FICHA TÉCNICA



Título obra La sed

Autoría Henri Gustav Charles Bernstein y Sieligman

Dirección Pedro López Lagar

Elenco Pedro López Lagar, Ernesto Alonso

Escenografía Julio Prieto

Referencia Armando de Maria y Campos, “La sed, de Bernstein, por Pedro López Lagar”, en Novedades, 8 julio 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La sed, de Bernstein, por Pedro López Lagar

Armando de Maria y Campos

Los temas son eternos en la vida y periódicos en el teatro. No debería ser así, pero así es. El espejo del mundo sigue ofreciendo siempre los mismos dramas y la escena los recoge por épocas, dando, según la actualidad palpitante, o los gustos que imperan, preferencias a unos o a otros. El sufrimiento es eterno, mas el reflejo en el teatro de cada una de sus facetas, de cada una de sus muecas de dolor, responde a modas, como tales, transitorias y apasionadas. Pronto hará cien años que Henri Becque estrenó La Parisienne y con ella puso de moda la quintaesencia del adulterio. Con La parisiense se puso de moda el naturalismo dramático. Fue después Jorge Porto-Riche (1891) quien se erigió en defensor de la mujer, primero, y luego quien puso de moda en el teatro la líbido, o el teatro de amor. Porto-Riche incorporaba con Amoureuse al drama pasional el factor de los instintos sexuales.

Maurice Donnay es el escéptico sentimental, en tanto que Henri Lavedan es el satírico del amor. El espejo del mundo sigue ofreciendo siempre los mismos dramas y la escena los recoge por épocas, según la actualidad palpitante. Alfred Capus y Pierre Wolff en sus dramas o comedias toman en sus manos el espejo y recogen en el cuanto pasa a su alrededor para llevarlo a la escena, según la moda amorosa. Lo mismo hacen en el mundo del vaudeville, en el que el adulterio o la líbido hallan regocijadas interpretaciones, Robert de Flers, Armand de Caillavet, Francis de Croisset o Georges Feydeau. Aparece (1894) Henri Bataille y trae al teatro el drama de ideas o la mala pasión. De estos autores, jóvenes en 1900, se dijo que "invitan al espectador a situarse en la escena y a participar del drama, a dejarse llevar por la vorágine del tropezón pasional y las agitadas casualidades que entrelazan la trama. Y el espectador deja de lado la reflexión para abrazar esa `intimidad', con las dramatis personae. La barrera de la `batería' desaparece, precisamente, no por obra de la naturalidad, sino por fuerza del artificio".

Entonces, adviene al teatro Henri Bernstein (1876-1952), estrena Le détour (1902) y se revela desde luego como un discípulo de Scribe, fundador del gremio de los mecánicos de la escena. Los críticos jóvenes se afiliaron a la escuela de Bernstein y aseguraron que la "situación" vuelve a imperar en los escenarios y que Sardou tiene tiempo, antes de morir, de ver la renovada fortaleza de su "reloj" dramático.

El teatro de Bernstein produjo en mi niñez teatral un impacto formidable. Una de las primeras obras que vi representar fue El ladrón, a Virginia Fábregas y a Pancho Cardona. Sería por 1905. El poderoso latido escénico que se manifiesta en las obras de Bernstein estrujó como una garra mi corazón de intuitivo aficionado al teatro. Recuerdo los títulos de las obras de Bernstein que vi en mi adolescencia con el mismo estremecimiento de aquellos años: La ráfaga, La garra, Sansón, Después de mí, El asalto, El secreto, La evolución, Félix, El veneno, Melo, Esperanza, La felicidad...; evoco las lecturas de El corazón, El mensajero, Víctor y Evangelina; veintinueve comedias anteriores a Le soif, La sed, que ha llevado a escena Pedro López Lagar, como director y protagonista, en la sala 5 de Diciembre, el 25 de junio último.

La obra de Bernstein forma un capítulo de excepción en el teatro francés contemporáneo y surtió, en un período de apogeo que duró un cuarto de siglo, de piezas magníficas los mejores escenarios de París, con el doble éxito de la emoción y las taquillas. Un periódico norteamericano dijo a raíz de su muerte, que las ganancias del gran dramaturgo pueden calcularse en más de 12 millones de dólares. Tres o cuatro obras simultáneas en la cartelera de París y un chorro de dólares ininterrumpido ponen fuera de duda el éxito de este gran comediógrafo de origen judío, que nació rico, hijo de un banquero polaco y de una norteamericana, hija de banquero. Bernstein trajo la moda del "teatro de inquietud", pero supo evolucionar, siempre dándole gusto al público, y se nota gran diferencia entre sus primeras y últimas obras. El que con Bataille había sostenido una moda teatral que duró un cuarto de siglo tenía que aparecer como procedente de otro mundo en la nueva hora que sonaba para Giraudoux, Cocteau, Anouilh, Montherlant y, en particular, Sartre. Lo que había ganado de dominio y exactitud en la técnica lo perdía frente a las innovaciones, audacias y malabarismos ideológicos de los nuevos. "Si queremos obras de tendencias nuevas –dice una afortunada sentencia– busquémoslas en los autores auténticamente nuevos".

La sed es una magnífica pieza de teatro que recoge uno de los temas eternos en la vida y periódicos en el teatro. El triángulo, la mujer que se da a dos hombres, el amigo que arrebata la mujer al amigo. Un poco Bécque y otro poco Porto-Riche, el que trajo la líbido al teatro; ahora, según los gustos que imperan, La sed. Recoge unas palabras recientes de Bernstein: "Lo que vale es el pensamiento de quienes nos escuchan, son los ensueños sugeridos por nuestros personajes, por las palabras o por los silencios, que hemos imaginado". El maestro que en sus últimos años observaba la vida y escuchaba a los jóvenes, dio a éstos un lección de gimnasia teatral con la última obra que llevó a escena, La sed, que estas noches sacude a los espectadores de México interpretada soberbiamente por el gran actor madrileño Pedro López Lagar. Sumergido en un mar de recuerdos y gozando con la matemática construcción de tan bella comedia y la exactitud de sus diálogos, gocé profundamente como espectador que empezó a ver teatro en obras de Henri Gustave Charles Bernstein y Sieligman, que éste fue su nombre completo, deseando vivamente que nuestros jóvenes autores lleguen a escribir, después de treinta años de ejercicio, una comedia tan bien construida y tan diáfana en la líbido como esta que viven ahogados por "la sed" sexual, Pedro, Magdalena y Claudio, los tres vértices de una pasión a lo Bécque o Porto-Riche que Bernstein llevó a la escena en sus últimos años de autor.

Pedro López Lagar logra una extraordinaria creación de gran actor del protagonista de La sed. Se ha abusado tanto de la dignidad del adjetivo, que temo ahora que los que con justeza aplico a López Lagar resulten manidos o intrascendentes. López Lagar siente, vive y representa un personaje como gran actor, y no un personaje insustancial, que nunca los compuso Bernstein. Su triunfo para el público que sabe ver teatro debe satisfacerle. Silvia Pinal, encantadora, justifica plenamente con su presencia la doble sed que despierta en el pintor y el médico, y describe muy bien la que a ella misma como Magdalena seca y sofoca. Ernesto Alonso, fundamentalmente actor de cine, está discreto. La dirección de López Lagar es sobria y respetuosa. La escenografía de Julio Prieto, de buen gusto, sirve con propiedad a la obra.