FICHA TÉCNICA



Título obra Mi marido y tú

Autoría Roger Ferdinand

Dirección Salvador Novo

Elenco Lucy Gallardo, Marilú Elízaga, Miguel Suárez, Raúl Farrel, Ada Carrasco, Eduardo de Flórez, Mauricio Garcés

Espacios teatrales Teatro de La Capilla

Notas Obra inaugural de la temporada 1955 del Teatro de La Capilla

Referencia Armando de Maria y Campos, “Mi marido y tú, inaugura la temporada teatral 1955 en el teatro de La Capilla, en Coyoacán”, en Novedades, 6 febrero 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Mi marido y tú, inaugura la temporada teatral 1955 en el teatro de La Capilla, en Coyoacán

Armando de Maria y Campos

La temporada teatral –o el año cómico– en México se ha inaugurado en el teatrito de La Capilla, en Coyoacán, con el estreno de la comedia alegre Mi marido y tú, del autor francés Roger Ferdinand (1) nuevo en nuestros escenarios, estrenada en París en 1951, y calificada por la crítica francesa de "pasatiempo como tantos otros, y que se va con gusto entre otras cosas por la interpretación de René Davilliers". Teatro de bulevar "adaptado" a la vida social mexicana, con nombres de lugares y sitios conocidos, no gana nada con esta adaptación, y si tampoco pierde en calidad digamos literaria o teatral, desorienta un poco, porque generalmente no son así de franceses nuestros "apretados", banqueros o "entretenidas"... Pero esto de la adaptación es pecatta minuta, porque en el fondo se trata de "un pasatiempo como otros tantos", presentado con gusto y hasta con lujo, bien aprendido y mejor ensayado, Mon mari et toi nos traslada a lejanas temporadas mexicanas anteriores a los movimientos de renovación o aireación teatral que entre 1928 y 1932 iniciaron los grupos Ulises –en una casa habitación de la calle de Mesones– y Orientación –en un salón del primer patio, a la izquierda, de la Secretaría de Educación, entrada por Justo Sierra–. ¿Habrán sido inútiles aquellos generosos movimientos revolucionarios? Porque ahora, véase las carteleras de nuestros teatritos, estamos como hace un cuarto de siglo... O peor, porque carecemos, como no ocurrió en los años del porfirismo y aun maderismo... teatral, de auténticas figuras de la escena.

Se puede ver, y se ve y se oye con gusto Mi marido y tú, por la excelente interpretación que le dan Lucy Gallardo, actriz argentina, antes especializada en espectáculos frívolos que se montaban en el Maipú bonaerense y que luce y brilla encantadora; doña Marilú Elízaga, que cada noche que profesionaliza sus aficiones y aptitudes teatrales está más segura y desenvuelta, por más que en este personaje, ni frívolo ni superficial, no cautive como en anteriores, aunque sí convenza; Miguel Suárez, repitiéndose un poco, y Raúl Farrel, simpáticamente metido en tres suéters fantásticos distintos, que son la mejor definición del tipo de jovenzuelo cómplice del padre adúltero, por lo visto universal. Ada Carrasco, Eduardo de Flórez y Mauricio Garcés no desentonan, mejor dicho, contribuyen con su afición, estudio y buena voluntad al resultado feliz de una representación divertida, intrascendente...

