FICHA TÉCNICA



Título obra El hechicero

Autoría Carlos Solórzano

Dirección Charles Rooner

Elenco Virgina Manzano, José Luiz Jiménez, Norma Acosta

Escenografía Miguel Prieto

Espacios teatrales Sala Teatro del Seguro Social

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de El hechicero de Carlos Solórzano, en la sala teatro del Seguro Social”, en Novedades, 31 julio 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de El hechicero de Carlos Solórzano, en la sala teatro del Seguro Social

Armando de Maria y Campos

Con El hechicero –drama poético– de Carlos Solórzano ha ocurrido algo que no es frecuente en las representaciones teatrales: que de la noche a la mañana –de una representación a otra– se cambie totalmente el tono de la interpretación, de la representación toda. No tuve la fortuna de estar presente durante la primera representación, que se caracterizó por su auditorio "de sociedad", calificado de "apretadísimo" en materia teatral, y no vi la primera interpretación que los actores seleccionados por Charles Rooner le dieron a la segunda pieza de Solórzano, largamente preparada con dos meses de agotadores ensayos. Al día siguiente la interpretación –no la postura escénica– fue cambiada totalmente. Me tendré que referir a otro Hechicero, totalmente al que vio el público "prueba" de la primera noche, y al que comentó una crítica fría, adversa a priori, prevenida, parcial e injusta.

Conocí El hechicero en lectura privada, en "circuito cerrado" se dice ahora, para amigos de Solórzano. Me gustó mucho. Es la escenificación de un viejo mito –el del hallazgo de la piedra filosofal, clave de la riqueza material que puede darlo todo–; planteado con altura de imaginación, escrito con belleza y pulcritud, dialogado con naturalidad y esmaltado con figuras –metáforas– de poeta maduro y consciente; bien llevada la acción en tono dramático que a veces bordea lo heroico, siempre poético, como que la acción está situada en un drama de las ambiciones y de las almas en el tenebroso, casi irreal clima del medioevo. ¿Qué actores del momento, cuajados y flexibles a la vez, maduros, aceptarían la responsabilidad de crear este drama tan fuera de los gustos frívolos y curiosos del momento? Virginia Manzano y José Luis Jiménez, sí podrán con los personajes protagonistas. Pero ¿no sería aventurado elegir el resto de entre aficionados inmadurados, en busca siempre de la revelación del momento? A causa de esto último se debió el cambio súbito de interpretación, y porque la protagonista, Virginia Manzano llevada por su temperamento tempestuoso y a veces incontrolable, estuvo más en "Margarita la Tornera" que en Casilda, la mujer del mago Merlín, confundiendo esa "pequeña ciudad sojuzgada, en los comienzos de esta Edad Media que aún no ha terminado" –escenario de la acción– con La torre de Nesle, grata a los públicos que todavía gustan del melodrama ramplón. José Luis Jiménez –en el mago Merlín– se mostró excelente de dicción y se mantuvo, y se mantiene, "al pairo", y por esto se conserva en vertical discreción. El resto del reparto, buceado entre alumnos que no han dejado de serlo, le resta clima profesional a la representación de una obra que resultará distante en absoluto, y se le oirá y entenderá mejor no en lo que el diálogo tiene de externo, sino su música interna, que es como el rumor que corre bajo el agua, percibible sólo al fino escucha, cuando sea interpretada por actores que se sepan por igual sus personajes por fuera que... por dentro. (En la señorita Norma Acosta hay en botón, aún muy apretado, de una promesa de flor magnífica).

Carlos Solórzano pudo

...dar a una acción sola
la debida extensión y el propio enlace,
sin que desnuda y lánguida aparezca
ni en su oscuro artificio se embarace

El hechicero es un drama ambicioso, cumplido, acabado en el papel, tal vez frustrado en la escena. Pero esto último tiene remedio. Como espectáculo está admirablemente resuelto en esencia y en espíritu, principalmente por el pintor escenógrafo Miguel Prieto, poeta de la escenografía que tiene mucho de Merlín cuando maneja las luces, como son el maquillaje de la acción dramática, y que él resuelve siempre como pocos. El director Charles Rooner creó un movimiento que oscila entre la confusión y la claridad. Se ve demasiado su dirección y se advierte su ambición de darle a la obra un tono entre lírico y patético, que subraye el alimento dramático que en sí alienta el mensaje de fe y esperanza que contiene esta obra clásica por los cuatro costados y que no se conforma con divertir, que lleva a pensar, y que conmueve y angustia al arribar –autor y espectador– a la metáfora final.

Solórzano merece cálidos y sinceros parabienes para su ambición –no frustrada– de responsable que aspira a que sus obras queden, y por su valor por atacar de frente, esclavo de preceptos clásicos, un teatro de elevación del espíritu, eligiendo temas que por ser eternos parecen eruditos, siendo en realidad populares, porque el de la Esperanza, corre fluido y eterno, por el río de la vida que es el morir, sobre cauces nutridos con el dolor y la resignación de todas las clases sociales sin excepción.

Yo vengo a felicitarlo por su ambicioso propósito de hacer volver el teatro a sus formas clásicas, y para ejemplo y estímulo de nuevos autores, recuerdo, en honor de Solórzano, y porque se ajusta a su modo de hacer en El hechicero, lo que el clásico recete para hacer teatro verdadero:

En su rápido curso la acción misma
su origen y su objeto desenvuelva;
su propia senda allane,
y veloz, impaciente,
por llegar a su término se afane.
De uno en otro incidente,
lleve, arrebate, al ánimo suspenso;
los riesgos, los obstáculos, la lucha,
el contraste presente,
cubran el porvenir de un velo denso,
y de escena en escena,
con oculto artificio preparada,
la funesta catástrofe sorprenda
rápida, singular, inesperada...

Como ocurre en El hechicero, dicho sea con honrada, leal y sincera, entera verdad.