FICHA TÉCNICA



Título obra La manzana

Autoría León Felipe

Notas Semblanza de León Felipe y comentarios sobre de la obra La manzana

Referencia Armando de Maria y Campos, “Génesis de La manzana de León Felipe. I”, en Novedades, 9 marzo 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Génesis de La manzana de León Felipe. I

Armando de Maria y Campos

Puede México disfrutar de un espectáculo teatral extraordinario, de alta calidad artística, de estremecedor aliento poético, si las minorías, siempre selectas, quieren sostenerlo. Lo frecuente es que la mayoría ignara o heterogénea mantenga los espectáculos para todos los gustos, haciéndolos llegar a cientos, aun a miles de representaciones. Pocas veces la minoría se impone sosteniendo un espectáculo de categoría. Este, al que me refiero, es el que se presenta en estos días y en estas noches, en el escenario del auditorio del Instituto Mexicano del Seguro Social. Se anuncia como fábula o cuento poético y simbólico de hombres y mujeres contando –y yo agrego: cantado– en español, original de León Felipe. Se titula La manzana y fue antes que teatro poético, poema cinematográfico. En vez de ser llevado de la escena a la pantalla como ocurre con las obras de gran público, fue rechazado por los administradores del ecrán, y descendió –yo opino que ascendió– al tablado de la antigua farsa, como era natural, si se conviene en que se trata de piezas para minorías. Pero, ¿es que las minorías de una gran ciudad de tres y medio millones de habitantes no bastarían para sostener y llevar al triunfo artístico un ejemplo de teatro excepcional?

La manzana es teatro excepcional con tres partes de poesía y una cuarta de realismo escrita por un gran poeta, dialogada con fluidez y riqueza sorprendente de metáforas, erudita, mitológica y aún histórica; representada con respeto y propiedad; presentada –puesta en escena–, con buen gusto, calidad artística e imaginación. No hay hipérbole en lo asentado. Se trata, pues, de una muestra de teatro extraordinario, excepcional, desafortunadamente para espectadores de paladar acostumbrado a la mágica especiería mitológica, de fina sensibilidad para el misterio constante del pecado; de imaginación despierta y de cultura digerida. Para evitar malentendidos yo aconsejaría a los administradores de el Teatro Español de México colocar bien visible un cartel a la entrada del teatro que dijera "Prohibida la entrada a la mayoría ignara y al público que un día –de espeso y municipal– definió el pánida Rúben", hermano mayor de León Felipe.

Muchos lectores se preguntarán: ¿Quién es León Felipe?; lo diré en seguida, por lo que se refiere a sus incursiones teatrales, según datos que nos proporciona Guillermo de Torre. León Felipe Camino Galicia –tal es su nombre completo– nació en Tábara, un pueblo de la provincia de Zamora, España, el 11 de abril de 1884 (lo que viene a confirmar que sólo cuando se está tan cerca del centenario como de su primera mitad, se puede alcanzar la claridad filosófica en el verbo, la transparencia sin mácula en el verso, la sencillez en la metáfora audaz). A los 16 dirigía un teatro de estudiantes en Santander. A los 18 conoce representado el Hamlet imperecedero, y sufre el primer gran trauma de su vida. Cosas de la vida, se hace farmacéutico en Vizcaya, pero abandona los potingues y se cuela al misterioso mundo de las bambalinas. Ingresa en la compañía de Tallaví, uno de los mejores actores dramáticos a la sazón; trabaja luego con actrices, entonces en primer plano Carmen Cobeña y María Gámez, y más tarde forma parte de la compañía de Juan Espantaleón. Y, como ocurre en las grandes revelaciones, encuentra su vocación definitiva: la poética. Viaja; vive como puede y de lo que puede y también de profesor de español de Estados Unidos. A México llega en 1930, y da a las prensas un poema orgánico Drop a star, y ahora recuerdo que con los ejemplares frescos bajo el brazo lo encuentro en un tranvía, y sobre la marcha de la plática y del "eléctrico", León Felipe me regala un ejemplar dedicado. Pasan los años. León Felipe se hace de la voz poética más honda y dolorida de la España peregrina; pero –lo digo con palabras de Guillermo de Torre–: "La obra dramática de León Felipe se inicia el año de 1951 con su traducción de Que no quemen a la dama de Christopher Fry, a la que seguirá su paráfrasis de Twelfth Night, de Shakespeare que él [titula] No es cordero... que es cordera, ambas dirigidas por el malogrado Charles Rooner, y en 1954, su paráfrasis de Macbeth e interpretada por Ignacio López Tarso e Isabela Corona, bajo la dirección de Celestino Gorostiza. Tiene también terminadas las paráfrasis de Hamlet, Otelo, y El rey Lear. León Felipe es, pues, el primer gran introductor en lengua castellana auténticamente poético del gran bardo inglés, tan vapuleado hasta ahora por traducciones literales o adaptaciones en verso ramplón y romo".

Escribo crónicas de teatro, no crítica –tal vez por esto me sentí incómodo en la Agrupación de Críticos de México– y ésta, sobre la representación de La manzana, es obvio que no va dirigida a las minorías. Por eso quiero referirme a antecedentes que ignoran las otras, todopoderosas mayorías. La manzana es el símbolo protagonista de la fábula:

Aquí está La Manzana,
poma y universo... partidla:
lucero y manjar proletario.
Hay una estrella fija

en el centro cordial de tu redondo cuerpo blando.

¡La eternidad de la semilla!

¿Manzana del paraíso? Así se llama el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal cuya comida causó la muerte de nuestros primeros padres y por ello a todos sus descendientes. No que este fruto fuese malo, antes lo malo fue el comercio contra la voluntad del Creador. Y asimismo el árbol de la ciencia no era malo, pero Dios lo prohibió para mostrar de este modo su señorío sobre el hombre y para que el hombre mostrase su sumisión y obediencia a Dios en no comer de los frutos del árbol prohibido. León Felipe va más lejos en su fábula: para él la manzana es el amor y el pecado; el cráneo mondo, manzano y lirondo; el seno, y el mundo que rueda por el infinito del bien y del mal; la eternidad de la semilla...

Para darle forma a su juego poético y simbólico, a su fábula teatral, metió la mano en la mitología y sacó a Helena de Troya, a Paris, a Menelao y, como coristas, a una aya, a un pajecillo y a un viejo sentencioso, barbas de chivo.

Ya veremos cómo en próxima crónica.