FICHA TÉCNICA



Título obra Juego de reinas

Notas de Título Gambito real (título original)

Autoría Hermann Gressieker

Notas de autoría Luisa Josefina Hernández / traducción

Dirección José Solé

Elenco José Gálvez, Ofelia Guilmain, Patricia Morán, Virginia Gutiérrez, Georgina Barragán, Adriana Roel, Mercedes Pascual (Meche)

Escenografía Julio Prieto

Vestuario Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 11 febrero 1962, pp. 2 y 4.




Título obra Irma la dulce

Autoría Alexandre Brefort

Notas de autoría Francisco Córdova (Pancho) / traducción

Dirección Enrique Rambal

Elenco Silvia Pinal, Julio Alemán, Francisco Córdova (Pancho)

Escenografía José Reyes Meza

Coreografía Rudy Tronto

Música Marguerite Monnot

Notas de Música Enrico Cabiat / dirección musical; Julio Porter / letra de las canciones

Espacios teatrales Teatro de los Insurgentes

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 11 febrero 1962, pp. 2 y 4.




Título obra Apolo de Bellac

Autoría Jean Giraudoux

Dirección Frieda Nicolaievsky

Elenco Magda de Hoyos, Gilberto Pérez Gallardo, Ignacio Sotelo, Sergio de Alba, Virgilio Leos, Humberto Enriquez, Mireya Alvarado, Joan Zinser

Escenografía Joan Zinser

Grupos y compañías Alumnos de los seminarios de experimentación y de producción teatral de la Facultad de Filosofía y Letras

Espacios teatrales Teatro de la Universidad (antes El Caballito)

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 11 febrero 1962, pp. 2 y 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

imagen facsimilar

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Juego de reinas, Irma la dulce, El Apolo de Bellac]

Mara Reyes

Juego de reinas. Teatro Xola. Autor, Hermann Gressieker. Traducción, Luisa Josefina Hernández. Dirección, José Solé. Escenografía y vestuario, Julio Prieto. Reparto: José Gálvez, Ofelia Guilmaín, Patricia Morán, Virginia Gutiérrez, Georgina Barragán, Adriana Roel y Meche Pascual.

Autor desconocido hasta ahora en México, Hermann Gressieker, se nos revela como uno de los dramaturgos modernos de mayor profundidad, con su obra: Gambito real (traducida por Juego de reinas), estrenada en el teatro Xola, a cinco años de su estreno mundial en Alemania.

En Juego de reinas, el autor toma como pretexto para exponer su juicio del pensamiento renacentista, la historia de Enrique VIII, personaje al que hace trascender de su época y lo erige como símbolo del hombre moderno. Gressieker, en su obra, hace aparecer a la civilización como un golem (o un Frankestein), al que no puede ya dominar; además de haber determinado esta civilización la pérdida de Dios.

Se encuentra cierta similitud en el pensamiento de Gressieker con otro autor alemán contemporáneo: Friedrich Dürrenmatt (autor de La visita de la vieja dama), quien dice que "el Estado ha perdido su forma, y así como la física ya sólo consigue representar el mundo en fórmulas matemáticas, aquél ya sólo puede ser representado por medio de estadísticas".

Gressieker juega con la historia y hace aparecer la lucha entre papistas, reformistas, etc... de la época renacentista, como puntal para la formación de la consciencia del hombre contemporáneo, para llegar en el tercer acto, a gritar su advertencia a un mundo en el que la mayor creación del género humano: la bomba atómica, amenaza con destruir todo lo que existe.

Puede estarse en desacuerdo con el enjuiciamiento que Gressieker hace de la historia o del mundo moderno, o con la finalidad, en cierta forma mística, de su teatro; pero así como tampoco se puede negar el valor de un Bertolt Brecht, o de un Ionesco porque no se comulgue con sus ideas, así es también ineludible afirmar que este autor tiene un valor objetivo dentro del teatro moderno alemán y universal.

Es una lástima que le hayan cambiado el nombre original en la puesta en escena, como el de Gambito real, se plasma mejor la idea del autor: el hombre está jugando en un tablero su futuro y ofrece sus mejores piezas para ganar una posición.

La forma con la que Gressieker armó su pieza, puede enmarcarse dentro de la aristotélica, sin embargo toma ciertas postulaciones del teatro épico de Brecht, sólo que sin salirse nunca de la base filosófica idealista de que el pensamiento determina la existencia y no como decía Brecht, qua la existencia social determina el pensamiento. Utiliza la narración para crear cierto distanciamiento entre el espectáculo y el público del cual hace un observador al que impulsa a pensar, procurándole una noción de su ambiente, no haciéndole quedar inserto en la acción como sucede en el teatro aristotélico.

Después de Amadeo (Comment s’endébarrasser), de Ionesco, no habíamos visto a José Solé una dirección tan brillante. El gran sentido plástico de este joven director se puso en manifiesto con esta pieza que ocurre sobre un tablero de ajedrez. Una obra en la que la literatura es el factor primordial, precisa de una cuidadosísima finura en el matiz, y éste fue logrado en forma excelente.

El doble juego de los personajes, que unas veces representan su papel de personajes propiamente dichos dentro de la trama, y otras toman una significación simbólica, planteaba a Solé serias dificultades para resolver las situaciones dramáticas, tan pronto limitadas a una época, como proyectadas a una humanidad, intemporal –pasada, presente y futura–, dificultades que él supo zanjar, al manejar en una especie de contrapunto perfectamente armonizado, la doble significación de los personajes.

