FICHA TÉCNICA



Título obra La manzana

Autoría León Felipe

Dirección Álvaro Custodio

Elenco Ignacio López Tarso, Yolanda Mérida, Ángel Casarín, Carmen Bassols, Amparo Villegas, Raúl Dantés

Grupos y compañías Teatro Español de México

Notas de grupos y compañías Álvaro Custodio / director

Espacios teatrales Sala Chopin

Referencia Armando de Maria y Campos, “La interpretación de La manzana y el arte de la declamación. III”, en Novedades, 16 marzo 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La interpretación de La manzana y el arte de la declamación. III

Armando de Maria y Campos

Una pieza –fábula o juego poético y simbólico, o como quiera definírsele– de la calidad teatral de La manzana, requiere una interpretación fuera de lo común y de lo corriente, y, desde luego, actores especializados en el arte difícil de recitar, o de declamar, que es la acepción correcta para el teatro. En la representación teatral, la recitación no puede ser recomendable; la declamación sí, cuando se trata de teatro declamable. En este caso se halla el llamado Teatro Español de México, por su repertorio clásico hecho para declamarse. Cuando el Teatro Español de México que ha organizado y dirige Álvaro Muñoz Custodio representa alguna pieza que no admita la declamación –mucho menos la recitación–, el arte de declamar deberá estar excluido de su escena.

No obstante la hábil y mágica mixtura de los géneros poético y realista de la pieza de León Felipe, la declamación se impone, y sólo por contraste algunas escenas son dichas por los actores como en el teatro habitual, no obstante el necesario énfasis para mantener vivo el simbolismo de la fábula y, sobre todo, el relámpago de la metáfora, la frondosidad de las imágenes poéticas.

Tengo para mí que el laureado comediante Ignacio López Tarso es mejor declamador que actor, consecuencia del género poético –o en verso– en que ha obtenido sus más preciados triunfos. Igual le pasa a la bella e inquietante actriz Yolanda Mérida, clasificada dentro del género dramático por la impresionante calidad de su voz. Ambos comediantes, razón y símbolo de la pieza de León Felipe, tienen, necesariamente, que declamar. Su interpretación es, pues, declamatoria, como lo precisa la obra, como lo ordena la acción. Como declamador, López Tarso está excelente. La señorita Mérida toca con igual fortuna la cuerda declamatoria, que la normal en las escenas de contenido amoroso o sensual. Ángel Casarín, como don Sandalio, también declama; no en balde es parte del coro. La señorita Carmen Bassols declama en tono menor, según corresponde a su parte del coro, y doña Amparo Villegas hace alarde de su estilo, de siempre declamatorio. El joven Carlos Quintanar, en cuyas excelentes aptitudes encuentro risueñas realidades, declama a la sordina; la suya es una declamación moderada, la cual corresponde a su personaje de calidad íntima por ser el tercer ángulo del triángulo y porque constantemente se dirige al público en tono de confidencia, ya histórica cuando a sus antecedentes se refiere, ya confidencial si explica sus amores con Helena de Troya o con Elena de Santa Eleusis, y, más, si dialoga con ésta. El único que no declama, según el concepto clásico de la declamación, es Raúl Dantés, quien como "sabio historiador, la historia misma", según define a don Práxedes Santibáñez el autor, no puede, ni debe, declamar. La historia es un gran suceso que se cuenta con sencillez; que nunca se declama.

Declamada con excelencia por López Tarso, Yolanda Mérida, Carlos Quintanar, Raúl Dantés, Ángel Casarín, Amparo Villegas y Carmen Bassols, la representación de La manzana resulta irreprochable, y por eso lucen, con fulgor propio cada una, las múltiples metáforas que con brillo de piedra preciosa engarzó León Felipe en la acción simbólica que es esta fábula poética y que con éxito público minorista presentó en la sala Chopin el Teatro Español de México.

No debe olvidarse que la representación teatral es un arte, no un artificio, y un arte que consiste en sondear las profundiades del carácter que se representa, en sentir los más delicados estremecimientos de emoción y en comprender los pensamientos que se ocultan detrás de cada frase que se pronuncie. Y, a nuestro juicio, la declamación es el arte de expresar la belleza por medio de la palabra hablada para distinguir la declamación dramática de la declamación melódica, expresada por medio la palabra cantada; como en la ópera.

El fundamento principalísimo del arte de representar el teatro poético –o en verso– es la declamación. Es su parte esencial, y sin ella, la representación resulta incompleta, fría, falta de realidad. Puede existir el teatro sin la cosmética –es decir sin la caracterización– y sin la escenografía; nunca sin la declamación, y entiéndase esto en el concepto del verbo, de la palabra, dicha, saboreada, masticada, enviada al

público para que la capte, la entienda y la guste en todo su valor fonético y real. Así lo han entendido siempre los cómicos, y desde los albores del teatro, desde Grecia, hasta el que se transmite por la radio o por televisión, el mejor representante ha sido el que con más perfección ha sabido declamar.

¿Esto quiere decir que el buen actor debe ser necesariamente un declamador? No; según se entiende ahora el arte de declamar. Se declama propiamente el teatro clásico, en verso o poético. Pero también se declama con naturalidad, cuando se usa un lenguaje natural, habitual. De la naturalidad del lenguaje nació, como es consiguiente, la naturalidad en la declamación. Desde el momento que los personajes usan el lenguaje corriente, corriente ha de ser también la expresión que den a sus palabras. Pero si el lenguaje en que se expresa el personaje es poético, centellante de imágenes, simbólico, la declamación no sólo es necesaria sino indispensable. Que no se diga que recomiendo a los actores declamar. Cada obra y cada estilo requieren su tono. Recuérdese a este propósito, una anécdota casi olvidada de tanto conocida. Un campesino había oído hablar de cierto actor con tanto entusiasmo y tales ponderaciones, que deseando convencerse por sí mismo de si era verdad o no tanta belleza, vino a conocerlo. Del juicio que mereció al campesino el trabajo del actor, dan idea estas palabras:

–¿Qué, te ha gustado? ¿Es tan bueno como dicen? –le preguntaron al llegar a su pueblo. Y él, convencido, respondió:

–¡Qué ha de ser! ¡Si habla igual que si no estuviera en el teatro! ¿Como si estuviera en su casa!

Los actores que interpretan La manzana, declaman como si estuvieran en el cielo de la mitología griega. Este es su mérito, a mi juicio