FICHA TÉCNICA



Notas Cita de las palabras de Salvador Novo en la presentación del Teatro de Ulises en 1928

Referencia Armando de Maria y Campos, “Ayer no más, y... ya es historia. Novo explica cómo nació el Teatro de Ulises en 1928. I”, en Novedades, 15 mayo 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Ayer no más, y... ya es historia. Novo explica cómo nació el Teatro de Ulises en 1928. I

Armando de Maria y Campos

Una noche de mayo de 1928, la cartelera del teatro Fábregas se cubrió con un programa insólito: "Teatro de Ulises presenta: Smili de Claude Roger Marx; Welded (Ligados) de Eugene O'Neill, y Orfeo de Jean Cocteau". Tres nombres únicamente figuraban en la cartelera: Antonieta Rivas Mercado, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia. Acostumbraba entonces –sin par costumbre– visitar noche a noche todos los teatros de la metrópoli. Entrada por salida, o quedábame si había estreno, reprisse o novedad alguna. Me quedé en el Fábregas, atraído por la novedad.

En los pasillos del coliseo que fuera de doña Virgina conversaba, esperando que principiara el espectáculo, un público extraño al del teatro habitual: muchas caras desconocidas en el ambiente, pocas personas conocidas. Hablaban de la audacia de un grupo de jóvenes escritores de presentar, y representar un teatro nuevo, distinto al común y corriente, que esa misma noche ofrecían a sus clientelas las compañías de Tordesillas y Tamés, en el Regis y en el Ideal. Teatro experimental, decían los "snobs" que era. Se dio la tercera llamada, se apagó la sala y a telón corrido –creo– apareció un joven alto, cimbreño, nervioso, portando severos espejuelos con aros de carey, y... una cuartillas en la mano. Era el joven poeta –y también actor esa noche– Salvador Novo. Se iniciaba una nueva etapa de teatro en México.

El público, acomodado en sus butacas y en silencio, se dispuso a escuchar. Novo empezó a leer: "Señoras y señores: Hace algunos meses que en este mismo lugar dirigí unas cuantas palabras al grupo de personas que, al venir aquí, abrigaban la intención de presenciar obras modernas de teatro extranjero. Alucinado como ellas, yo había preparado una erudita conferencia que iba de Víctor Hugo a Franz Werfel. Pero no pude pronunciarla. Lleno de impaciencia, Alfredo Gómez de la Vega me estaba picando las costillas. Apenas, si no recuerdo mal, pude señalar algunas de las lacras del teatro que estamos habituados a ver en México, citar la primera representación de La dama de las camelias, abominar de las candilejas y, antes de retirarme, predecir los que llamé teatros menores, que deberían tenderse como un puente para que el gusto del público pasase, del año en que se encuentra detenido, al siglo que nos ha visto nacer. Jacobo Dalevuelta se ocupó de aquella palizada mía. Se comentó vagamente la idea y no se llegó a hacer nada práctico. Pero ya se había sembrado la prolífica semilla de la duda. Flotaba una pregunta en el aire. ¿Se pretende hacer teatro mexicano? Hay muchas obras mexicanas inéditas. Desentendiéndonos de tal vaporosa pregunta, o mejor, de tan razonable respuesta, afirmaremos que no es problema hacer teatro mexicano sino teatro en términos generales. Al hombre brillante y augusto a quien se le ocurrió confeccionar cigarrillos, no pensó primero en los cigarrillos egipcios allí donde le podían satisfacer los equivalentes de los "Monarcas". Quiso fumar, de la misma manera la gente quiere divertirse. Y antes que imponerle el cigarro de hoja, ¿por qué no advertirle que puede comprar Melachrinos por el mismo precio? Resultará beneficiado el fumador y escarmentado, para bien de su producción, el fabricante de los cigarrillos desagradables.

"Este grupo de Ulises –pasando a otro asunto– fue en un principio un grupo de personas ociosas. Nadie duda, hoy día, de la súbita utilidad del ocio. Había un pintor, Agustín Lazo, cuyas obras no le gustaban a nadie. Un estudiante de filosofía, Samuel Ramos, a quien no le gustaba el maestro Caso. Un prosista y poeta, Gilberto Owen, cuyas producciones eran una cosa rarísima, y un joven crítico que todo lo encontraba mal y que se llama Xavier Villaurrutia. En largas tardes, sin nada mexicano que leer, hablaban de libros extranjeros. Fue así como les vino la idea de publicar una pequeña revista de crítica y curiosidad. Luego, ya de noche, emprendían ese camino que todos hemos recorrido tantas veces y que va, por la calle de Bolívar, desde el teatro Lírico, por el Iris, mira melancólico hacia el Fábregas, sigue hasta el Principal, no tiene alientos para llegar al Arbeu y, ya en su tranvía, pasa por el Ideal. Nada qué ver. La diaria decepción de no encontrar una parte en qué divertirse. Así, les vino la idea de formar un pequeño teatro privado, de la misma manera que, a falta de un buen salón de conciertos o de un buen cabaret, todos nos llevamos un disco de vez en cuando para nuestra vitrola.

"Como dije antes, y deseo insistir sobre ello, el primitivo grupo de ociosos que constituyeron la revista de Ulises primero y la intención del teatro después, no pensó jamás en llevar a la escena pública la intimidad de los juegos dramáticos que ocuparían sus frecuentes ocios. Yo he creído siempre que unas personas deben decir las cosas convenientes, pero que no deben hacerlas, por respeto propio, ya que alabar una cosa y hacerla después ruboriza la dignidad, aparte de que hace correr el riesgo del comentario desfavorable a la bondad de lo que se predicó tan bien y se hizo tan mal. Esta consideración demuestra lo envidiable que es ser legislador. Lo natural hubiera sido la formación de numerosos núcleos de aficionados inteligentes y flexibles, de buen carácter, pacientes y estudiosos, que se sometieran sin reparo a la dura disciplina de un dictador tan sabio y entusiasta que supervisara desde la contracción de una mano hasta el ruido del telón al levantarse; desde el maquillaje de una frente hasta la menor pausa en el diálogo. Que dispusiera de tantas personas para las partes, que no tuviera que realizar el milagro chino de torturar dentro de un papel a una persona que no había nacido para desempeñarlo, tan sólo porque no había otro que lo hiciera. Muchos grupos de esta especie ideal, aunque no tuvieran relación mutua, y mejor si no la tenían, obrarían de pronto el deseado milagro.

"En lugar de lo cual hemos tenido que conformarnos con las diez, cuando mucho, personas del Teatro de Ulises, que sin ambiciones ni miras profesionales han aceptado colaborar en comedias que forzosamente hubieron de tener una limitación de personajes y de posibilidades que es la del muy reducido grupo. No es, ni con mucho, lo que quisiera ofrecerse. De este O'Neill de quien damos Welded, con cuánto gusto haríamos Lazarus laughed, o Strange interlude, Anna Christie o The hairy ape."

Hasta aquí, por ahora. Seguiré en próxima crónica con el resto de ésta que no vacilo en llamar acta de nacimiento del teatro experimental mexicano, y con consecuentes comentarios.