FICHA TÉCNICA



Título obra Té y simpatía

Autoría Robert Anderson

Dirección Francisco Petrone

Elenco Raúl Ferrer, Emilio Brillas, Rafael Banquells, Ángel Merino,Felipe Montoya Rosa Díaz Jimeno, Carlos Pouliot, Roberto Preciado, Óscar Servín, Edmundo Saracho, Adda Carrasco

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Sala 5 de Diciembre

Referencia Armando de Maria y Campos, “Té y simpatía de Robert Anderson, en el teatro sala 5 de Diciembre”, en Novedades, 18 septiembre 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Té y simpatía de Robert Anderson, en el teatro sala 5 de Diciembre

Armando de Maria y Campos

El teatro norteamericano, frescura y novedad, posee un tratamiento especial para renovar temas manidos y dejarlos flamantes. Las fábricas de autos cambian modelos cada año, y aunque cada modelo parece distinto al anterior, en realidad es el mismo, con algo nuevo que justifique la razón de arrumbar o declarar en desuso de moda al anterior. Algo semejante pasa con las comedias de éxito en los teatros de la Vía Blanca neoyorkina. Periódicamente aparece el modelo de un tema teatral usado varias veces, tratado de manera más o menos nueva por un autor más o menos nuevo. Como los públicos, y a veces los críticos de teatro –¡de todas partes!– carecen de memoria, no recuerdan que tal cual obra de asunto novedoso, usa uno ya tratado temporadas, años atrás.

Así el caso de Té y simpatía, una comedia de Robert Anderson, éxito reciente de Nueva York. El asunto parece novedoso y no lo es, se anuncia como escabroso y la postre resulta humano, natural, común y corriente, por lo menos en algunos medios, en no pocos colegios con internado. Infinidad de novelas tratan este tema y no pocas obras de teatro han tenido éxito pasajero en Europa, Norteamérica y Argentina exhibiendo conflictos de hombres raros, diferentes, homosexuales, para decirlo de una vez, aunque siempre una receta para curar, o una moraleja para dejar tranquilas las conciencias. Aparte esto, algunas escenas son magníficas como teatro. Reciente está el estreno en la sala Gante de Les oeufs de l´autruche de André Roussin, admirable pieza que expone un caso con dramática ironía, y no menos reciente el suceso que en la sala Ródano alcanzó The children´s hour de Lillian Hellman, poderoso drama que describe la tragedia de la murmuración y la sospecha que ensombrece la amistad de dos mujeres profesoras en un internado de señoritas.

Té y simpatía –yo creo que le corresponde mejor el título de Té y comprensión– desarrolla un tema en un internado de varones y exhibe cuatro casos de... inclinaciones descarriadas. El central es el de Tom Lee (a Raúl Ferrer), muchacho de temperamento fino, sensible, que está a punto de creer que es un raro –y llega a atentar contra su vida cuando sospecha de sí mismo–, y al que salva una mujer que le da té, comprende su caso, y lo trata con simpatía, tornándolo a la normalidad; el auténtico, que es el de un profesor, David Harris (Emilio Brillas); el del que ha dominado su instinto diferente, incluso casándose, que es el del profesor Bill Reynolds (Rafael Banquells), y el del muchacho raro en potencia, ignorándolo él mismo (Ángel Merino). No voy a contar el argumento, porque ni se debe contar al gran público, ni convendría contarlo, a pesar del feliz final, feliz para el desventurado Tom Lee, que deja de serlo por la prueba eficaz a que lo somete Laura Reynolds (Rosita Díaz Jimeno), esposa de Bill. No hace falta para declarar que Té y Simpatía es una comedia muy bien construida, que se desarrolla con un ritmo tan bien contenido, que ni un instante decae el interés del público por su curso real, naturalísimo, de un tremendo realismo –sin caer en el mal gusto, ni en la escabrosidad innombrable–, porque sus personajes, aun norteamericanos hasta la médula, resultan de tan humanos y repetidos en la vida, universales.

Decía que no es nuevo el tema en el teatro, ni menos en la novela o en el cuento. No hay, pues por qué echar campanas a vuelo hablando de audacia y originalidad. Veamos, por curiosidad, algo de lo que se ha hecho en teatro, y únicamente en casos de raros, porque en el de raras, desde La garçone de Paul Margaritte (en 1922) y La prisonniere (en 1926), hasta nuestros días, la bibliografía es caudalosa. Por cierto que Bourdet también tiene una pieza de raros, La fleur des pois (1932). La más antigua pieza de teatro, al parecer, con este tema debe The relapse de John Vanbrugh (1697); ¿Téte d´or, de Paul Claudel, editado en 1919 por Yale University Press, de New Haven? Muchos críticos consideran este poderoso drama poético en el que el cariño de Cébes por Simón roza los límites del amor homosexual como característico. Antinous, de Aimé Girón y Albert Tozza (1906); un drama basado en la vida de Oscar Wilde, de David Peña, publicado en Buenos Aires en 1922 y otro de igual título –Oscar Wilde– de Leslie Stokes y Sewell Stokes, publicado en Londres en 1937, Maurice Rostand tiene también un drama sobre el proceso de Wilde: Le procés d´Oscar Wilde, publicado en París en 1934. Hay otro más sobre Oscar Wilde, de Carl Sternheim, publicado en Postdam, en 1925. Sin contar con el drama derivado de la novela de Wilde The pictures of Dorian Gray. No hay, pues por qué asustarse. Y más si se tiene en cuenta que la bien construida y mejor desarrollada pieza de Anderson Té y simpatía, tiene claros antecedentes en la novela breve de Sherwood Anderson, Hands –que describe los sufrimientos de un hombre a causa de la sospecha que ha caído sobre él–; en Lucifer with a book (Nueva York, 1949), sátira de la educación en las escuelas particulares, en que el afecto entre el maestro y un discípulo está a punto de llegar a más, pero encuentra resistencias interiores, y en la emocionante novela Parents day, de Paul Goddman, aparecida en Estados Unidos en 1951.

La obra Té y simpatía descansa toda, en los personajes Tom Lee (Farrel) y Laura Reynolds ( Díaz Jimeno). El joven galán Farrel –pese a algún defectillo de dicción– está magnífico. Se identifica plenamente con Tom Lee y su desventura y crea un personaje atormentado y conmovedor. Es ésta una creación para tener fe en la carrera de Farrel y abrirle crédito ilimitado como futuro gran actor. Rosita Díaz Jimeno está un poco fuera de la edad que se marca para Laura Reynolds, a causa de... su edad –aunque su tarde dé envidia a las mañanas– y de cierto acento extranjero –ha vivido tanto fuera de España, su tierra–, que nos recuerda su castellano, el lento y muy pronunciado de artistas extranjeras que han trabajado –en México– en español, las italianas Mimi Aguglia y Lea Candini, la austriaca Margarita Maris, la húngara Trudi Bora y ahora la francesa Nadia Haro Oliva. Hasta antes de la revelación a su marido Bill, está muy bien: le falla la voz a Rosita en el momento de la revelación, pero está llena de ternura cuando salva a Tom. Rafael Banquells se mostró lo sobrio y buen actor que es, y Felipe Montoya mantuvo con seguridad su personaje.

Bien Brillas en el antipático Harris, y a tono con sus personajillos Carlos Pouliot, Ángel Merino, Roberto Preciado, Óscar Servín, Edmundo Saracho y Adda Carrasco.

Julio Prieto pintó un gran interior con tres escenarios practicables, excelente y responsable de todo, como gran director que es, Francisco Petrone.