FICHA TÉCNICA



Título obra Los intereses creados

Autoría Jacinto Benavente

Dirección Raúl Cardona

Elenco Leonor Llausás, Francisco Jambrina, Lucy Gallardo, Fanny Schiller, Emilia Carranza, Sergio Bustamante, Yerye Beirute, Armando Luján, Guillermo Álvarez Bianchi

Escenografía Magín Banda

Vestuario Berta Mendoza López

Espacios teatrales Teatro de Los Insurgentes

Productores Carlos M. Ortega y Pablo Prida

Notas Homenaje a Jacinto Benavente

Referencia Armando de Maria y Campos, “Reposición de Los intereses creados, en el gran teatro de Los Insurgentes, en temporada homenaje”, en Novedades, 4 septiembre 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Reposición de Los intereses creados, en el gran teatro de Los Insurgentes, en temporada homenaje

Armando de Maria y Campos

Otra temporada de homenaje a don Jacinto Benavente se ha inaugurado en el gran teatro de Los Insurgentes. Animan ésta los veteranos autores de género chico y revistas Pablo Prida y Carlos M. Ortega. Como María Tereza Montoya, se han visto obligados a recurrir a la ayuda económica de un grupo de hombres de empresa de la antigua colonia española residente en México. La temporada en el Ideal fue patrocinada por el licenciado Carlos Prieto, don Santiago Galas, don Marcos Ortiz, don Victoriano Olazábal, don Carlos Gómez, don Luis Diéner, don Moisés Cosío, don Santiago Arias, por las empresas Llantas Euskadi y Cervecería Modelo, y por dos mexicanos, el licenciado Aquiles Elorduy y don Miguel Macedo. Carlos M. Ortega y Pablo Prida rinden este homenaje a Benavente con el patrocinio de, nuevamente, don Carlos Prieto, don Santiago Galas y don Moisés Cosío, además de don Gabino Alvarez, don Manuel Ontañón, don José Marina y licenciado Carlos Colín. Todo ha de consignarse, porque todo, hasta el más modesto suceso de hoy, será historia mañana.

Antes de cada reposición hubo palabras de destacados hombres de letras. En el Ideal salió por delante de La malquerida, el catedrático español señor Arvizu, de paso por México; antes de representarse Cuando los hijos de Eva... habló el académico mexicano García Naranjo, y después de levantado el telón, pero antes de la primera escena de Su amante esposa, el licenciado Aquiles Elorduy echó su cuarto de espadas, para hablar un poco de Benavente y un mucho de él. En el teatro de Los Insurgentes dijo unas palabras Julio Jiménez Rueda, miembro correspondiente de la Academia de la Lengua, y ha sido lo suyo lo más maduro que con motivo de estos homenajes se ha dicho sobre Benavente. Situó a don Jacinto en el lugar que le corresponde dentro de la generación teatral universal a que perteneció, y dejó caer un juicio sobre su obra de excepcional frondosidad (recuerdo ahora que en 1914, Julio y yo hacíamos un periódico casi escolar, llamado El Estudiante, que Benavente, por algún motivo que no recuerdo, le escribió una carta, felicitándolo por sus primeras obras de teatro y estimulándolo a seguir. Julio mostraba jubiloso la epístola benaventina por los corredores de la Escuela Preparatoria, amable cárcel de nuestra encabritada juventud).

Ortega y Prida eligieron Los intereses creados, cumbre benaventina, y entregaron la dirección de la misma al joven Raúl Cardona, que no habría nacido cuando la compañía de Lola Membrives la presentó, en grande, en el Fábregas, en 1923, con la presencia de Benavente en la escena antes de que rompiera cortinas Ricardo Puga, el mismo Crispín que lo había creado, y dirigido la primera postura en el teatro Lara, de Madrid, el 9 de diciembre de 1907 (en México la estrenaron Ricardo Mutio –en el Crispín–, Lupe López del Castillo –en el Leandro– y Virginia Fábregas –en la Silvia–, en la Pascua de 1908. La última vez que fue representada en México, estuvo a cargo de Pepe Romeu –en el Crispín–, María Guerrero López –como Leandro– y María Díaz de Mendoza y Guerrero –como Silvia–. Dos actores españoles hicieron muy bien el Crispín en México: Miguel Muñoz y Julio Taboada, y también el excelente actor cubano José María Béjar. Hay que airear con algún motivo los recuerdos, para que tantos no pesen en la memoria).

