FICHA TÉCNICA



Título obra Cuando los hijos de Eva no son los hijos de Adán

Autoría Jacinto Benavente

Dirección Ricardo Mondragón

Elenco María Teresa Montoya, Ricardo Mondragón, María Teresa Mondragón Montoya, Alicia Rodríguez Montoya, Maricruz Olivier, Prudencia Grifell, Nicolás Rodríguez, Manuel Santamaría, Felipe Navarro

Escenografía Julio Prieto

Grupos y compañías Compañía de María Tersa Montoya y Ricardo Mondragón

Espacios teatrales Teatro Ideal

Notas Homenaje póstumo a Jacinto Benavente

Referencia Armando de Maria y Campos, “Homenajes a Benavente. Cuando los hijos de Eva no son los hijos de Adán, por la Cía. Montoya”, en Novedades, 31 agosto 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Homenajes a Benavente. Cuando los hijos de Eva no son los hijos de Adán, por la Cía. Montoya

Armando de Maria y Campos

Se eligió como segunda obra para la temporada que en homenaje póstumo a Jacinto Benavente está desarrollando en el teatro Ideal la compañía de María Tereza Montoya y Ricardo Mondragón su comedia en tres actos Cuando los hijos de Eva no son los hijos de Adán, que el gran autor escribió a la medida de Rosario Pino y Emilio Thuillier, y que éstos estrenaron en Málaga, en las vísperas de la República (en México se representó por primera vez, simultáneamente en el teatro Fábregas de la capital, y en el de La Paz, de San Luis Potosí, por las compañías de Virginia Fábregas y de María Tereza Montoya, respectivamente, haciendo el personaje de Carlos Warner, Fernando Porredón –actor español– en México, y Ricardo Mondragón, en San Luis. Por repentina enfermedad de Porredón fue llamado a hacer el Warner –gran tipo masculino benaventino–, el también excelente actor español Julio Taboada. La joven actriz, entonces, Magda Haller, hizo en el Fábregas la Felícitas Warner, y es obvio decir que la protagonista, la cantante Ester, fue encarnada por doña Virginia y María Tereza).

El Carlos Warner de Ricardo Mondragón, hace casi dos décadas y media, fue un suceso. Nadie puso en duda entonces, cuando vino a representarlo en México, que hacía del personaje una creación. Por aquel año Ricardo, que ya llevaba en el teatro más de quince de trabajo diario y era primer actor por derecho propio, iniciaba su madurez artística definitiva. Quedó su Carlos Warner como una gran creación, y si lo hizo poco ha sido siempre en razón de que ésta no puede ser obra de repertorio de María Tereza, su mujer, y él siempre fue inclinado a sostener el repertorio de la Montoya, su primera actriz. Ahora lo hace con un dominio perfecto, quintaesenciado, de su arte de gran actor y director. Vive el personaje benaventino como tal vez muy pocos actores ahora podrían hacerlo. En España, por respeto a la memoria de Thuillier; en México, porque no los hay. El público que no sabe de politiquilla de bastidores, de mezquinos rencores teatrales, de simpatías y diferencias de quienes escriben sobre teatro en diarios y revistas, se conmovió con la sobria y profunda creación de Mondragón y lo ovacionó con calor, con entusiasmo, con reconocimiento, también. Como director se mantuvo Mondragón a la altura de su prestigio de siempre, que no es de ahora, que data de hace un cuarto de siglo lo menos.

La interpretación de Cuando los hijos de Eva no son los hijos de Adán resulta correcta. María Tereza compone muy bien su personaje, y las tres hijas de Carlos Warner –sobre las que se ceba la sentencia bíblica "las culpas de los padres caerán sobre los hijos", que provoca la rebelión de Warner–, fueron confiadas a María Teresa Mondragón Montoya –cuyos adelantos son palpables–; a Alicia Rodríguez Montoya y a Maricruz Olivier, que con la modesta y discreta creación de la hija Beatriz inicia, en serio, su carrera y profesión de actriz de teatro. Doña Prudencia Grifell bordó su vieja hebrea Miriam. Con el criado italiano Giacometto se incorporó a este conjunto el veterano y excelente actor Nicolás Rodríguez, y está a la altura de los mejores. Manuel Santamaría y Felipe Navarro –éste muy adelantado– completaron con excelente actuación el conjunto. La escenografía, de Julio Prieto, muy bella y con el carácter indispensable.

