FICHA TÉCNICA



Título obra La ilustre cuna

Autoría Rafael Solana

Dirección Gonzalo Correa

Elenco Miguel Montemayor, Diana de Mendoza, María Elena Orendáin, Héctor Andremar, Noé Murayama, Socorro Avelar, Irma D’Elías

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Teatro de la Feria del Libro en La Ciudadela

Referencia Armando de Maria y Campos, “Segundo estreno en el teatro de la Feria del Libro: La ilustre cuna de Rafael Solana”, en Novedades, 5 diciembre 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Segundo estreno en el teatro de la Feria del Libro: La ilustre cuna de Rafael Solana

Armando de Maria y Campos

Rafael Solana, cuentista y poeta, ensayista, cronista de múltiples facetas y, sobre todo, publicista de sí mismo –¡cuánta envidia provoca entre los escritores esta cualidad suya tan necesaria en la vida literaria de ahora!– se propuso "estrenar" alguna cosa en la temporada teatral de la Feria del Libro, y lo ha logrado, creo que con éxito, porque pudo interesar al mundillo teatral con el contenido revelado de su pieza, a base de difundir que en ella aparecían caricaturizados personajillos de nuestra vida social y artística, y ha obtenido que el público acoja con risas los chistes que a costa de dichas figuras, que espolvorea a lo largo de su obra, escrita sin más ambición que la de divertir, entretener y provocar la risa por los medios más fáciles.

La ilustre cuna no es otra que la de un sanatorio en que se atienden parturientas y que por extraña coincidencia, inventada por un tecnólogo ególatra, sólo dan a luz criaturas que con el tiempo serán personajes de su tiempo: el cine, la equitación, la radio y la poesía social.

La primera preocupación de Solana, periodista, al ambientar el estreno de su pieza, fue la de revelar que los personajes, todo –¿hasta la enfermera, que al final de la pieza califica la popularidad efectiva de los presuntos popularísimos?– están tomados del original. ¿Tiene esto verdadera importancia para un autor profesional? Creo que no. Es más, corre el peligro de que al ajustarse demasiado al original, rebaje enjundia al personaje teatral, y poner en compromisos al actor encargado de interpretarlo, que como se lo entregan en caricatura, lo llevará a los límites del ridículo. Todo muy bien dentro de su género, digamos chabacano. Eso le ocurriría a Leopoldo Beristáin, (a) El Cuatezón, gran actor de la época de Victoriano Huerta; y a Rubén Soto, al que por su físico, los actores de sketch lo sacaban siempre como Luis N. Morones; y al barítono Silva, que fue el indispensable general Díaz en la zarzuela En tiempos de don Porfirio; o como a Lupe Rivas Cacho, la graciosa Pingüica, que hacía caricaturas formidables de La muerte del cisne de la Pavlova y de la Danza del incienso de Tórtola Valencia, en La muerte del chichicuilote y en la Danza del anafre, en los inolvidables tiempos en que el teatro experimental se refugiaba en el teatro Lírico y Pablo Prida, Carlos Ortega y Manuel Castro Padilla, experimentaban teatro –por cierto con dinero de la Secretaría de Educación que les daba Vasconcelos–, montando La tierra de los volcanes, la primera gran revista mexicana con contenido folklórico. La ilustre cuna es una pieza alegre, en la que sólo intervienen personajes anecdóticos o con anécdotas, gracioso reflejo de la vida socialartística de estos días, ni mejores ni peores que otros también ricos en personajes pintorescos. No es propiamente una comedia La ilustre cuna, ni tampoco, como opinan algunos colegas cronistas, un sketch estirado a tres actos. Para ser esto le sobra trama, y para llegar a aquélla le falta lo indispensable para una comedia, el azogue, el azogue que convierte el cristal en espejo. La ilustre cuna no es un espejo de costumbres, por más que exista en México más de un doctor Montoyo –me aseguran que el médico caricaturizado se ha reconocido en él, ¡qué lamentable declaración!–, o artista de cine como la tal Queta Julepe, y aun deportistas como el coronel Martínez, o el cantante Miranda. Pero si se trata de uno de esos espejos de feria y broma, que reproducen las figuras distorsionadas, ¡ni hablar!, qué diría uno de los personajes, cualquiera, nacidos en cuna tan convencionalmente ilustre.

Rafael Solana ha escrito –tal vez sin saberlo– un juguete cómico, un divertido juguete cómico, género de teatro que no por relativamente fácil o supuestamente inferior de calidad a la comedia o al drama, deja de ser interesante y tener un sitio en el teatro español de siempre, ahora en lamentable crisis. Hacer o escribir juguetes cómicos, es coger una situación francamente cómica y jugar con ella, entretenerse para divertir, llevando hasta lo inverosímil, si es preciso, la situación y con ella los personajes. Modelos de juguetes cómicos mexicanos, son los de Rafael Medina, el popularísimo en su tiempo, Rejúpiter; y los de Humberto Galindo, uno de los mejores autores de teatro breve que hemos tenido –sainetero magnífico–, injustamente olvidado y cuya obra excelente parece que se encuentra totalmente perdida. Qué falta le hacen a nuestro teatro mexicano, incipiente, porque siempre está empezando, de espaldas siempre a su tradición, a su historia, un Medina, un Galindo. Y yo creo que en Solana apunta un buen autor cómico, travieso y juguetón –cuidando, lo digo, en el sentido de escribir excelentes juguetes cómicos–, si persiste escribiendo piecesillas para entretener.

Esta a que me refiero está construida con gran simplicidad y convencionalismo, como lo exige el tema, salpicando de ingenio periodístico el diálogo, pero concluida, no resuelta, sin felicidad. Otro pudo ser el final, menos ramplón, aunque de efecto cómico seguro, que el confiado a la enfermera tonta e inculta, pero, ¡quién lo creyera!, con más juicio que todos los personajes en juego cómico.

La interpretación discreta, y muy estimable a ratos, toda proporción guardada. Los actores fueron tomados, como de costumbre, de diversos círculos o grupos, y ninguno es profesional, aunque algunos hagan cine o TV con relativa profesionalidad. Un joven director –Gonzalo Correa– con escasa experiencia o profesión, dirigió la obra, como es lógico, en forma elemental, pero con vivo ritmo. Reapareció después de casi o más de quince años de ausencia en el teatro llamado en aquel su tiempo, experimental, el joven ya maduro, Miguel Montemayor –al que llaman Lalito, en recuerdo del éxito que tuvo en un churro cinematográfico– y como es natural está... digamos enmohecido. Habla con claridad e intención, y su ademán, visiblemente amanerado, dicen que lo copia del médico que en la vida real es el personaje que interpreta. La señora Diana de Mendoza, muy en papel, hace más en serio que nadie su personaje, y con fortuna. María Elena Orendáin está graciosísima en la caricatura que le confiaron; y cumplen Héctor Andremar y Noé Murayama. Socorro Avelar se ve más experimentada que ninguno, y la señorita Irma D'Elías, como la doble de una periodista inteligente y popular, se revela una promesa de actriz; habla y actúa con diáfana sencillez y está en general simpatiquísima. La escenografía, de López Mancera, pobre y vulgar, pero se asegura que es también copia del sanatorio "montoyosco" de marras...

En resumen, un espectáculo divertido, alegre y barato, muy propio a una feria de libros...