FICHA TÉCNICA



Título obra El modisto de señoras

Notas de Título El estante de juguetes (título original)

Autoría Jaques Deval

Notas de autoría Ceferino R. Avecilla / traducción

Dirección José de Jesús Aceves

Elenco Francisco Muller, Rebeca Iturbe, Noé Murayama, Eduardo Uthoff, David Gallardo, Libertad Ongay

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro El Caracol

Referencia Armando de Maria y Campos, “Vodevil a todo trapo y con pocos trapos en El Caracol y en la Chopin. De la comedia picaresca al pasquín inmoral”, en Novedades, 27 marzo 1955.




Título obra Media hora de amor

Autoría Álvaro Custodio

Notas de autoría Jacques Ligour / seudónimo de Álvaro Custodio

Dirección Álvaro Custodio

Elenco Nicolás Rodríguez, Sara Mntes, Rafael Llamas, Consuelo Monteagudo, Rodolfo Calvo, Ángel Casarín

Grupos y compañías Teatro Español de México

Espacios teatrales Sala Chopin

Referencia Armando de Maria y Campos, “Vodevil a todo trapo y con pocos trapos en El Caracol y en la Chopin. De la comedia picaresca al pasquín inmoral”, en Novedades, 27 marzo 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Vodevil a todo trapo y con pocos trapos en El Caracol y en la Chopin. De la comedia picaresca al pasquín inmoral

Armando de Maria y Campos

En menos de veinticuatro horas hemos pasado de la comedia picaresca al pasquín teatral inmoral. La ola de temas vodevilescos que ha invadido nuestro ambiente teatral a partir del estreno de La hora soñada de Anna Bonnaci –que es una finísima comedia con un tema de vodevil; después convertida por extralimitación de algunos de sus intérpretes, en franco y audaz vodevil–, que parecía haber culminado con la reciente presentación de Le coin tranquille (o Desnúdese, señora) de André Michel, se ha venido a recrudecer esta semana con la representación de otras dos producciones que repiten la carrera loca y desenfrenada de la comedia alegre y picaresca, con matices de vodevil, al ..."pasquín teatral" –de alguna manera hay que denominar al nuevo género surgido el viernes en la sala Chopin– que va más allá del género vodevilesco, del que ya se ha hablado con el respeto que merece su abolengo y su categoría en esta misma columna esta semana.

Precisamente en la semana que concluye, culmina la desesperación de la sociedad metropolitana por la caudalosa invasión de las revistas pornográficas, con la quema simbólica en la plaza de la Constitución de revistillas y pasquines pornográficos, semana durante la que el Estado –por boca de su secretario de Educación– y la Iglesia –por la también ponderada de su arzobispo primado– y la juventud, no por encabritada menos consciente, condenan enérgicamente la pornografía, vienen dos nuevas obras a cubrir otros tantos escenarios con temas que dejan de ser picantes para convertirse en francamente obscenos, como en el caso de Media hora de amor, producción –y entiéndase ahora el término del proceso que va de describirla, buscar empresa o caballo blanco a dirigirla y ponerla– del señor Álvaro Muñoz Custodio.

¿Se habrá ido demasiado lejos en la representación de vodeviles? El público empieza a cansarse, y gran parte de él, a asquearse. Bueno está lo bueno en el desnudo femenino en la escena que sugiere, en el chiste de doble sentido, pero la exhibición de desnudeces a titiplén, muchas veces sin que lo exija la acción de la pieza –como en Desnúdese, señora, ayer, y en Media hora de amor y en El modisto de señoras, ahora–, puede resultar contraproducente, alejando al público de los teatros de bolsillo, la lengua hinchada por tanta sal gruesa. No llegaré a pedir como lo intentan oficialmente algunos colegas en la crónica teatral, que la Federal Estudiantil Universitaria manifieste su protesta ante las salas Ródano y Chopin, y queme simbólicamente también, como en el caso de las revistillas inmorales y pasquinescas, las carteleras que anuncian la adaptación de Zenteno y la producción de Custodio, porque ese escándalo lesionaría en forma irremediable la noble tradición teatral de México, pero no desaprovecho la ocasión de aconsejar, por lo menos, buen gusto a directores, empresarios y a modelos que con el menor pretexto y –¡el que no enseña no vende!– mayor desenfado se presentan en la escena como en cualquier balneario o programa de televisión...

