FICHA TÉCNICA



Título obra La hidalga del valle

Autoría Pedro Calderón de la Barca

Notas Comentarios sobre la obra La hidalga del valle con citas del proemio de Luis González Robles

Referencia Armando de Maria y Campos, “Sobre La hidalga del valle auto mariano alegórico, de Calderón de la Barca, próximo a representarse por actores mexicanos”, en Novedades, 13 octubre 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Sobre La hidalga del valle auto mariano alegórico, de Calderón de la Barca, próximo a representarse por actores mexicanos

Armando de Maria y Campos

El 28 de mayo de 1950 se representó en el teatro Español, de Madrid, el auto sacramental mariano de Pedro Calderón de la Barca La hidalga del valle, según celosa adaptación de Luis González Robles, quien también dirigió la postura escénica y la interpretación. Cuatro años después –el 31 de agosto último–, el público de la ciudad de San Luis Potosí, México, vio representar este bellísimo auto, por la compañía llamada Teatro Español de México, que dirige Álvaro Custodio, al parecer sin arreglo de fondo, usándose la versión que Aguilar, S.A. publicó –tomo III de las obras completas– en Madrid, en 1952. Ahora se anuncia que será representada en el teatro del Seguro Social, durante la temporada que auspicia el Instituto Nacional de Bellas Artes.

Es oportuno, pues, referirse a este auto sacramental de Calderón, de actualidad con motivo de los festejos marianos que se celebran en la República, el único exclusivamente mariano, sin alusión alguna al Santísimo Sacramento. Don Luis González Robles, director sevillano que ya estuvo a punto de venir a dirigir a México, invitado por Fernando Wagner cuando éste tuvo en arrendamiento la sala Chopin, introdujo al espectador en el espectáculo con este proemio que tomo del programa de aquella función:

"La recia contextura teológica que sustenta La hidalga del valle, de don Pedro Calderón de la Barca (único auto sacramental que se escribió en la literatura española), se olvida aquí de su habitual pompa y barroca manera de hacer, para ceñirse a un primitivismo mucho más elemental y sencillo. Todo parece que se estiliza simplificándose: las volutas se vuelven nervios; los medallones, ojivas, los pámpanos y las frutas, una sóla azucena; los fárragos conceptuosos, en fin, lisa y llanamente lírica, porque La hidalga del valle es María, cuyo sólo nombre, sin necesidad de adornos ni ruidos, es ya la más rotunda poesía.

"Viene, pues, este auto en toda sus sencillez de fondo, presentado con la misma, adornada sencillez formal. Unos arcos, un jardín, una ánfora: leve evolución de aquellas pinturas deliciosamente ingenuas de los primitivos que supieron encontrar la línea y el ambiente ideal para marcar la figura de la Virgen. Lo mismo que Calderón supo hallar , en estos versos de excelencias y donaires, la entraña más profunda de cuanto puede decirse de María. Ambiente y palabra, nacidos para análoga admiración, se unen aquí, completándose. No habría, por otra parte, mejor base plástica para esta loa, que siendo tan perfecta de expresión, no debe alterarse con complicaciones escenográficas.

"Dispongámonos, pues, más que a ver, a escuchar el Auto. El texto mismo de don Pedro Calderón de la Barca va a llegar a nuestro corazón sin más ayuda que la de esa alegría colorista de la pantomima que se ha introducido para acercar mejor a nuestra comprensión de hoy el espíritu del misterio. Misterio para la cabeza, no para el corazón, que sabe muy bien que es La hidalga del valle en definitiva: a la manera española, un piropo a María".

Magnífica presentación la de González Robles para aquella representación, por la compañía del Teatro Español, con Maruchi Fresno (en la Culpa) vestuario y decorado de Vicente y Carlos Viudes, y una "Salve", de García Bernalt interpretada por el Cuarteto de Madrigalistas Españoles que dirige Roberto Plá, González Robles editó La hidalga del valle, y en el proemio revela que aparte de aquel Año Santo de 1950, la había presentado ya en diversas ocasiones: paseo de las Ursulas de Salamanca, en la clausura del XIX Congreso Mundial de Pax Romana, ilustrándola con el decorado, sencillísimo y los figurines, expresivos a todo color. Preciosa edición de cuyo ejemplar dedicado me enorgullezco. Y recuerda cómo a todo lo largo de un siglo, que por cierto valió un imperio, el pueblo español se recreó complacido ante los autos sacramentales. Como todas las grandes empresas, ésta de llevar a la desnuda y elemental escenografía de una escena pública nada menos que los misterios de la Eucaristía, nació enamoradamente, sin que sus autores, ni sus testigos, pudieran sospechar que estaban asistiendo a una tarea de trascendencia universal. Este afán de revisión que nos lleva ahora a colocarnos ante todo, más con ánimo crítico que con espíritu de comprensión, ha puesto ante nuestros ojos la realidad de los autos sacramentales, con la complejidad de un problema o la aridez de una lectura erudita. Se habla de los autos como podría hablarse de una categoría filosófica o de una fría certeza histórica. La verdad es que con los autos sacramentales, como con otras tantas cosas, nos viene sucediendo, que a fuerza de querer analizarlas imparcialmente, se nos evaporan desprovistas de interés humano entre razonamientos y silogismos. En ese mundo nuestro, tan engreído en esa postura crítica que pretende descubrirlo todo de nuevo a través de un tamiz del más menudo escepticismo, hace falta que volvamos a mirar las cosas en sí mismas, que sepamos entregarnos a ellas y ver en cada una su verdad y su belleza... Y no hablemos ahora de teorías. Si es conveniente actuar en nosotros de nuevo aquella tradición escénica, bueno será, que antes que nada, la reavivemos sobre nuestros tablados. Luego podrán venir los estudios y los análisis. Aunque para esa misión resucitadora, no harán mucha falta: se bastan solas la profundidad y la belleza que cada auto conserva, para que el pueblo –siempre, al menos, el pueblo– vuelva a encontrar en ellos su recreo y su solaz.

Se ha insistido demasiado en el valor científico, educativo y hasta teológico, de este teatro clásico español. La verdad es que el pueblo que frecuentemente se asociaba a aquellas representaciones, no tendría presente tales argumentos. La realidad es que todos esos valores que, sin duda, poseen los autos sacramentales, no fueron premisa, sino consecuencia de su reiterada representación. Lo que importa es detenerse y contemplar. Luego, lo mismo que sobre aquellos hombres que acudieron a los estrenos de estas obras, sobre nosotros quedará la impresión que mejor pueda valer a cada uno –como cree González Robles–. Acaso necesite nuestro ánimo ese revestimiento de cordialidad y sencillez para lograr lo que aquellos hombres lograron: ser ellos mismos partícipes de aquellos autos sacramentales que cada día se representaban sobre el imponente escenario de la selva virgen, cuando un sacerdote –medio soldado de Cristo, medio soldado de César–, consagraba el pan sobre la tierra –la nuestra– asombrada del nuevo continente.

Bienvenido el piropo español de Calderón, a María, La hidalga del valle.