FICHA TÉCNICA



Título obra Cristina o la reina de 16 años

Notas de Título La reine de seize ans (título en el idioma original)

Autoría Jean-François-Alfred Bayard

Notas de autoría Jean-François-Alfred Bayard Manuel Eduardo de Gorostiza

Dirección Virgilio Mariel

Espacios teatrales Teatro de la Feria del Libro en La Ciudadela

Notas Comentarios sobre la obra Cristina o La reina de 16 años y la versión de Manuel Eduardo Gorostiza

Referencia Armando de Maria y Campos, “Cristina o la reina de 16 años, en español, de Manuel Eduardo de Gorostiza, en el teatro de la Feria del Libro. II”, en Novedades, 23 noviembre 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Cristina o La reina de 16 años de Manuel Eduardo de Gorostiza, en el teatro de La Ciudadela en la Feria del Libro. II

Armando de Maria y Campos

El argumento que Bayard desarrolló en Cristina o La reina de 16 años, es típico de la vida íntima de las cortes europeas en el siglo XVII. Ocurre la intriga entre un joven oficial, Federico de Bury y la joven reina de Suecia, quien guarda su incógnito al hallarse con él en los jardines de una sus residencias de descanso, protegiéndolo hasta elevarlo hasta los más altos puestos de la corte. Un viejo ministro, que lo había sido del rey padre, Gustavo Adolfo, desbarata la posible influencia del favorito en potencia, casando a éste, con procedimientos relampagueantes, con una sobrina suya, lo que provoca la ira de la reina y, después, imponiéndose el buen juicio de la joven e inteligente soberana, la ayuda de ésta a la feliz pareja y el reconocimiento de la lealtad del viejo primer ministro, al que eleva a condestable del reino. Abunda la pieza en escenas características de las intrigas palaciegas; no faltan el gracioso tonto, ni la ingenua transparente y boba. Cruza por ella un aire de opereta cómica, precursor del género que había de aparecer cuatro décadas después.

Don Manuel Eduardo de Gorostiza no imitó la comedia de Bayard; la tradujo simplemente, alterando en la enumeración de reparto, el orden de los personajes, que son los mismos del original francés en la pieza del mexicano, con idénticos nombres. De quince escenas consta el primer acto de la comedia de Bayard, y de quince también el primero de la traducción de Gorostiza, quien suprimió o redujo a prosa natural, las diez canciones que en ella figuran –aires populares de Turena, de Céline, del Amazonas, etc.–, dos de ellas del entonces muy popular compositor Adam. Una de éstas constituye toda la escena novena entre Emma, sobrina del conde Rantzoff, el primer ministro, Federico y su primo Vader, y constituye un verdadero cuarteto de ópera en cómico. Gorostiza hizo de este cuarteto cantado en la comedia francesa, una breve escena, en prosa naturalmente, para aligerar simultáneamente la escena entre el conde, Emma y Federico. La escena final en la pieza de Bayard es un verdadero concertante, con un coro que empieza: "La reine nous appello / Rendons-nous prés d'elle, / Partons, à l´instand, partons tous!". De dieciséis escenas se compone el segundo acto de la obra de Bayard y de diecisiete la traducción de Gorostiza, porque de un largo parlamento dicho por Vader al final de la escena XII, hace Gorostiza otra, la XIII de su versión. Siguen paralelas las escenas hasta el final, y en el que la comedia de Bayard es aparatoso concertante, en la de Gorostiza se limita a un reconocimiento público, ante la corte en pleno, por parte del condestable, del buen juicio de una reina de 16 años.

Gorostiza se limitó a castellanizar –no me atrevo a decir a mexicanizar– algunos giros muy franceses de la época de la pieza de Bayard.

Representada ahora, en las condiciones ya apuntadas, debe recibirse como una muestra del teatro que se usaba en Europa en la juventud madura de Manuel Eduardo de Gorostiza, cuando éste, representante diplomático de México en las cortes europeas, simultaneaba sus actividades de diplómata responsable, con las de empedernido teatrófilo, y autor en relativo receso, puesto que escribió poco teatro durante su voluntario destierro en Inglaterra, perseguido por Fernando VII, antes de que adoptara la nacionalidad mexicana a que por su nacimiento tenía derecho, y después, absorbido por sus faenas diplomáticas. Que no le dio mucha importancia a esta traducción, que el llamó imitación, lo demuestra el hecho de que no fue nunca representada en nuestros teatros. Sin embargo, fue recogida en las Obras Completas de Bayard, famosísimo autor francés en su tiempo.

La interpretación que en el flamante y provisional teatro de La Ciudadela le dio a Cristina, reina de 16 años, un grupo de incipientes aficionados, no da ni siquiera una ligera idea de lo que puede ser una representación formal de esta comedia sana y entretenida. El joven Virgilio Mariel pretendió darle un aire de farsa –o de pantomima o de ballet–, que no justifica la acción realista, y movimientos sin ritmo chocaron contra una acción simple, bobalicona. Los cinco personajes de la intriga –la reina, la sobrina del ministro, éste, el galán enamorado y el primo gracioso– son personajes de talla y vigor, que requieren actores para habitar sus caracteres, no vacilantes aficionados, no importa que todos hagan alarde de memoria. Decir un papel con pocas equivocaciones, no significa interpretar el personaje; menos, crearlo. Creo que se va demasiado lejos en el afán de promover debuts. Hacer de primera actriz, de primer actor, etcétera, ante públicos que porque pagan, tienen derecho a exigir, supone un proceso ascensional firme o justificado. Cualquiera puede, porque tiene derecho, a "jugar al teatro", a ensayarse como comediante, o como director, pero no ante un público exigente por responsable, o simplemente, porque paga...

No encierra este juicio, reproche por la buena voluntad de nadie, pero sí un aviso a tiempo para quien quiera escucharlo, en beneficio de todos los que amamos el difícil arte de representar la vida sobre un escenario.

Justifica en parte al joven director y a los empeñosos aficionados, una circunstancia sui géneris : trabajan sin precibir emolumento alguno.