen, el zar, de quien él era allegado familiar y cortesano devoto, le confió este tesoro que ahora –acrecido por la cuantía fabulosa de los intereses devengados durante tres lustros–, guarda en un banco. Y puesto que el zar le confió estos millones, Miguel cree que sólo el zar debe y puede devolvérselos. No los considera como bienes propios. Es un depósito sagrado que el zar encomendó a su honesta y devota lealtad, a su fidelidad inquebrantable.

Bien ahincado en esta creencia, firme en este propósito, Miguel resiste todas las solicitaciones tentadoras, todos los apremios angustiosos, todas las demandas interesadas de amigos y negociantes. Y antes de claudicar, ni siquiera en provecho propio, ni a impulso de la imperativa insinuación de su esposa, vedle ahora buscando afanoso en los anuncios de prensa un empleo que les permita a Tatiana y a él ganar trabajosamente su vida. Y antes de claudicar, ni siquiera en provecho propio, ni a impulso de la imperativa insinuación de su esposa, vedle ahora buscando afanoso en los anuncios de prensa un empleo que les permita a Tatiana y a él ganar trabajosamente su vida.

Un banquero socialista, enriquecido por modo fabuloso y rápido, elevado a la diputación y a la esfera de las grandes influencias sociales, quiere montar a tono con este encumbramiento espectacular la escenografía de su vida. Y necesita, claro está, indocumnetado como se halla, un mayordomo y un ama de llaves que sepan dorar el marco en que él ha de exhibirse.

Un banquero socialista, enriquecido por modo fabuloso y rápido, elevado a la diputación y a la esfera de las grandes influencias sociales, quiere montar a tono con este encumbramiento espectacular la escenografía de su vida. Y necesita, claro está, indocumnetado como se halla, un mayordomo y un ama de llaves que sepan dorar el marco en que él ha de exhibirse.

Nada trágico en esta situación viene a turbar la facilidad brillante de un humor risueño que aprovecha todas las ocasiones –y son numerosísimas– que ofrece el contraste de unos verdaderos aristócratas sirviendo a un señor improvisado y convirtiéndose de hecho en el eje auténtico de la vida en la casa del banquero, para provocar, con la sátira y el donaire, una feliz e incontenible hilaridad.

Tatiana y Miguel se conducen cerca del socialista enriquecido y su esposa como lo hicieran antaño en el palacio imperial junto a la zarina y el zar. Los señores están como deslumbrados, y los criados viven radiantes. La caricatura y la ironía, la gracia y el chiste, sazonan con especies picantes y con agudeza teatral experta la bizarra singularidad de la situación.

El divertido argumento continuará en próxima crónica.*


Notas

* La crónica a que hace referencia se publicó el 31 de mayo de 1955.