FICHA TÉCNICA



Título obra Desnúdese señora

Notas de Título Coin tranquille (título en el idioma original)

Autoría Michel André

Dirección Raúl Zenteno

Elenco Celia D’Alarcón, Eduardo Brillas, Carmen Daniels, Sonia Furió, Alfredo de Soto, Julián Colman, Pedro Elviro Pitouto, Max Linder

Escenografía Artis Gener

Espacios teatrales Sala Ródano

Notas Breve historia del vodevil francés, con motivo de la obra Desnúdese señora

Referencia Armando de Maria y Campos, “Abolengo y jerarquía del vodevil, género teatral de origen francés. Desnúdese señora, por Celia D'Alarcón en la sala Ródano”, en Novedades, 23 marzo 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Abolengo y jerarquía del vodevil, género teatral de origen francés. Desnúdese señora, por Celia D'Alarcón en la sala Ródano

Armando de Maria y Campos

No es verdad, como se ha dicho ahora por quienes rabian al ver las carteleras de nuestros teatros ocupadas por vodeviles, que este género es inferior, que carece de categoría teatral y aun de historia y tradición. El vodevil puede degenerar, como todo en la vida, pero por muy bajo que lo arrastren algunos actores y no pocos arregladores, de eso a que no valga la pena tomarlo en serio, hay una distancia tan larga como la buena de la mala fe en materia de crónica teatral.

Voy a intentar, particularmente para el público lector, una brevísima historia del vodevil francés. La palabra es francesa y en el transcurso del tiempo ha tenido diversas acepciones. Desde comienzos del siglo XVIII este nombre se daba en Francia a una obra teatral en la que la parte hablada alterna con las canciones de carácter popular, basadas en aires conocidos o por lo menos fáciles de retener por el oído. Espectáculo mixto, pues, de diálogos y canciones populares, y con este término se conoce en Norteamérica contemporáneamente su espectáculo híbrido de números de variedades, escenas habladas. Volvamos a Francia, donde se llamó así la cancioncilla popular, generalmente satírica, y los couplets sueltos que pueden figurar indistintamente en una u otra obra cómica sin relación con el argumento de la misma. Posiblemente, la palabra vodevil se deriva de Vaux de Vire, región de Normandía, donde cantaba el pueblo los poemas satíricos de un juglar llamado Oliverio Basselin, muerto en Vire allá a mediados del siglo XV. Hay quien afirma que vodevil procede de voix de ville, basado este aserto en la colección de canciones en forma de voix de villes, publicada en París, por 1575, por el músico de Anjau, Juan Chardovaine. Y para que haya de dónde escoger, no falta musicólogo francés que haga descender la palabra vodevil de la designación más antigua aun aplicada a este género de canciones picarescas, vauls de ville, o sea cantos favoritos de la ciudad, con las que ya se las distinguía a fines del siglo XV o principios del XVI. Ya veís que el origen no puede ser más remoto.

Aun hay más. La palabra vodevil, aplicada a la canción callejera de melodía pegadiza y fácil ritmo, es ya usada en Francia por los escritores de fines del siglo XVI y XVII. Muchas de las coplas satíricas llamadas Mazarinedes, fueron luego vodeviles de carácter político. Rosseau, en sus Confesiones, asegura que suministrarían materiales abundantes para una historia íntima de Francia. Siguió siendo el vodevil canción del pueblo, de la calle, fue análoga a la vallanella italiana. Y a su tiempo, muy poco, desde luego, a la folla española, que incluía siempre tonadillas.

La canción callejera no subió a la escena francesa hasta 1700. Fue entonces cuando se introdujo la costumbre en los teatrillos de feria de San Germán y San Lorenzo de alternar con la parte recitada de las comedias los vodeviles más populares –como en las follas españolas– adaptándoles letra que hacía referencia a los sucesos de actualidad, aunque en algunas ocasiones componían los músicos vodeviles originales, como por ejemplo los escritos por José Mouret, por Giller, Ginault y Blavet. Andando el tiempo, adoptaron las compañías de cómicos la costumbre de cantar al término de la comedia un vodevil final, donde cada uno de los personajes tenía a su cargo una copla. Un ejemplo conocido de ello lo ofrece Las bodas de Fígaro de Beaumarchais, obra estrenada en 1784. El gusto creciente del público francés por el vodevil, convertido en suma y de manera definitiva en un nuevo género teatral, determinó un extenso movimiento literario a su favor, apareciendo en los escenarios incalculable número de comédies á ariettes, piéces en vaudevilles, comédies mélées de vaudevilles y comédies-vaudevilles, estas últimas llamadas finalmente vodeviles.

Como quiera que el nuevo género teatral incluía todos los estilos, o sea la comedia de intriga, las escenas de la vida doméstica, los cuadros de la vida rural, los tableaux de actualidad, y aun las parodias de las óperas llamadas serias, creyóse al fin necesario hacerle casa propia, y en 1792 se inauguró en París el Theátre du Vaudeville, levantado en el lugar que hasta entonces ocupara una sala de bailes populares. Destruido este teatro por un incendio en 1838, se elevó luego el que por años y años estuvo en el bulevar de los Capuchinos, naturalmente en París, por cuya escena desfilaron los nombres más gloriosos de la literatura francesa. A los vodeviles de Fuzelier, Piron, Le Sague y Dorneval, los precursores, siguieron los de Emilio Augier, Dumás hijo, Teodoro Barriére, Octavio Feuillet, que fue un as del género; Jorge Sand y Victoriano Sardou.

Boileau declaró el género vaudeville absolutamente francés:

D'un trait de ce poéme en bons mots si fertile,

le français, né malin, forma de vaudeville:

agrégable, indiscret, qui, conduit par le chant,

passe de bouche en bouche et s'accroit en marchant.

La voracidad del público bulervardero y cosmopolita impuso poco a poco una degeneración en este género teatral en que se mezclan un argumento sin hondura, generalmente de amores y picardías, escenas escabrosas inspiradas en el triángulo amoroso, muchos chistes y frases ingeniosos; pieza frívola y atrevida en fin, sin pretensiones psicológicas o morales, antes bien, con frecuencia francamente rechazables desde el punto de vista de la moral.

No ha decaído en Francia la afición por el vodevil, y los autores del género producen de todo. De lo menos bueno, no obstante haber alcanzado ocasionalmente el premio Tristán Bernard, es éste que con el título de Desnúdese, señora, que no es otro que Coin tranquille de Michel André, se representa estas noches en la sala Ródano, en traducción corriente, e inexplicablemente protagonizado por una dama aficionada al teatro –Celia D'Alarcón, o sea Celia González Rubio de Rojas Alarcón–, en el que se usan y abusan no de las situaciones cómicas, que la que origina su enredo es excelente, sino de recursos manidos y sobados, para paladares gruesos.

En cuanto a la interpretación, es más que estimable, destacando la labor de Eduardo Brillas, quien ha hecho mucho este género en teatruchos de barriada, y de Celia D'Alarcón, cuyos progresos son notables, secundada por Carmen Daniels, chilena de origen, y muy atractiva; Sonia Furió, española de nacimiento, joven y bella; Alfredo de Soto, Julián Colman y Pedro Elviro Pitouto, veterano en el cine, al que recuerdo haberle visto al lado de Max Linder. Dirigió y tradujo la obra discretamente y con mucha libertad, respectivamente, Raúl Zenteno, y la escenografía de Artis Gener, sin llegar a nada extraordinario no deja de ser buena.