FICHA TÉCNICA



Título obra Una ciudad para vivir

Autoría Ignacio Retes

Dirección Ignacio Retes

Elenco Ariadne Welter, Carlos Navarro, Luis Aragón, Jorge Martínez de Hoyos

Espacios teatrales Sala Chopin

Notas Temporada organizada para Clasa Films Mundiales

Referencia Armando de Maria y Campos, “Una ciudad para vivir de Ignacio Retes, en la sala Chopin”, en Novedades, 24 septiembre 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Una ciudad para vivir de Ignacio Retes, en la sala Chopin

Armando de Maria y Campos

Muy joven aún, Ignacio Retes tiene ya larga historia teatral. En 1940, y en plena adolescencia, fungía como ayudante –o traspunte– en la clase de teatro y representación que Seki Sano daba en el entonces Departamento de Bellas Artes, recién desembarcado en México el director japonés. Como ayudante del director escénico en el ballet La coronela, en 1941, Retes intervino en forma directa, y, después, cuando Seki Sano montó su academia teatral propia, Retes se fue tras él. En 1946 fundó el grupo teatral La Linterna Mágica, creo que con el patrocinio del Sindicato Mexicano de Electricistas, y en el auditorio de esta agrupación montó obras mexicanas, actuándolas al mismo tiempo que las dirigía: Los que vuelven de Juan Bustillos Oro, El tejedor de Segovia –1a. parte– de Juan Ruiz de Alarcón, y La silueta de humo de Julio Jiménez Rueda. La pieza de Alarcón, prácticamente desconocida en México, no se representaba desde fines del siglo XVIII; por cierto, fue prohibida por el virrey en turno por considerarla subversiva. En 1948 Retes presentó como dramaturgo –todo ello en el auditorio del Sindicato de los Electricistas–, al novelista José Revueltas con su obra Israel. En 1949 dirigió en el Arbeu la pieza existencialista del mismo Revueltas, El Cuadrante de la Soledad, para la que Diego Rivera pintó una escenografía de bulto, que suprimió el tradicional telón.

Inquieto, metido hasta la médula en la vida del teatro, en 1952 presentó su primera pieza original –cargada de mensaje, como corresponde a un miembro, o por lo menos célula simpatizante del P.C.–, El aria de la locura, actuándola en el protagonista y, claro, dirigiéndola, y constituido empresario de la temporada, que se desarrolló en el incómodo, extinto ya, teatro del Caballito. Discípulo predilecto de Seki Sano intervino en la temporada que éste organizó en la sala Chopin con tres joyitas en un acto de Chejov, precisamente en Petición de mano; a poco, dio la sorpresa de una creación actoral en la comedia Atentado al pudor, de Carlos Prieto, y recientemente fue El hombre del paraguas, protagonista de la comedia del mismo nombre en el teatro Arena. No se puede estar más metido en el mundo del teatro. En nuestro medio es caso único. En Francia, el que más se le parece, o al que más se parece Retes, es el de Sacha Guitry; en Inglaterra, los de Noel Coward y Peter Ustinov.

Infatigable, curioso y dinámico, acaba de saltar a la escena de la sala Chopin como autor y director de Una ciudad para vivir, comedia en tres actos y ocho cuadros, para una temporada organizada para una empresa cinematográfica, la Clasa Films Mundiales, cuyo gerente, don Armando Orive Alba, busca por este procedimiento elementos que encarrilar en el mundo fílmico.

Una ciudad para vivir expone el caso de un joven matrimonio durante un día cualquiera. La acción transcurre entre las diez de la mañana y las nueve de la noche de un día de tantos, y con ritmo cinematográfico. La comedia de Retes, excelente en términos generales, más bien parece guión de una película frustrada. Sí; parece una película, a la que no le falta el fondo musical, no siempre necesario, a veces absurdo, y que parece anticiparse al juicio del espectador cuando éste es incapaz de sentir la música por dentro que lleva en sí todo suceso romántico, cómico, sentimental o dramático. En el caso de Una ciudad para vivir no me parece que sea necesaria, y aun creo que distrae al espectador, que, distraído por ella, no acaba por entrar al mundo realista que exhibe el autor. El decorado musical o música de fondo es un recurso cinematográfico, que en prenda de reconciliación entrega el cine al teatro. Uno de los más peligrosos enemigos del teatro, deja de serlo, y, al parecer, comienza a ser su amigo.

La comedia de Retes está bien vista, mitad cine, mitad teatro, pero no es pareja en calidad. Algunos cuadros son superiores al resto, y los que estimo como mejores son un poco ajenos a la aventura de Aurelia y Alfonso Guajardo –Ariadne Welter y Carlos Navarro–, y ocurren, uno en cualquier delegación policiaca de la ciudad, y el otro, en el despacho de un productor de cine. Son otros tantos sainetes, y sainete también con su venilla sentimental, los seis restantes, en la buhardilla de Aurelia y Alfonso Guajardo. A lo largo de la pieza de Retes corre el río del vivir citadino, inconfundible, nuestro. Su anécdota no encierra secretos para el espectador; todos nos imaginamos cómo acabará lo que empezó al abrirse la cortina, pero como todo pasa con naturalidad, sencillez y claridad, nadie se llama a engaño. Como teatro cinematográfico, Una ciudad para vivir es prueba excelente y ejemplo digno a seguir.

Pisó las tablas por primera vez la señorita Ariadne Welter y... recordaré aquí un sistema de cautela de cuando escribía crónicas de toros. Cada vez que tenía que referirme a un debutante novillero, aplazaba el juicio para su segunda novillada. Seguiré idéntico procedimiento con los repetidos debuts en nuestro escenario de teatro experimental. Hay que ver a todos en su segunda obra, para empezar a juzgarlos en definitiva. Se puede anticipar algo, como es lógico y aun justo. De la señorita Welter debo decir que es joven y que, aparentemente fría, actúa con serenidad: dice con claridad –a papel sabido no hay cómico malo–. Carlos Navarro, galán de presencia atractiva, cumple como protagonista de la comedia de Retes. En un personaje episódico se llevó al público de calle el buen actor Luis Aragón, y, en otro, también anecdótico, el también excelente comediante Jorge Martínez de Hoyos. El resto del reparto, integrado en su totalidad por actores de cine, está discreto.

La dirección de Retes le dio a la comedia –su comedia– el ritmo por él previsto, y todos los detalles de un teatro realista están cuidados. El escenógrafo atendió en particular a resolverlo todo con trastos que facilitaran el rápido cambio de escenarios.

Todos debemos agradecer a Clasa Films Mundiales el noble gesto de acercarse al teatro.