FICHA TÉCNICA



Notas Semblanza de Joséphine Baker con motivo de su presentación en el Teatro Esperanza Iris

Referencia Armando de Maria y Campos, “Clarificada y ondulante vuelve a México Josefina Baker”, en Novedades, 5 febrero 1955.




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Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Clarificada y ondulante vuelve a México Josefina Baker

Armando de Maria y Campos

Josefina Baker constituye estos días motivo de actualidad teatral. ¿Actualidad fugaz? ¡Quién sabe! La Baker es la Baker, como la Torre Eiffel es la Torre Eiffel. Pasa el tiempo, y pasa por ellas, y ambas permanecen en su puesto de excepción. Con la diferencia a favor de la Baker, que ésta vive en constante renovación –oh, la sentencia d'annunziana: "renovarse o morir"– y la Eiffel permanece inalterablemente parisiense. Renovada noche a noche, la Baker ha pasado a la categoría de gloria permanente de París, como Chevalier, como Mistinguette. La Baker es una gloria que viaja sin descanso ni fatiga. Ahora está entre nosotros, asegura que por última vez.

Es como sumirse en una orgía de recuerdos verla, oírla, sentirla nuevamente, intacta en el recuerdo, distinta en la realidad cruel y justa. ¡Qué lejanos aquellos tiempos de 1925, cuando Josefina Baker embrujaba a París y a toda Europa! Las gentes virtuosas hicieron una guerra santa contra las exhibiciones satánicas de la bailarina de ébano. Ahora los plátanos de antaño están marchitos. Las horas de locura que desencadenó la diosa morena en los escenarios de la Ciudad Lux se hallan distantes de estos días de la radio y la televisión, como del cinemascope del cinematógrafo mudo. Aquí está Josefina de vuelta de su viaje por quién sabe qué rincones del mundo. Más que una actualidad, la Baker es un recuerdo. Hace tiempo que los empresarios y los directores de revista ya no se disputan la firma de la estrella negra al pie de algún contrato. Ahora son otros los pretextos para que su nombre figure en alguna información periodística. Problemas de discriminación racial, anhelos de madre frustada mediante la adopción de niños de cualquier raza, de cualquier color.

El gran público metropolitano se empezó a dar cuenta de su aparición en el escenario del teatro Esperanza Iris, porque el mediocre caricato en turno de éxito sintió rebajada su categoría histriónica al advertir que el nombre de la estrella de fulgor universal estaba arriba del suyo, popular en la barriada metropolitana, en la cartelera teatral.

Aparece la estrella negra –sorprendentemente menos negra cada vez– en el escenario del Iris, y parece que se abre una exquisita camelia de París, que exhala perfume de canciones. La oímos con los ojos entrecerrados para ver mejor los recuerdos. Sí; ésta es la que nació el 3 de junio en St. Louis, de los Estados Unidos, y su madre era una negra auténtica. Pero su padre fue un guapo español donjuanesco, que no tardó en prescindir de su familia de color para ir en pos de nuevas aventuras. La dulce mulata conoció épocas de miseria inaudita. A los 16 años abandonó la casa materna y tras breve permanencia en Broadway se fue a Europa con un sueldo de 250 dólares a la semana. Llegó a París Josefina, y París y Josefina se fundieron como un cuerpo y un alma. Pepito Abatino, un conde italiano cursi y afectado, la enseñó a andar con distinción y a tomar el té con elegancia. Siempre dirigida por Abatino, Josefina debutó en el cinematógrafo –pongo el nombre completo, para situar la época–. Durante cuatro años fascinó a los turistas de todas partes del mundo que llegaban a París en el Follies Bergére donde actuaba como estrella de la revista La folie du jour. Pero su triunfo más memorable data de Exposición Colonial. Varba la contrató para el Casino de París donde se estrenó una revista, Paris qui remue. En ella cantó la Baker por primera vez la canción J'ai deux amours compuesta a las dos de una madrugada crapulosa en el hueco de la puerta de un garage próximo a la plaza Pigalle por Vicent Scotto.

Actúa poco Josefina Baker. Asegura que viene a México a despedirse para siempre de la vida de las candilejas y de los clubes nocturnos. Puede ser. Recuerdo que cuando vino por primera vez a América, concluida la guerra, lo hizo por motivos económicos más que artísticos. Josefina posee un chateau en Dordonga y un inmueble valioso en la avenida Victor Hugo parisiense. Pero antes de la mencionada excursión por América, su economía privada estaba harto resentida. La mayor parte de sus joyas estaban empeñadas, la gira por el Nuevo Mundo –México inclusive; ¿os acordáis de su triunfal temporada en el Lírico?– constituyó un éxito financiero. La suma que tuvo que pagar por recuperar las joyas empeñadas llegó a la cifra de veinte millones de francos. La guerra y su participación como enfermera, tuvieron gran culpa de sus quebrantos económicos. Sus andanzas y aventuras aquellos años fueron una novela con episodios increíbles, apasionantes. Después del armisticio de 1940, la Baker cruzó la frontera pirenáica. Pasando por Madrid, Lisboa y Gibraltar, llegó a Tánger donde inició su lucha contra el espionaje alemán. En Casablanca tuvo que someterse al bisturí de un cirujano militar, y desde entonces no ha vuelto a bailar la forma semisagrada y demencial de los plátanos. Quince días antes del desembarque aliado en Noráfrica, abandonaba su lecho del hospital. En Sicilia, la víspera de un combate decisivo, cantó ante los soldados franceses. En Egipto, una manada de hienas rodeó su automóvil. Cerca de Córcega cayó al mar el avión en que iba y unos soldados senegaleses, compañeros de su naufragio, lograron empujar hasta la costa una de las alas del aparato que les sirvió de balsa. En los Estados Unidos fue brutalmente ofendida en su calidad de negra clarificada por los prejuicios raciales de los habitantes de Nueva York. En el Waldorf Astoria negáronle alojamiento a la Venus de canela. En los trenes no podía salir de los vagones reservados para la población negra. Y se convirtió en lideresa de la injusta, brutal discriminación de color. ¡Ah, quién se acuerda ya de los plátanos de antaño!... Pero ¡aún hay sol en la bardas! La Baker es la Baker. No aquélla de las revistas negras, de los saxofones, de los banjos... Entonces la vestía de plátanos la selva. Ahora diseñan para ella Christian Dior, Balmain o Jacques Fath. Ya desaparecieron los music halls. Pero la Baker, ondulante y estridente, más parisiense que nunca y más vedette que todas las que aparecieron después de ella, toda de pieles, y sedas, y piedras buenas o falsas vestida, es flor de gracia y picardía. Trabaja para sus hijos adoptivos –un niño japonés, uno coreano, un parisiense, un judío, un senegalés, un escandinavo, y, después de bajar al valle de Anáhuac y cantar ante las candilejas mexicanas, de seguro un tataranieto de un nahoa.

Canta y baila, se transforma bajo media docena de trajes deslumbrantes –tocada de pedrería como una javanesa– durante media hora; bromea con el público. Canta, como ayer J'ai deux amours, ¡Qué divino!, bolero de Gabriel Ruiz, naturalmente en español; Petit à petit y Soleil, y una rumba: Quand an s'aime... Y es en el más leve movimiento de su cintura elástica, en el esguince de su mirada traviesa, en la caricia, insinuante sencillez de su voz, Josefina Baker, milagro del siglo veinte con el que va de bracero, como un día el donjuan español que fue su padre y la negra del Mississippi que la dio a la luz de las candilejas.