FICHA TÉCNICA



Título obra El roce quemante de la ortiga

Autoría Anselmo Castillo Mena

Dirección Humberto Proaño

Elenco Carlos Ancira, Leonor Llausás, Antonio Trabulse

Escenografía Agustín García Proaño

Espacios teatrales Teatro de la Comedia

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 18 marzo 1962, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[El roce quemante de la ortiga]

Mara Reyes

El roce quemante de la ortiga. Teatro de la Comedia. Autor, Anselmo Castillo Mena. Dirección, Humberto Proaño. Escenografía, Agustín García Proaño. Reparto: Carlos Ancira, Leonor Llausás y Antonio Trabulse.

Excelente la idea de llevar a la escena una temporada de teatro mexicano moderno. Estímulo y aliciente para quienes escriben teatro de hoy en México. La obra seleccionada por Producciones Anfer, S. A., para iniciar esta temporada ha sido de un autor recién acuñado: Anselmo Castillo Mena: El roce quemante de la ortiga.

Mundo negro, deprimente concepción de la vida la de este autor. Todos los ingredientes negativos –deslealtad alcoholismo, odio, simulación, idiocia– parecen haber sido introducidos en una coctelera para servirlos en una copa a sabiendas de que no habrá en ella ningún sabor amable. En esta obra todo es negativo: hay un hombre: es alcohólico, fracasado y se dice que es perverso y sádico –hay una mujer desilusionada del hombre, fría, con esa “abnegación” que es agresión y no sentido del deber– se sabe que tiene una hija que nació idiota, y por último hay un amigo –es manco, interesado y traidor. ¿Quiso el autor hacer la representación de tres personas distintas y un solo villano verdadero? Un villano además que es malo a todas horas no es humano. Si pretendió el autor con este negativismo hacer patente una “filosofía” de la vida, una posición semiexistencialista, no logró ni siquiera hacer una caricatura de esa postura filosófica a la que Sartre y Beckett han hecho trascender.

Cuando se presenta un mundo tan negro como el que el autor de esta ortiga quiere presentar, debe al menos justificarlo con un cierto determinismo y no hacerlo aparecer como nacido al azar. En esta obra parece que ninguno de los personajes tuviera razón... no existen siquiera como personajes. Las reacciones negativas de cada uno nacen demasiado buscadas por el autor, demasiado inventadas. A pesar de que Castillo Mena asienta al través de uno de sus personajes que ellos son un “producto de su época” esta frase se queda en letra dicha sin llegar a ser nunca verdad escénica. Con esa frase el autor quiere universalizar el problema que presenta, no obstante el problema no llega a interesar más que como un caso patológico que llama la atención clínica de un médico y nada más. Todo lo que en el foro se produce no llega a producir ni emoción ni siquiera interés. Sabemos sin embargo que en el mundo hay alcohólicos que tienen hijas idiotas, sabemos que esos malhadados nacimientos establecen barreras infranqueables entre los padres, sabemos que hay vividores que trabajan como “amigos” a cambio de una buena “recompensa” y que por ende son desleales lo mismo que serviles. Sabemos que hay hombres que se sienten fracasados por no ser lo geniales que soñaron cuando eran adolescentes. Sabemos de mujeres que sienten repugnancia por el esposo al cual odian, que hablan de haber querido hacer una vida normal pero que no son capaces de hacer algo por conseguirla... pero también sabemos que no todos los hombres son alcohólicos, que no todos los hijos que tienen un hombre y una mujer son retrasados mentales, sabemos que la lealtad existe y el desinterés y la dignidad, y que hay quienes triunfan, etc... Lo importante en una obra teatral no es juntar toda la truculencia que existe en el mundo para hacer aparecer la podredumbre del mundo, sino que cada cosa que se presenta, sea positiva o negativa, provenga de causas bien determinadas para que haya en esas situaciones una verdad; además debe haber en esa presentación del mundo un sentido “artístico”, porque el teatro es un arte y parece que esto se le olvidó al autor. El justificarlo todo con solo decir que es “producto de nuestra época” no es más que aplicar un sello de goma a un papel.

Por si fuera poco el diálogo es reiterativo, las mismas cosas se repiten sin que haya motivo. Si las situaciones fueran repetidas para dar una idea de que los años han transcurrido siempre bajo la misma tesitura, se justificaría, pero no, se repiten por pobreza de diálogo, de acción, por pobreza de situaciones. Tuvo el autor hasta que inventar la presencia de un esqueleto que no viene al caso para nada sólo para aumentar la truculencia.

En cuanto a la dirección hay varios puntos que objetársele, la escena monologada del marido en el segundo acto, por ejemplo, cuya manera de resolverla –especialmente la iluminación– empeora la cursilería de ella, también las transiciones, demasiado bruscas y burdas de los personajes, ahora que con esa obra... pocas oportunidades tiene un director de salvarse.

Muy difícil también resulta lograr buenas actuaciones cuando el punto de apoyo fundamental del actor, que es la obra, se está desmoronando a cada instante. Ancira trata de enriquecer su personaje a base de gesticulación exagerada, de modalidades especiales de hablar, de mirar, etc... Leonor Llausás trata de hacer algo humano de su personaje, no obstante no pudieron evitar que sonaran a falso muchos momentos. Ni Ancira se vio un sádico y perverso, ni Leonor Llausás fría, por el contrario se veía provocativa –porque se supone que eso de no tener relaciones por “no tener otra hija idiota” era puro pretexto. De Antonio Trabulse... ¿qué puede decirse?.. la culpa no fue suya.

Ojalá que la próxima obra de la temporada nos permita hablar de ella en otro tono.