Los intereses creados es obra cumbre de Benavente. Esto ni quien lo discuta. "Es una farsa guiñolesca –dice Crispín en el prólogo–, de asunto disparatado, sin realidad alguna. Pronto veréis cómo cuanto en ella sucede no puede suceder nunca, que sus personajes no son ni semejan hombres y mujeres, sino muñecos y fantoches de cartón y trapo, con groseros hilos, visibles a poca luz y al más corto de vista". Pero no hay que dejarse engañar, que no se trata de inútil bagatela; hay que ponerse en guardia, pues bien claro se advierte: "Son las mismas grotescas máscaras de aquella comedia del arte italiano, no tan regocijadas como solían, porque han meditado mucho en tanto tiempo". Luego, ya sabéis, tales vuelos alcanzan los enredos de Crispín y doña Sirena, las niñerías de Leandro y Silvia, la intervención del doctor –en leyes–, que se han incorporado a las que viven en la cima del Parnaso hispano. Las palabras de Crispín tendrán siempre el mismo hálito de perennidad que las coplas de Jorge Manrique: "Todos llevamos en nosotros un gran señor de altivos pensamientos, capaz de todo lo grande y de todo lo bello... Y, a su lado, el servidor humilde, el de ruines obras, el que ha de emplearse en las bajas acciones a que obliga la vida. Todo el arte está en separarlos de tal modo, que cuando caemos en alguna bajeza podamos decir siempre: no fue mía, no fui yo, fue mi criado". El mundo condensado en los personajes de guiñol. Cieno y cielo, fango y estrella. Bien alecciona que sea Crispín, el criado, el que cierre los sueños del señor con los versos:

¡Noche, poesía, locuras de amantes...!
¡Todo ha de servirnos en esta ocasión!
¡El triunfo es seguro! ¡Valor y adelante!
¿Quién podrá vencernos si es nuestro el amor?

La comedia de polichinelas de Benavente la concluye Silvia, con estas palabras: "Visteis, como en las farsas de la vida, que estos muñecos, como a los humanos, muévenlos corderillos groseros, que son los intereses, las pasioncillas, los engaños y todas las miserias de su condición... Pero... desciende a veces del cielo al corazón un hilo sutil, el hilo del amor, que, a los humanos, como a estos muñecos que semejan humanos, los hace parecer divinos, y trae a nuestra frente resplandores de aurora, y pone alas en nuestro corazón, y nos dice que no todo es farsa en la farsa, que hay algo en nuestra vida que es verdad y es eterno y que no puede acabar cuando la farsa acaba". Así la comedia dell'arte se convierte por magia benaventina en comedia humana, burla burlando la farsa.

En la versión de ahora las palabras de Silvia se le quitaron de la boca a la señorita Leonor Llausás –que no hubiera podido "decirlas" en jamás de los jamases– y las dijo Francisco Jambrina, el Crispín de esta ocasión, quien lo hizo apenas si discreto. Empezó el prólogo equivocándose, dijo: "He aquí el tinglado de la nueva farsa..." Y todos sabemos que es el de "la antigua farsa" de Colombina, Arlequín, Polichinela, de la commedia dell'arte italiana, en fin. No matizó lo que dijo; se limitó a decirlo de carretilla. También resultó gris el Leandro de la bella Lucy Gallardo, muy en su apellido luciendo el tonelete del siglo XVII. Fanny Schiller hizo una doña Sirena... horrenda. En mi vida recuerdo haber oído tono más falso, ampuloso e incongruente. La sorpresa la dieron los actores no profesionales: Emilia Carranza como Colombina, Sergio de Bustamante como Arlequín, Yerye Beirute como el doctor, Armando Luján como Pantalón y Alvarez Bianchi como el hostelero. Leonor Llausás, como Silvia, cumplió, sin lucir su inquietante belleza.

Se estrenó vestuario rico y propio, de Berta Mendoza López, y tres decoraciones magníficas y bellas de Magín Banda. La dirección escénica de Raúl Cardona estrenó el aire de ballet que no siempre es alma de las farsas.