José Gálvez, medido, preciso, sobrio, se erguía en medio del tablero a la vez que como acusado, como defensor, como fiscal y como juez. Era la consciencia misma del hombre contemporáneo. No puede decirse nada mejor en elogio de su actuación, que la de afirmar su plena identificación no sólo con su personaje de Enrique VIII, sino con toda la implicación que el autor da a esa figura en su pieza.

Ofelia Guilmaín, más madura que nunca, encarnó a Catalina de Aragón. Ofelia domina la intención de la frase; el subtexto –defensora de la fe católica–, se filtraba por lo intersticios que dejaban las palabras. El gesto, más que un apoyo de actriz, era un segundo lenguaje.

Meche Pascual, vuelve a escena después de dos años, aproximadamente, de ausencia (por haberse ido becada a Francia) más cuajada, más segura, más actriz. Patricia Morán, en el difícil papel de Ana Bolena, sale airosa, lo mismo que Virginia Gutiérrez, Adriana Roel y Georgina Barragán en sus respectivas interpretaciones.

Notable es la traducción de Luisa Josefina Hernández y la escenografía de Julio Prieto, a decir verdad es la primera de las que él ha realizado en el teatro Xola que más entusiasma. Si bien el vestuario, también diseñado por Prieto, es magnífico, éste es sólo un complemento de la escenografía, cuya sencillez, imaginación y belleza plástica ratifican el primerísimo lugar que tiene Julio Prieto en México como escenógrafo.

Irma la dulce. Teatro de Los Insurgentes. Autor, Alexandre Brefort. Música, Marguerite Monnot. Traducción, Pancho Córdova. Dirección musical, Enrico Cabiati. Letra de canciones, Julio Porter. Coreografía, Rudy Tronto. Escenografía, José Reyes Meza. Dirección escénica, Enrique Rambal. Reparto: Silvia Pinal, Julio Alemán, Pancho Córdova, etc.

La comedia musical, que tantos defienden, que otros comparan con la zarzuela y sólo le agregan el adjetivo de “moderna”, y que unos más rechazan, es todavía un género en el que ni los mismos directores o empresarios se ponen de acuerdo sobre qué es lo predominante en él: ¿la anécdota?, ¿la música?, ¿el canto?, ¿el diálogo?, ¿el baile? El resultado de que no decidan ni se pongan de acuerdo sobre esto, es que las más de las veces, la comedia musical sea un espectáculo híbrido, en el que se ve a actores, mal cantar; a cantantes, mal bailar; a bailarines, mal hablar, etc.

Irma la dulce tiene tantos errores que es difícil enumerarlos. Encabeza la lista, la traducción, pues según ésta hay un narrador (que según parece no existe en el original), que encarnó: Pancho Córdova, que no es ni cantante, ni bailarín, ni actor; pues el hacer sketch no es ser actor y siempre que aparece en escena ubica al espectador como por arte de magia en un teatro de los llamados frívolos o en una carpa cualquiera. Y si esto hace con su sola presencia, ¿que podía esperarse de su traducción, sino la expresión más neta de la vulgaridad?

La anécdota de la comedia pudo tener gracia –los equívocos son clásicos generadores de comedias–, pero la forma corriente en que se llevó a escena el espectáculo, hizo perder el tono de comicidad fina que debió tener.

El otro error gigante fue la escenografía, completamente antifuncional. ¿Cómo se explica que teniendo a la mano los recursos de un foro como el del teatro Insurgentes, dotado de mecanismos como el escenario giratorio, se resolviera la escenografía en forma tan torpe que aun en el cuadro que ocurre en la Isla del Diablo, y hasta en el que ocurre en alta mar, se tuviera a la vista siempre el hotel parisiense? Y este es sólo uno de tantos ejemplos de la pésima solución escenográfica. La pobreza coreográfica, acabó de echar por tierra las pocas esperanzas que podían haber quedado de ver un buen espectáculo.

Silvia Pinal… francamente se esperaba más de ella, tanto por su gracia –que ha puesto en manifiesto en obras como: Divorciémonos y otras–, como por su ductilidad para encarnar diferentes tipos de personajes. Durante toda la comedia se mantuvo en una tesitura menor, gris, sin llegar, en ningún momento, a sobresalir.

Quien daba la impresión de estar solo en escena, por su afán de realizar un trabajo decoroso, serio y que tuviera algo que ver con el arte, fue Julio Alemán. Un galán de porvenir que realizó, a pesar de las circunstancias adversas, una buena interpretación de su doble papel.

De Enrique Rambal, director, sólo puede decirse que no ha sido muy prometedor este primer empeño suyo en la dirección de la comedia musical. Y del resto del reparto, ya que no es culpable, es mejor pasarlo por alto.

El Apolo de Bellac. Teatro de la UNAM (antes Caballito). Autor, Jean Giraudoux. Dirección, Frieda Nicolaievsky. Escenografía, Joan Zinser. Reparto: (por orden de aparición), Magda de Hoyos, Gilberto Pérez Gallardo, Ignacio Sotelo, Sergio de Alba, Virgilio Leos, [p. 4] Humberto Enríquez, Mireya Alvarado y Joan Zinser.

Bajo la dirección de Frieda Nicolaievsky se está presentando la bella obra de Jean Giraudoux: El Apolo de Bellac. Actuada por alumnos de los seminarios de experimentación y de producción teatral de la Facultad de Filosofía y Letras.

La sociedad, la mesura y el esmero que se advierte en estos jóvenes es lección para muchos actores y directores profesionales que han dejado de ver en el teatro una forma de expresión artística para convertirlo en una pantalla al servicio del exhibicionismo.

Vaya para todos estos jóvenes un aplauso entusiasta que bien se han ganado.