FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios del autor sobre su investigación para el libro Revolución y teatro, encargado por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM)

Referencia Armando de Maria y Campos, “Invitación a la historia de nuestro teatro en la Revolución”, en Novedades, 16 abril 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Invitación a la historia de nuestro teatro en la Revolución

Armando de Maria y Campos

Por decreto presidencial del 29 de agosto de 1953 se creó el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana y desde luego inició sus actividades bajo la dirección del vocal ejecutivo, licenciado don Salvador Azuela. Los más distinguidos historiadores mexicanos fueron invitados a colaborar en la preparación de trabajos sobre los más variados aspectos de la revolución mexicana, previa presentación de planes de investigación, que, aprobados por los miembros del Instituto aparte el licenciado Azuela, el licenciado y senador don Pedro de Alba, el profesor don Francisco L. Urquizo, el periodista Diego Arenas Guzmán, etc., todos ellos iniciadores y actores después del movimiento que va a historiar, habrán de dar a su tiempo el fruto deseado: una amplísima historia de la Revolución.

Los historiadores invitados o aceptados para hacer la historia de la Revolución trabajan mediante contratos que establecen obligaciones y derechos con duración de un año, durante el que, mediante una retribución adecuada y decorosa, habrán de escribir el trabajo propuesto y aceptado, que el Instituto editará dentro del año siguiente al que fue escrito y entregado. Así se integrará una monumental historia de la Revolución cuyos múltiples capítulos serán escritos por especialistas, actores o testigos de los hechos que estudien, analicen, relaten.

Uno de los vocales del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, el licenciado y senador don Pedro de Alba, tuvo la bondad de consultarme sobre si yo creía, como él estimaba que sí, que se podría estudiar la influencia que el teatro tuvo en la revolución mexicana y la que ésta tuvo en el desarrollo de nuestro teatro, frívolo o serio, es decir chico –zarzuela, sainete, o revista– y grande –drama, comedia o farsa– y, en ese caso, si yo estaría dispuesto a encargarme, mediante el contrato respectivo, de componer ese trabajo. Sin meditarlo mucho, como quien tiene, sin saberlo, lista la respuesta, le repuse que sí, honrado, encantado, entusiasmado. Me manifestó el doctor de Alba que era preciso presentara al Instituto un plan de trabajo, que sería estudiado por los vocales, y que si resultaba aprobado, pues, manos a la obra.

Ya tengo los dos, y todo mi entusiasmo y mi moderada capacidad, sobre tan apasionante trabajo, de acuerdo con el plan que expuse a los vocales Azuela, Urquizo, Romero Flores, de Alba, Díaz Soto y Gama y Arenas Guzmán, todos ellos, por fortuna mía, apasionados por el teatro, que en su juventud revolucionaria frecuentaron y a veces utilizaron para sus fines inquietos y progresistas. Sólo que ahora me doy cuenta de lo difícil que es realizar trabajo tan amplio y diverso, sin contar con más elementos de trabajo, aparte mi entusiasmo, que mis recuerdos y mis colecciones –toda colección está siempre incompleta– y mis archivos de teatro mexicano, tan poco editado, y tan difícil de conseguir cuando se halla inédito, por la negligencia, descuido o indiferencia de sus propios autores.

Yo sí creo en un teatro revolucionario –o unido por múltiples vasos cominicantes con nuestros movimientos revolucionarios– porque desde mucho antes de mi adolescencia lo he visto, lo he gozado, le he sentido. Puedo considerarme testigo de todo cuanto se ha escrito y representado –aparte lo mucho leído– desde los primeros brotes del género, en obras frívolas, en el recién incendiado cine Briseño –en otra época teatro Briseño– en la colonia Guerrero, en mis años escolares de 1907 y 1908. Conforme lo recuerdo y lo reviso a través de los escasos documentos disponibles, me doy cuenta no sólo de la existencia de un frondoso teatro revolucionario –por sus audaces temas– mucho más que reflejo, espejo fiel, de las ansias, inquietudes y esperanzas de nuestras clases humildes y trabajadoras por un México nuevo, como certeramente se llamó una de las primeras obras que se enfrentaron valientemente con hechos que la intuición de todos sentían inminentes. Pero conforme me adentro en el recuerdo, en la investigación, en la búsqueda ingrata de materiales no sólo escritos, también humanos a través de actores, autores o espectadores supervivientes de aquellas épocas, me doy cuenta de lo poco que se conserva, de lo disperso de los materiales –¡si los hay!–; de lo tibio o borroso de los recuerdos. Hay que hallarlo de nuevo todo, buscándolo en los sitios más increíbles; hurgar, perseguir. No hay archivos –los de las diversas sociedades o uniones de autores mexicanos se han perdido o desbalagado en gran parte; la actual Unión Nacional de Autores conserva un mínimo fondo; ni colecciones ni... y esto es lo más triste, ganas de recordar. Sin embargo, hay que reunir lo que exista; precisa fijar hechos, fortalecer recuerdos, reconstruir una larga época –1900 a 1950– rica, opulenta, cargada de revelaciones y de realidades.

Me place declarar que en no pocas ocasiones he hallado amigos y personas que se interesen por el trabajo que vengo desarrollando, y que desde ahora declaro que sea cual sea su resultado, no será nunca mío exclusivamente, porque nada se puede hacer en esta materia sin colaboradores; será de quienes me ayuden con sus recuerdos o con sus materiales, obras impresas o inéditas, crónicas, programas, confidencias, opiniones y consideraciones. Con gratitud empiezo a revelar los nombres de quienes me están brindando su colaboración: los autores Carlos M. Ortega, Pablo Prida, Angel Rabanal, Antonio Guzmán Aguilera –viejo condiscípulo en Mascarones, después el famoso Guz Aguila–; los actores Jesús Graña, Rodolfo Navarrete y Ernesto Frnance; el actual secretario de UNA, Alfredo Robledo, y, desde luego, la eficaz archivera de esta Unión, doña Julita Espinosa. En lugar preferente; el señor don Nicolás Muñoz León, que ha dedicado su larga vida de aficionado al teatro, a escribir un libro con las biografías de –¡parece increíble!– todos los autores teatrales nacionales y extranjeros, para el que desde hace años busca y no halla editor. Pero no basta. Para el volumen que estoy componiendo y que se llamará Revolución y teatro, me hace falta la colaboración, que desde ahora pido y agradezco, de quienes en una u otra forma hayan intervenido en el nacimiento, desarrollo y plenitud de nuestro teatro revolucionario, o político, porque no hay revolución sin política y toda revolución precisa de la política. Todo me puede ser de utilidad. La historia siempre se finca con hechos mínimos y cualquier hilo conduce a un ovillo...

No está de más facilitar a mis esperados colaboradores medios para establecer contactos. Mis señas: Apartado Postal 2771, México, D.F. Por cualquier dato, por insignificante que parezca, mi conmovido reconocimiento.