Las obras de Benavente que ahora repone la Montoya constituyen verdaderas sorpresas para las nuevas generaciones de espectadores. Y para los nuevos cronistas también, muchos de los cuales maduraron o aparecieron en épocas en que por causas no ignoradas Benavente se representaba poco en México. Para todos es útil el ciclo de homenajes a Benavente, a quien se le venía enjuiciando únicamente por sus últimas producciones. Al gran Benavente se le tenía un poco olvidado, injustamente arrinconado. Sol de la dramaturgia española, no se le puede mirar fijamente de frente, porque ciega. Lo malo es que muchos cierran los ojos, aprietan los párpados, y... no ven a Benavente.

Benavente fue combatido siempre por la crítica cerril. También después de muerto. No hizo caso de nada, ni de nadie, y sí trató de orientar a todos con reflexiones teóricas sobre la literatura dramática y su teatro. En cierta ocasión declaró: "Es la obra dramática en general, antes que obra de arte y cultura literaria, relacionada con el público, espectáculo; negocio industrial, relacionado con los empresarios teatrales. Es natural que a satisfacer estas dos exigencias atiendan los autores; para ello basta con atender a la satisfacción del público. Busca éste en el teatro, como espectáculo, el mayor recreo con la menor molestia posible, y si en lo material los teatros no ofrecen todas las comodidades que basten a compensar la falta o escasez de goces espirituales, ya es la primera desventaja para el autor tener que luchar con el asiento incómodo, la corriente de aire y la pesada atmósfera". Otra vez dijo: "Un teatro con buenos pintores escenógrafos, hábiles maquinistas, actrices guapas y modistas de gusto, puede vivir sin autores y casi sin actores...".

Conviene a los jóvenes autores, a los nuevos directores, a actores incipientes, escuchar al maestro de todo saber teatral que es Benavente: "El teatro es género literario y espectáculo al mismo tiempo. El autor dramático ha de interesar y conmover, o por lo menos, entretener al público, de esto no puede prescindir por ningún pretexto; pero usted habrá visto charlatanes de plazuela que, a punto a interesar, conmover, entretener y sacar los cuartos a su auditorio –es decir, conseguir el fin que se proponían–, pueden apostárselas con el orador más elocuente; sin embargo, nadie cita sus nombres al lado de los de Demóstenes, Cicerón y Bossuet".

Y esto más: "El público más interesado en los términos de un problema, al llegar la solución, si no es más conforme a su pensar y su sentir, protesta como un solo hombre. Si el autor, para evitar este peligro escamotea la solución, ajustándose a la realidad, que pocas veces ofrece soluciones generales y definitivas, el público también se llama a engaño; no se contenta con el trasteo lucido, quiere la estocada en corto y por derecho. De donde se deduce que en el teatro lo mejor de los problemas es no plantearlos, ni resolverlos, ni preocuparse por ellos, porque si el autor y el público están de acuerdo, no vale la pena de molestar, y si no lo están, por mucha razón que el autor tenga y mucho talento que malogre para sostenerla, no han de entenderse nunca".

Cuando los hijos de Eva no son los hijos de Adán, pertenece al grupo de obras que el propio Benavente definió como "teatro simbólico o psicológico". En la constante exposición de ideas e ininterrumpida interpretación de la vida, cuando Benavente quiso poner un velo sobre la sociedad común y corriente, forjó una sociedad simbólica que había de servirle para aumentar la grandeza de la acción, dotándola de misterioso desenvolvimiento. Para ello se refugió en lo cosmopolita o en lo exótico. Y creó obras de proyección universal, como Cuando los hijos de Eva no son los hijos de Adán.