FICHA TÉCNICA



Título obra La suerte de los malos

Autoría Jacques Deval

Dirección André Moreau

Elenco Blanca de Castejón, Beatriz San Martín, Carlos Ancira, Guillermo Orea, Rafael Bertrand, Dalia Íñiguez, Beatriz Saavedra, Gloria Saavedra, Manuel Santiagosa

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Sala Molière

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno en México de La suerte de los malos de Jacques Deval”, en Novedades, 30 octubre 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno en México de La suerte de los malos de Jacques Deval

Armando de Maria y Campos

Siempre cuesta un pequeño esfuerzo estampar la palabra melodrama. Encierra algo de deprimente, de lesivo, de arte inferior, más aún, de arte realizado con innobles fines de lucro o con un incurable mal gusto. Pero este melodrama –La suerte de los malos de Jacques Deval, recién estrenado en la sala Molière de la ciudad de México– que, como todos, como la sola expresión, me causa este primer movimiento de rechazo, es, sin duda alguna, bastante superior a las corrientes manifestaciones del género. Se valora en mucho sobre ellas por su caudal de minuciosa penetración psicológica, además de que lo rodea una serie de circunstancias que contribuyen a imprimirle, unas, cierta categoría, otras, elementos personales de curiosidad. Está, entre estos últimos, junto con su carrera escénica –se estrenó en París hace poco más de dos años, y se ha representado ya en Londres, Praga, Varsovia y Bucarest, en Buenos Aires también– que, en definitiva, es la feliz de casi todos los melodramas, que pasan sembrando tragedia para recoger una fortuna, la personalidad del autor, veterano en la autoría teatral, y siempre puntual a la hora que pasa. (La circunstancia de que la protagonista de este melodrama fue escrita a la medida de la interesante y versátil actriz rumana Elvira Popesco, inclina a las actrices que creen parecerse, o tener algo de aquélla, a representarla en respectivo idioma, La Coralia Azaquián, aventurera armenia que está a punto de colarse en la corte de Napoleón III, no es personaje para una actriz cualquiera).

Melodrama es –según la definición académica, y por esto vulgar y corriente– "pieza dramática de acción ordinariamente complicada y jocoseria, y cuyo objeto principal es provocar en el auditorio un linaje de vulgar curiosidad y emoción". Está claro que no se debe precipitar a la farsa, ni caer en la tentación de hacer de sus situaciones convencionales escenas de vaudeville; no gana con éstas el melodrama, y pierden mucho sus recursos fáciles para conmover al público sencillo o poco culto. Deval hizo con el asunto de La suerte de los malos, un melodrama de gran calidad, aprovechando lo mejor de la tradición del género, y desechando lo vulgar y ramplón. Este melodrama suyo lo coloca a la altura de los mejores autores del género: Sardou, Scribe, Ennery, Bouchardy, Ducange, Decourcelle, en Francia; Giacometti, en Italia; Mackinson, en Inglaterra; Tieck, en Alemania; Eguilaz, Camprodón, Echegaray, Pérez Escrich o Fernández y González en España, entre otros.

Jacques Deval no es un autor joven –nació en París en 1894– y su producción ha recorrido toda la escala teatral. En 1925 Gómez Carrillo le prodigó elogios por su estreno: La beauté du diable, lo situó en la generación de después de la guerra, la de 1914-1918, y decía que "si alguien le comparase con sus maestros: los Maurice Donay, los Henri Lavedan, los George Portoriche, lejos de darse por ofendido, sentiríase muy halagado", porque "su mayor deseo es gustar; gustar, que no es lo mismo que hacerse aplaudir". En México se le conoce desde hace muchos años, representado por Virginia Fábregas: Une femme faible, Dans sa candeur naive, Etienne, Mademoiselle, Priere pour les vivants y por Fernando Soler: Tovarich. No cesa de estrenar. Mucho y sorprendentemente ha evolucionado Jacques Deval. Sus recientes obras lo muestran en la madurez de su talento, de su fantasía, de su técnica: Ombre chére, O ma maitresse, Ce soir à Samarcande.

La suerte de los malos es un episodio, el último, en la vida tormentosa de una aventurera armenia, cortesana de categoría en París en el apogeo del Segundo Imperio. Cuando está a punto de ingresar en la nobleza, por adopción o cosa así de su encumbrado protector, muere estrangulada por un aventurero, cazador de corazones cubiertos de joyas de mujeres solas o entretenidas. Abundan las situaciones convencionales, se acumulan los recursos del género, pero la pieza está tan bien construida y son tan humanos, por lo reales, los personajes, que el todo resulta un melodrama modelo, al que no le falta ni el aire de aventura y azar al situar la acción en la corte de Napoleón III.

Ahora que lo he visto representar varias veces después de la noche de su estreno, puedo asegurar que hará fortuna. La primera noche estuvo a punto de zozobrar en un océano de bostezos por la lentitud con que se representó, a causa de la falta de memoria de su protagonista –Blanca de Castejón–, actriz de poliédrica sensibilidad, de fino y vario temperamento, de arrolladora simpatía, cualidades todas que a veces se le vuelven en contra, hasta que las domina y encauza. Su personaje, la cortesana armenia, tan ambiciosa como inteligente, es rico en matices, y con atenerse a ellos tiene de más la actriz para lucir extraordinariamente. No hace falta caer en la farsa, ni bordear el vaudeville, porque equivale a traicionar al personaje, de suyo tan definido y caudalosamente atractivo. En recientes representaciones, Blanca de Castejón ha frenado su noble afán de adobarlo con recursos personales, y ya lo compone a la perfección. Su Coralia Azaquian será, también, personaje inolvidable en su carrera.

Beatriz San Martín tuvo la fortuna de hallar un personaje ideal para revelarse como actriz inteligente y profunda. La Paulina –doncella de la cortesana– constituye el personaje menos melodramático, envuelto en una aureola de bondad, lleno de penetrante comprensión humana, rasgos que la joven comedianta graba y expresa de manera admirable. Sin desbordar al personaje que habita, Beatriz San Martín hace sentir a todos la profunda tragedia de su vida. Para ello se basta con su voz, clara y melodiosa, con su gesto sobrio, natural, expresivo, con su ademán sereno, con su fino y sencillo talento en fin.

Carlos Ancira, en actor de melodrama no puede estar más justo. Cubre escenas magníficas, y convence a todos del melodrama que lleva en el corazón. Su Jerónimo revela el excelente comediante que hay en él. Guillermo Orea, como el barón Edgardo, cortesano, está gracioso y desenvuelto. El debutante Rafael Bertrand –actor cubano nuevo en nuestros teatros–, me parece frío y aun inexpresivo, en el galán asesino.

Completan el reparto Dalia Íñiguez, muy discreta –el personaje no da para más–; Beatriz Saavedra, tal vez demasiado impetuosa en la Anaís, hija del barón de opereta, y cumpliendo, Gloria Saavedra y Manuel Santiagosa.

La escena –decorado de López Mancera– evoca con justeza los "buduars" de aquella Francia; el vestuario es riquísimo, del mejor gusto y con propiedad de época. La dirección de André Moreau, justa, severa y responsable.