FICHA TÉCNICA



Título obra Póker de nada

Autoría Fernando Galiana

Dirección Francisco Petrone

Elenco Reneé Dumas, Claudio Brook, Francisco Jambrina, Rosa Elena Durgel, Humberto Almazán

Espacios teatrales Teatro Arena

Referencia Armando de Maria y Campos, “Póker de nada, excelente comedia de Fernando Galiana, en el teatro Arena“”, en Novedades, 19 marzo 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Póker de nada, excelente comedia de Fernando Galiana, en el teatro Arena

Armando de Maria y Campos

Un nuevo autor mexicano –aunque por naturalización– se ha revelado con una comedia de tema original, entretenida y construida con singular intuición. Fernando Galiana es el nombre del nuevo autor, y Póker de nada el título de esta comedia. Galiana es de origen español; vino al país hará unos seis o siete años, muy joven, con el propósito de actuar en el cine. Parece que lo logró en papeles pequeños, y que también actuó en segundas partes en algunas temporadas de comedia. La verdad, no le recuerdo. Después intentó con fortuna escribir originalmente o adaptar para nuestro cine y logró que le firmaran algunos argumentos, y ahora ha visto representada esta comedia que, se dice, ya traía planeada cuando vino a México. En realidad se trata de una pieza muy influida por otros autores; tiene, como las caracolas, el rumor de muchos mares, lo que no es un defecto cuando se trata de un autor joven y cuando las influencias acusan selección en las lecturas y buen gusto al conservar los ecos, no importa qué múltiples sea. Cuando Galiana se encuentre más a sí mismo producirá excelentes piezas, con ese aire del nuevo humor que ya va siendo característico en los autores españoles de la nueva hornada.

¿Póker de nada? Permítanos el lector referirnos un poco al póquer, juego de naipes, de origen norteamericano que se ha aclimatado en España y en Hispanoamérica. En sus principios se jugaba sin reglas fijas, lo cual obligaba a cometer errores minúsculos, impuestos por los mismos que introdujeron el juego en Europa, porque desconocían las reglas que lo rigen; pero siendo el póker juego donde la inteligencia ayuda a cada instante el jugador, no puede interesar sin reglas y precisas. Para quien desconozca las reglas del juego de póquer, las tres situaciones que en cada acto plantea Galiana pueden parecer confusas. Es más, quien no conozca este juego no entenderá la fina intención de la comedia Póker de nada. Se puede jugar al póquer con 48 cartas, que son las que tiene la baraja española, pero muchos prefieren jugarlo con las 52 de la francesa. El juego verdadero ha de jugarse con el número de cartas de la baraja francesa, pero de algunos años a esta parte se le ha agregado una nueva carta llamada joker, en español: comodín, aumentando, por consiguiente, esta nueva carta el número de combinaciones en el juego. Los naipes, para este juego han de ser franceses, y en sus ángulos han de tener precisamente en caracteres pequeños el valor, la cifra o letra de cada carta, así como el color o palo a que pertenecen respectivamente. En este juego, además del factor suerte, que es el principal, hay que aguzar la observación para llegar a conocer el temperamento y cualidades de los demás jugadores. Con las cinco cartas que recibe cada jugador pueden formarse las siguientes combinaciones de menor a mayor: pareja, dobles parejas, brelan o trío (tercia); escalera (los norteamericanos la denominan straight); color, full in hand, poquker y escalera de color. Supongamos que Esperanza (Reneé Dumas), Víctor (Claudio Brook), Eduardo (Francisco Jambrina) y Elena (Rosa Elena Durgel) para hacer su póker de nada juegan con 32 cartas, porque para éste el número de jugadores es limitado y no podrán jugar más de cuatro, pues si hubiese cinco jugadores se sortearían los sitios y el que quedara en quinto lugar tomaría parte en el juego al cuarto de hora, sustituyendo al primero que obtuvo sitio, etc. Los cuatro personajes, parejas matrimoniadas entre sí, juegan sus conflictos amorosos y, para lograr su póker, echan mano del comodín, carta que se puede aplicar a cualquier suerte favorable. Ya sabéis que comodín es lo que hace servir para todo, según conviene al que lo usa, por ejemplo, en la vida íntima del teatro es el nombre que se da al telón o cortina de los intermedios, porque se acomoda según le conviene al autor o al director.

En la excelente comedia de Galiana el comodín es, naturalmente, un actor, visible para el público e invisible para los cuatro personajes que juegan, en casa, su pocarcito. Abre la escena el comodín, vestido convencionalmente como arlequín, con antifaz y todo, como escapado de la baraja francesa. El autor usa de este comodín a su antojo, para sus fines, y aun abusa de él. No sé si ahora le habrán recortado parlamentos; si es así, el comodín y el póker de nada, es decir, la comedia, habrán ganado mucho.

El juego escénico en la comedia se apoya en un triángulo, y, en realidad, el autor presenta tres soluciones distintas, interviniendo en las dos primeras el comodín. En la tercera situación se llega al póker –póquer de nada– ya sin comodín. En las dos primeras situaciones el comodín ayuda a realizar el póquer poniendo al alcance de los personajes una pistola primero, una daga después, y los jugadores, que encuentran a su alcance la solución, la aprovechan y ocurren dos muertes, una en cada acto. Al final, ya sin comodín, el triángulo efectivo se resuelve con un aire de resignación ante hechos consumados que le da el juego escénico de Galiana matices humanos y realistas. Con todo esto, Galiana compuso tres actos en los que, alternativamente, se advierte al principio y se nota al autor que habrá de serlo magnífico, si no se tuerce o malogra. El público se interesa, hace conjeturas de acto a acto, y al final queda satisfecho, porque se ha entretenido y divertido a la vez.

El veterano actor Jambrina, lleva a esta comedia su veteranía escénica y espléndida madurez de comediante que domina su oficio. Dice y dice muy bien y humaniza, particularmente al final de la obra, su difícil personaje de marido maduro, engañado y comprensivo. El otro actor, Claudio Brook, actúa también con vertical desenvoltura y entra en el personaje que expresa con sutil ductilidad. Las dos actrices, muy bellas y jóvenes las dos, están ambas en papel. La señorita Durgel, con alguna experiencia ya en la escena, convence por su impresionante físico y por sus cualidades de comediante, y la debutante Reneé Dumas, de origen argentino, que no le revela en su dicción, matiza con singular delicadeza el doble aspecto de su personaje, bobo cuando conviene o listo cuando hace falta, y cautiva en todo momento. Ha sido el suyo un debut afortunado. El joven actor que hace el comodín, Humberto Almazán, desbordó su actuación, pirueteando con exceso –¿será culpa del director?– y luchando con la frondosidad verbal del simbólico personaje. La dirección de Petrone correcta, hábil, profesional en suma, y la presentación muy de set cinematográfico, correcta, propia y funcional.