FICHA TÉCNICA



Título obra Macbeth

Autoría William Shakespeare

Notas de autoría León Felipe / paráfrasis

Dirección Celestino Gorostiza

Elenco Isabela Corona, Ignacio López Tarso, Ricardo Fuentes, Víctor Velázquez, Raúl Ramírez, Diana de Mendoza, Ángeles Marrufo, Socorro Avelar

Escenografía Julio Prieto

Referencia Armando de Maria y Campos, “Macbeth, de León Felipe y Shakespeare, es un gran espectáculo bien interpretado. IV”, en Novedades, 22 agosto 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Macbeth, de León Felipe y Shakespeare, es un gran espectáculo bien interpretado. IV

Armando de Maria y Campos

Parafraste se llama a quien hace paráfrasis. La aclaración es pertinente, porque en crónica anterior expuse una definición de paráfrasis y también decía cómo se llamaba quien parafrasea; y el término extrañó al compañero linotipista –o, tal vez, al camarada corrector– y apareció palabra rara. Quedamos en que parafraste se llama a quien hace oficialmente paráfrasis. En lenguaje llano teatrófilo, un poco ambiguo, se llama a quien hace estos trabajos, adaptador. Se dice: obra adaptada de tal otra; o bien, "arreglada", o bien "acomodada" de tal idioma a este otro. También se dice simplemente: "obra inspirada en la de fulano de tal", y con esto el antiguo paráfraste tenía libertad concedida de antemano para hacer lo que le viniera en gana. Finalmente, cuando una traducción, o cosa así, se hace sin responsabilidad, cortando aquí, aumentando allá, cambiando situaciones, suprimiendo o inventando personajes, se anuncia como "arreglo"; pieza en tantos actos, de fulano de tal, "arreglada a nuestro teatro por perengano de tal". Finalmente, hay también las "adoptaciones", aunque no es frecuente que se confiesen estas adopciones...

Mejor que un parafraste poeta, León Felipe es un magnífico poeta recreador. León Felipe re-crea, y recrea con sus magníficas versiones de poetas ingleses. Su mejor re-creación tengo para mí que es No quemen a la dama de Fry. Muchos saben que Fry rechazó como traducción fiel, versión de su obra, la re-creación de León Felipe; en cambio aseguró a quienes se la hicieron conocer, que le parecía excelente como obra de León Felipe. Reciente el caso de la versión de León Felipe de la pieza que sobre un cuento milenio escribió Shakespeare; no hace falta insistir en todo lo personal que puso León Felipe en su versión, tan personal, que si el propio Shakespeare pudiera haberla visto, de seguro que no la tendría por originalmente suya. Ahora León Felipe presenta su Macbeth, que tanto recuerda a la genial de Shakespeare.

No se vea en esta idea nada deprimente, malévolo o doloso para el gran poeta. Al contrario, decir que Macbeth, de León Felipe, sigue en mucho a la conocida de Shakespeare, será siempre un elogio para quien la ha puesto en bellos, heroicos, a veces epopéyicos versos libres castellanos. Cambió, cortó, redujo pasajes, escenas y aun actos del original (naturalmente en inglés) shakesperiano, a cambio de hacer más frondosos pasajes, escenas y aun actos.

La inspiración leonfelipiana corre caudalosa, olas y olas de asonantes; brota en cascadas de la garganta deMacbeth, se eleva en géiseres de metáforas, se transforma en fuentes, se convierte en hilos de arroyuelos –ritmos, rimas libres–, arrinconando al inglés en el simbólico peñón gibraltárico de la edición clásica. León Felipe se apodera de la atención del espectador... hasta lo fatiga, lo hunde y ahoga en el mar embravecido de su lírica personal.

Macbeth, y su ambiciosa lady, precisan de grandes escenarios, como grande es su tragedia. Sólo la impaciencia del curioso principiante disculpa la audacia de llevarla al foro de bolsillo de un teatro experimental. Así fue representada por primera vez en México –como drama, que yo sepa– en 1933, por los aficionados que integraban el grupo llamado Orientación. El curioso principiante que hace veintiún años era Celestino Gorostiza, ha cuajado en un director sereno, responsable, de probidad artística reconocida, y su segunda dirección de Macbeth, contando con un gran escenario, un escenario giratorio; un gran artista escenógrafo y notables intérpretes, nada tiene que ver con aquella titubeante de 1931 para la que Agustín Lazo pintó decoraciones elementales. Gorostiza ha sabido aprovechar cuanto tiene a su alcance y bajo su mando, y venciendo el peligro del relativamente reducido escenario giratorio, que a cambio de cierta instantaneidad en las mutaciones, orilla a los riesgos del azar circense, salió avante, y más son los aciertos que hay que abonarle, que las fallas que cargar a su cuenta. Se nota en la dirección las características de Gorostiza: lentitud, inseguridad e indecisión, tibieza no obstante que los actores prodigan el grito heroico, todo ello atado con el hilo de su fina, educada sensibilidad de hombre enterado de todo cuando al teatro concierne.

La interpretación –el reparto es nutrido– llena de luces y sombras, explicable si se tiene en cuenta el material disponible: una actriz profesional; media docena de actores semiprofesionales, y una miscelánea de alumnos de la Escuela Dramática del INBA y elementos de diversos grupos, del cine, la radio y la televisión. Hablando de luces, la de Isabela Corona brilla con fulgor propio. Le empequeñecieron el personaje, y ella tuvo que reducirse. Sin lograr ninguna creación, se mantiene vertical, experimentada, matizante. Su vivo fulgor –o actuación muy personal– luce aparte del resto, como lucero solitario. Brilla también de modo personal, con trémulo cabrilleo de meteoro, el joven actor Ignacio López Tarso, al parecer especializado en teatro en verso, en el que seguramente llegará a cumbres muy altas. Voz, figura, ademán y temperamento, López Tarso logra un Macbeth delirante, muy teatral, y justifica siempre su presencia en escena por su habilidad para alcanzar los registros altos, antesala del latiguillo, que recibe el público con sorpresa como un trallazo en la cara. Del resto, destacan el buen actor Ricardo Fuentes y, en seguida, Víctor Velázquez y Raúl Ramírez. Las brujas –Diana de Mendoza, Ángeles Marrufo, Socorro Avelar–, aunque demasiado brujas de tradición, es decir, de guardarropa teatral, dicen bien sus partes, y logran impresionar al "buen burgués"– ¿no sería mejor decir: al cándido obrero?– con sus idas y venidas de hechiceras traviesas, y sus voces profundas, cavernosas, muy propias de hechiceras hechas para asustar a los niños que no ven la televisión. (¿No se ha dicho por ahí que el público de teatro es como un niño?).

La escenografía es de Julio Prieto, excelente; pero al servicio del gran crédito de Julio Prieto. Es de las que llaman "funcional", es decir, que puede caminar conforme avanza –o camina– la acción. El uso del escenario giratorio, que tan bien conoce Prieto, resuelto con precisión y espectacularidad. Y es que en Prieto no sólo hay un gran artista escenógrafo, también un notable arquitecto. En la fusión de ambas capacidades radica su éxito. Así lo ha probado en Macbeth.

La obra está ricamente montada, aunque un poco arbitrariamente en cuanto a suntuosidad. Sin embargo, impresiona por la fuerza de su originalidad y colorido.

El buen público debe ver el gran experimento teatral que es Macbeth según la adaptación al teatro poético en castellano de León Felipe y por actores "meros" del país.