El argumento, el asunto de Mi marido y tú, desde luego, es del todo sencillo y por demás trillado, lo cual según los cánones de la crítica teatral contemporánea, no constituye una inferioridad, ya que como anota Georges Polti, sólo existen treinta y seis situaciones dramáticas, de las cuales los autores apenas utilizan la mitad, sin excluir el multifacético, renovado tema del "triángulo perpetuo", que es el que sirve de pretexto, como lo habrá comprendido el lector, a la piececilla que Salvador Novo eligió para inaugurar su tercera temporada –y con ella el año cómico 1955– en su elegante y cómodo teatro de La Capilla. Mucho han explotado los autores de todos los tiempos, el tema denominado "el triángulo perpetuo" u "hogar entre tres": dos esposos y un intruso que viene a disputar los afectos de él o de ella. El teatro de todos los géneros y estilos, casi ha abusado de este argumento, en trágico, en serio o en broma. (Lo más reciente que conocemos, Su amante esposa, de Benavente, y ésta de Ferdinand; en aquélla, la esposa manda a su esposo a vivir en casa de la amante, y en ésta la esposa trae al hogar –a pretexto de que ella vacaciona– a la amante y naturalmente amiga suya, en ambos casos con el propósito, que se logra, de recuperar al marido). Claro está que la realidad, sobre todo en nuestros tiempos, ayuda poderosamente a los autores para idear sus piezas. Ya en 1839, Mesonero Romanos, en su sabroso artículo "El espíritu de asociación", señalaba que este espíritu, característico del siglo XIX –y ¡qué diríamos del siglo XX!– invadía hasta el matrimonio, que "de doble contrato de nuestra Santa Madre Iglesia, se ha convertido en triple, por la moderna filosofía"; y después de agudísimas observaciones, añadía: "Por esta razón, y otras muchas que yo me sé, igualmente materiales y tangibles, dijeron (los jóvenes modernos), y dicen para su capote:

"–¿Mujer?... La del prójimo. Uno, dos, tres, trinidad perfecta... Y aparecióseles el espíritu de asociación. Y el marido desde entonces tuvo un esclavo más a quien mandar; y la mujer un dueño más a quien servir". (Tipos, Grupos y René Doumic (en La defense du génie français), protestando contra el teatro francés moderno, naturalista y erótico que considera de importación alemana, y de ninguna manera conforme a las tradiciones galas, ha dicho: "Contamos con pintores de costumbres de gran talento que se han especializado pintando exclusivamente las malas costumbres. Sé muy bien lo que podrían contestar: que la comedia, en todas épocas, se ha consagrado a atacar los errores y los vicios sociales, y que ellos cumplen su misión de autores cómicos. Lo cierto es que pintan las malas costumbres porque son de pintura más fácil que las otras y también porque el espectáculo de la virtud es, por sí mismo, poco excitante, y porque las malas costumbres diviertan más al público. Y así se esfuerzan en presentarnos esos cuadros de corrupción que cuidan, refinan y visten con esmero".

En general las obras francesas no escapan a ese lugar común llamado "triángulo perpetuo", "hogar entre tres". Y reconozcamos que aunque cambie la sala, al salpimentado manjar acaba por hastiar. El citado Doumic decía, protestando hacia el fin de la guerra del 17 contra este género de teatro que él llama "mórbido", y refiriéndose el perpetuo tema de la "trinidad": "Estamos ya cansados, estamos ya saturados, estamos hartos de esas comedias sobre el sempiterno hogar entre tres. Pues siempre vemos la misma comedia, arreglada, acomodada, remendada y más vieja cada vez que se pretende rejuvenecerla, más gastada y mostrando más y más su artificio. De ahí procede la impresión de monotonía que con tanta frecuencia se experimenta en el teatro. Al levantarse el telón, se concebía alguna esperanza, pero el argumento empezaba a precisarse, ese argumento era el que todos sabemos, y se sentían ganas de llorar. De ahí procede también el escaso interés que ofrecen tantas y tantas comedias, esa pobreza de ideas, esa indiferencia para todo lo que ocupa, inquieta y alarma a una sociedad. Su universo se reducía a la alcoba".

Y puestos a elegir piezas de este tipo, ¿por qué Novo no vuela más alto? Ahí está, para Lucy Gallardo, ese prodigio de "trinidad" que se desenvuelve en Le mari, la femme et l'amant de Sacha Guitry, y para Marilú Elízaga, ese encanto de "trinidad" múltiple que se expone en Rosas de otoño de Benavente, en la que podía lucir tan fina, tan socialmente graciosa, tan señora... engañada y comprensiva.