FICHA TÉCNICA



Título obra Su amante esposa

Autoría Jacinto Benavente

Dirección Ricardo Mondragón

Elenco María Teresa Montoya, Magda Haller, Prudencia Grifell, Micaela Castejón, Alicia Montoya, Nicolás Rodríguez, Fernando Mendoza, Enrique Alonso, Manuel Alonso

Escenografía Julio Prieto

Grupos y compañías Compañía María Teresa Montoya y Ricardo Mondragón

Espacios teatrales Teatro Ideal

Notas Homenaje a Jacinto Benavente

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de Su amante esposa, de Jacinto Benavente, por la compañía de María Tereza Montoya, en el Ideal”, en Novedades, 12 septiembre 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de Su amante esposa, de Jacinto Benavente, por la compañía de María Tereza Montoya, en el Ideal

Armando de Maria y Campos

Extraordinario caso de vitalidad creadora la de don Jacinto Benavente –se dijo en España al hacerse el resumen de la temporada del año 1950– , porque cumplidos los ochenta y cuatro años, había estrenado cuatro producciones escénicas: Al amor hay que mandarle al colegio, Su amante esposa, Tú una vez y el diablo diez, y Máter imperátrix. ¡Un prodigio! Lo curioso dentro de lo extraordinario está también en que Benavente escribió esas cuatro comedias –ocho más había de dar a la escena antes de rendir su jornada– por encargo, o a la medida de los actores que habían de interpretarlas. La primera fue escrita para Mari Carrillo, y se estrenó en el teatro Lara, de Madrid, el 20 de septiembre de 1950; la segunda –que es la que acabamos de ver en el Ideal, en vísperas de ser derribado, lo que ocurrirá este mismo mes– en el Infanta Isabela el 20 de octubre; la tercera para Irene López Heredia, fue estrenada en el Lope de Vega tres días después, y la cuarta –ya representada en México en 1951 por Anita Blanch– para Lola Membrives en el teatro de La Comedia, de Barcelona, el 29 de noviembre de aquel fecundo año de 1950.

Precisamente ese año, o esa temporada teatral 1950-1951, Benavente fue agredido por la crítica, la que le puso más reparos que nunca a las obras benaventinas del momento, principalmente por lo que se pretende "su falta de acción y sobra de sermón". Puede ser, si uno se atiene únicamente a las modas o a los modos característicos de cada época. Lo que importa considerar es la maravillosa maestría técnica, la inagotable curiosidad temática, el diálogo maduro, ágil, travieso, mordaz –¡benaventino!– y perennemente maduro del genial dramaturgo recientemente desaparecido, en cuyo homenaje se está celebrando en el teatro Ideal esta relampagueante temporada que terminará, ni una noche más, la del 15 próximo fiesta nacional para México y de luto para el en su tiempo amable, coqueto y acogedor teatrito de la calle Dolores, porque esa será la última que abra sus puertas al público metropolitano.

Dígase lo que se diga, las últimas comedias de Benavente son como las primeras, aquellas que sorprendieron al público madrileño en 1894 al verse reflejado en la escena que veía, y que como el de la edad de oro del teatro español, se veía en los personajes benaventinos reflejados, y aun casi pudiera haber intervenido en el ágil diálogo de frases perdurables, no obstante su aparente travesura o su cáustica ironía, con que se expresaban entre sí, retratando sus almas de mano inconfundible.

Su amante esposa no es una pieza benaventina trascendente. Al revés: se trata de un ingenioso juego escénico intrascendente, para pasar el rato, para divertirse con los incidentes que provoca una esposa que toma los devaneos de su marido a lo cómico y que idea una travesura para convertirse en la... amante esposa, para que la amante ocupe el lugar de la esposa, que, en el triángulo inmemorial, es siempre el más difícil. De "comedieta" calificó Benavente esta pieza y la dividió en tres episodios, desarrollando el tema del vaudeville dentro de una sana comicidad, digna de Paso el viejo, o de Abati, o que sé yo, tal vez como hubiera tratado en este caso Enrique García Álvarez, si estos autores hubieran manejado el diálogo con el buen gusto y la travesura intelectual de Benavente. Esta comedia de don Jacinto no fue escrita pensando en los intelectuales, y sí en el público en general, en el pueblo. Benavente dijo en sus principios de autor teatral: "Los autores dramáticos perdemos nuestro tiempo afanosos por conseguir el aplauso, la admiración de los intelectuales. Ante todo, ¿dónde están los intelectuales?" Y para redondear su tesis: "Y el público, el verdadero público del autor dramático, sí sabéis donde está: es el pueblo, que, como en todo, sobre el engaño ha de padecer la calumnia, para disculpa del engaño. En política, en teatro, en todo, cuantos engañan, embrutecen y explotan al pueblo; sobre engañarle, embrutecerle y explotarle, le calumnia: ¡El pueblo es así! ¡No merece otra cosa!"... Esta comedieta Su amante esposa es también, como cualquiera de sus piezas de sátira social, una "instantánea", un "flash" de la época a que corresponde, el meridiano de este siglo, pero su sistema dramático es el mismo. Han pasado los años sobre él, y él ha puesto siempre su signo sobre los años. Tiene razón quien dijo que como Verdi en la vida musical, ha sido Benavente autor que ha tenido su ventana abierta para todo nuevo día...

Tiene Su amante esposa un primer acto de larga exposición, pero el segundo, en casa de la "artista" Lucita Rosado, es magnífico de construcción, de situaciones traviesamente complicadas, y un tercer episodio de lógico desenlace, sentimental y hasta pueril para que Clara –María Tereza Montoya– se convierta, y para siempre, de esposa en amante, en amante esposa...

María Tereza Montoya hizo la amante esposa, Clara, con su sin par oficio de actriz. Lo hizo, y lo hizo bien, como corresponde a una gran actriz. Magda Haller creó un estupendo personaje animando la Clara. De ella puede decirse en justicia que sólo después de vientitantos años de profesión, de oficio o de carrera teatral –Magda nació como quien dice en escena, y hace más de treinta que actúa sin reposo– se puede vivir con naturalidad, rica en recursos, dueña de una amplia gama de matices, un personaje tan real, pintoresco y estrafalario como el de Lucita Rosado. A ella en gran parte se debió que hubiera ocho telones al final del segundo acto. Las dos matronas que representan a la sociedad madrileña tradicional fueron creadas por doña Prudencia Grifell y doña Micaela Castejón, y ambas dijeron muy bien sus partes. Alicia Montoya, en un papel episódico, difícil, se movió con desenvoltura. Nicolás Rodríguez estuvo en gran actor –qué larga carrera para dominar la difícil facilidad de moverse y actuar con naturalidad– en el papá Marcelo, y Fernando Mendoza en el borroso personaje del marido cumplió más allá de la discreción. Enrique Alonso hace un empleado de agencia de asuntos confidenciales con singular soltura, y Manuel Alonso mantuvo vertical su tipo de chulo ilustrado. La escenografía de Prieto nada más que modesta, y la dirección de Ricardo Mondragón –particularmente en el acto segundo– tan excelente, que no se nota, no se ve. Eso sucede con la luz natural: nos rodea y no la vemos.