¿Por qué el fino instinto teatral de José Aceves se quebró y ha querido convertir en vodevil la divertida, a ratos deliciosa, comedia El estante de juguetes (presentada con el título que en realidad nada sugiere de El modisto de señoras) de Jacques Deval, traducida con exquisito humor por el antiguo bulevardiero Ceferino R. Avecilla? Nada tiene de vodevil la pieza de Deval, no obstante la intervención de una "pupila" y de la vieja administradora de sus encantos en el taller de un feminoide diseñador de figurines y amador impenitente porque la tal "pupila" resulta una ingenua auténtica, la "corredora" un tipo como hay tantos en el teatro, y el figurinista un buen hombre normal en sus inclinaciones por el eterno femenino. Mejor será anunciar esta comedia divertidísima como lo que es, y suprimirle la escena inicial, en la que aparece una joven en deshabillé (salto de cama se decía antes de que apareciera el modelismo en el teatro), exhibiendo, como en cualquier portada de Vea, formas fenoménicas, sin hacer lo propio a lo largo de la obra de elementales aptitudes escénicas. El resto de la comedia, que se enriquece con una moraleja para los amantes buscadores del goce femenino, nada tiene de vodevil y mucho de gracia y picardía.

Francisco Muller –en el modisto de señoras– es toda la obra, y, guardadas las proporciones, está eminente. Es él, como casi siempre, y en esto estriba el mérito de su caracterización e interpretación, equilibrada y bien comprendida. El papel de la pupila ingenua fue confiada a la belleza de la señora Rebeca Iturbide, y fue un acierto. Su fina silueta y el dulce gesto agrio de su extraña belleza le dan mayor encanto al personaje; como actriz revela pausado progreso, y su dicción, a veces, alcanza claridad. El joven actor Noé Murayama recargó el natural sobreactuado del personaje, criado del figurinista, y cumplieron los señores Eduardo Uthoff y Gallardo. La señora Ongay, en la corredora de jóvenes, censurable. ¡Cómo pierden las buenas comedias cuando se carece de buenos actores! La dirección de Aceves, ágil, y la escenografía de Julio Prieto, preciosa, con mucho ambiente.

Veinticuatro horas después, Álvaro Muñoz Custodio presentó en la sala Chopin su producción Media hora de amor, escondiéndose, como autor, tras el pseudónimo de Jacques Ligour, y escudándose, como director con las iniciales de su nombre de pila y de su segundo apellido: A.C. Empeño inútil, todos estábamos en el secreto. La sala, llena de invitados; el escenario repleto de situaciones, diálogos, chistes de todos calibres, ideas de lance, personajes que entran y salen, mujeres con trajes de baño Catalina no obstante que se previene que la acción pasa en Biarritz, y, en conclusión, un espectáculo largo, sin pies ni cabeza, como los pasquines con historietas escabrosas y desnudos hasta el hartazgo que estos días los estudiantes arrancan y destruyen de los puestos esquineros.

Para tal pieza, adecuada y lógica interpretación. El veterano y excelente actor Nicolás Rodríguez, que carga con el peso de la representación como protagonista, nada pudo, no obstante su buena voluntad, recursos de veteranía y de imaginación. Hizo su presentación el bello cuerpo de una popular cancionista: Sara Montes, y lució mucho en el ceñido traje de baño exhibido durante el primer acto. Un galán, ya madurito, Rafael Llamas, que actúa mucho por TV, se multiplicó en su personaje –un ayuda de cámara tenoriesco– y aunque sobreactuado, cumplió como actor. Otro tanto debe decirse de la característica Consuelo Monteagudo, del también veterano Rodolfo Calvo y del joven Ángel Casarín. Cinco modelos en traje de baño entraban y salían a componer portadas de pasquines picarescos. Y nada más.

Esta es la verdad de Media hora de amor de Álvaro Muñoz Custodio, ególatra director del llamado Teatro Español de México, que hace menos de ocho días escribió en este mismo Novedades : "La total incomprensión de la crítica periodística, una vez obtusa a todo intento audaz y profundo, se vio compensada, como antes, por la sensibilidad de los críticos más cultos y mejor dotados: los de las revistas Universidad y Humanismo, que calibraron debidamente nuestro esfuerzo".

Y qué: el público, ausente siempre, ¿no cuenta?...