FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios del autor sobre los bufones y enanos en la época prehispánica

Referencia Armando de Maria y Campos, “Ha vuelto el circo Atayde. Raíz precortesiana de los bufones y de los enanos para divertir”, en Novedades, 31 diciembre 1954.




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Columna El Teatro

Ha vuelto el circo Atayde. Raíz precortesiana de los bufones y de los enanos para divertir

Armando de Maria y Campos

Estuve una mañana de estas en las oficinas del circo Atayde, situadas fuera de la enorme lona que forma propiamente el circo. Se estaba acabando de parar el circo, se instalaban las jaulas de las fieras, se transportaban trapecios, barras, rollos de alambre. Y por todas partes pululaban los enanos, bufones indispensables en el elenco circense. En traje de trabajo, en overol, acarreando materiales de aquí para allá, parecían más enanos y menos bufones. Sin maquillar, sus rostros revelaban la edad verdadera, que el albayalde esconderá y maravillará transformado por luces de colores o blancos reflectores, por la noche, tornándoles seres de ensueño, de cuento oriental para la gárrula chiquillería...

¿De cuento orienteal, dije?... Corrijo: de cuento de Amerindia, debí decir. Porque los bufones y los enanos, en lo que había de ser, después de Colón y de Cortés, América, o más ceñidamente Nueva España, eran comunes aunque no corrientes, en las fastuosas cortes de los caciques indios. De muy lejos viene el circo entre nosotros. De tan lejos, que ya había en este lado del mundo enanos y bufones a la misma hora histórica en que Homero creaba la Ilíada. Homero describe a Thersite, hijo de Agrios, como el bufón del ejército durante el sitio de Troya, dice que pasaba por el hombre más feo y cobarde de los griegos, y que era cojo y corcovado, con cabeza puntiaguda y calva... Un personaje mitológico, en fin, vino a ser entre los griegos el enano bufón.

Del periodo cultural que en México se entiende por preclásico, y que correspondería a la iniciación de la era cristiana –el doctor Villard F. Libb, opina que debe retrocederse al año 1450 A.C.– se conocen unas graciosas estatuillas, figurillas de barro de saltimbanquis y de enanos que acompañaban a personajes de alta jerarquía, demostrando con ello la existencia en Mesoamérica de un paralelismo con las culturas de Egipto, Grecia y Roma. En nuestro Museo Nacional pueden verse estas figurillas en la colección procedente de Tlatilco, y Miguel Covarrubias ha publicado un trabajo –Cuadernos Americanos, año IX, núm.3– un excelente ensayo: "Tlatilco: El arte y la cultura preclásica del valle de México", en el que habla de estos remotos orígenes del enanismo bufonesco entre nosotros.

Don José García Payón, director del Departamento de Arqueología de la Universidad Veracruzana, se ha referido recientemente a unas figurillas que cree corresponden al periodo cultural clásico correspondiente al teotihuacano III, que cronológicamente coincide con la era medieval europea, que proceden del valle de Toluca, en donde fueron comprados a unos ladrilleros en la cercanía del poblado de Atcapotzaltongo. Representan un par de enanos cuyo tipo físico, que Bernal Díaz pudo ver en la corte de Moctezuma, consideraba como "quebrados de cuerpo", es decir, con las piernas desproporcionadas, tal como los vemos hoy en los circos, y en mayor cantidad en el Atayde.

He visto curiosas figurillas de enanos, seguramente bufones. Llevan en la cabeza que parece estar rapada, un moño central de donde se desprenden unos penachos de plumas el primero de aztatquetzalli y el segundo de quetzalapanecayotl; ambos llevan orejeras de discos, como saco una especie de bolero o chaquetilla de torero actual, y como pantalones parecen llevar unos maxtlatl anudados al frente; a los pies unas sandalias con un pompón delantero. Son hechas en moldes y para sostenerse llevan en la parte trasera unos aditamentos de barro. De los trajes de los bufones de la corte de Moctezuma, o de los anteriores tlatoani de Tenochtitlán o de los nobles indios, no se tienen datos exactos; pero de las exploraciones recientes en Zempoala, Veracruz, proceden curiosas estatuillas que los representan así: llevaban unas máscaras con una enorme nariz: usaban una especie de capuchón puntiagudo –como sus congéneres de la Edad Media europea, que usaban la cabeza rasurada y cubierta con una capucha cuya punta les caía sobre los hombros, la que a veces tenía diseñadas unas orejas de burro, y llevaban una cresta como de gallo y campanitas que colgaban del capucho y de varias partes–; portaban una barba enorme, de gruesos mechones, orejeras de discos, moxtlatl y unos adornos en los brazos a manera de ajorcas. Se sabe que gustaban de vestirse con trajes de otras tribus o naciones, ridiculizándolos, cuyos dialectos imitaban a la perfección, y gustaban asimismo vestirse de mujer. Los nobles mexicanos tenían la costumbre de enviar sus bufones a otros nobles para provocar alguna pintoresca emulación, promoviendo adivinanzas, bromas y juegos. Todos tomaban parte en bailes públicos y en fiestas.

Se sabe –por Muñoz Camargo– que Xochiquetzal tenía a su servicio numerosos enanos, corcovados, chocarreros y truhanes, que le daban solaz con música, bailes y danzas, que le servían asimismo de secretarios para ir con embajadas a los dioses a quien ella cuidaba.

Otra leyenda o versión de maravilla, mencionada por Seler, es que estos seres deformes se hallaban relacionados con Xolotl, de quien se servían los dioses de la fertilidad para enviar los rayos.

Muy conocido es el dato que nos han transmitido los cronistas de la Conquista, relativo a que Moctezuma Xocoyotzin, el tlatoani de Tenochtitlán, no contento –como dice Clavijero– "con tener en su palacio toda clase de animales, había reunido todos los hombres que por el color de su cabello o por alguna rara deformidad, pudieran mirarse como rareza de su especie". Se refiere en las Crónicas de la Conquista, que Moctezuma dijo que "aprendía más de ellos que de sus colaboradores y consejeros, porque no temían decirle la verdad".

Aunque el término genérico de cómo se designaban estos bufones en el remoto México, no nos ha sido conservado, algunos vocablos aplicables han sobrevivido hasta nuestos días: Joglería: papaquiliztli o papaquillotl; jocoso: texochtiani o texochtin; jocosidad: texochitiliztli; jocoserío: texochnemalhuic; jocosamente: texochitiliztica; jorobado: yteputzqui; joroba: yteputzo, y chocarrero: tetlahuehuétquit o texoxolotl...

¡Nada hay nuevo, bajo el sol del Anáhuac!...