FICHA TÉCNICA



Título obra La torre sobre el gallinero

Autoría Vittorio Calvino

Elenco Pedro LÛpez Lagar, Andrea Palma, Emilio Brillas, Consuelo Monteagudo, Rafael Banquells, Beatriz Saavedra, Antonio Pasy, Alfonso CastaÒo, Arturo Soto Rangel

Escenografía Antonio Gago

Música Jacinto Guerrero

Espacios teatrales Sala 5 de diciembre

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de La torre sobre el gallinero de Vittorio Calvino, en la sala Cinco de Diciembre”, en Novedades, 12 mayo 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de La torre sobre el gallinero de Vittorio Calvino, en la sala Cinco de Diciembre

Armando de Maria y Campos

Causó desconcierto entre el público "estrenista", y aun entre los críticos y cronistas de la materia, la primera representación de La torre sobre el gallinero pieza original de Vittorio Calvino, el 30 de abril último en la sala Cinco de Diciembre –antiguo auditorio de la Federación de Trabajadores al Servicio del Estado, convertido en teatrino, para decirlo de una vez y restarle ínfulas de teatro–. Quién calificó esta pieza de comedia, quién de farsa, y nadie acertó a ver en ella el grottesco moderno de que es gallarda muestra.

Diré algo sobre el grottesco, género genuinamente italiano, porque esto ayudará a comprender la composición de esta obra y la intención de su autor. G. Vasari, en su Introducción al arte de la pintura, dice que "los grottescos son una especie de pinturas licenciosas y muy ridículas que hacían los antiguos para adornar los huecos allá donde no quedan bien más que cosas en alto, por lo que representaban en ellos toda clase de monstruos, ya por caprichos de la naturaleza, ya por la fantasía de los artífices, los cuales hacen cosas fuera de toda regla como sujetar de un hilo finísimo un peso que no puede soportar, poner a un caballo patas en forma de hojas y a un hombre patas de grulla e infinitos caprichos y disparates, y el que más extrañamente los imaginaba, ese era tenido por más hábil".

La iniciación del "teatro del grottesco", según Walter Starkie, fue atribuida a Luigi Chiarelli, un joven dramaturgo que en 1916 estrenó, entre el entusiasmo general, La máscara y el rostro, escrita en 1914. Chiarelli, en lugar de llamar a su obra comedia o tragedia, la llamó "grottesco", y el nombre obtuvo el favor del público, hasta acabar aplicándose indistintamente. Derivada de "grotta" (gruta), la palabra designaba un dibujo extraño para adornar los espacios donde no hubiera resultado poner una pintura de mayor regularidad. En la cita de Vasari se advierte que la palabra en cuestión encerraba algo exagerado o bufonesco; así, pues, ningún título más adecuado que éste para las extrañas producciones que han pululado por los escenarios de Italia desde que se representó la obra de Chiarelli: visiones, apólogos, aventuras llenas de color e inverosímiles –como la de un modesto contador italiano que construye una torre en el último piso de su casa, sobre el gallinero para llegar a Dios, y éste, ahorrándole trabajo, baja a visitarlo a su modesta mansión–; fantasías, parábolas, toda clase de dramas íntimos a excepción de la tragedia o de la comedia clásica, construidas con arreglo a los cánones. La palabra grottesco no sólo conviene a los títulos y forma de estas obras, sino también al espíritu y al humor de las mismas. Acompáñeme el lector a hacer un breve recorrido por los más característicos "grottescos", desde Chiarelli hasta Calvino, pasando por Pirandello, en quien el género alcanzó fulgores zenitales.

La máscara y el rostro se estrena en 1916, en Italia, y su éxito triunfal en Londres, en toda Inglaterra y en los Estados Unidos hace a esta obra acreedora a todos los respetos y constituye uno de los ejemplos más brillantes del "teatro grottesco". De 1917 data La escala de seda, del propio Chiarelli, quien acierta nuevamente con La muerte de los amantes, con Lágrimas y estrellas, con Quimeras y con Fuegos artificiales, estrenadas entre 1918 y 1923. Luigi Antonelli hace también grottescos, y en 1918 estrena El hombre que se encontró a sí mismo y, después, La fábula de los tres magos. En seguida Ernesto Cavacchioli intenta el "grottesco" con La danza del vientre (1920), El ave del paraíso (1919), que recuerda La vida del hombre, de Andreiev, que estrenada en 1906 podría considerarse como un antecedente ruso de los grottescos italianos. Rosso di San Secondo es quien imprime mayor poesía a la escuela "grottesca". Su pieza Marionetas, ¡qué pasión!, le cubrió de fama, sobre la que se levantaron los éxitos de La bella durmiente (1919) y La roca y los monumentos (1923). A esta altura del "grottesco" aparece Luigi Pirandello, para erigirse en el maestro de los grottescos. Algo de grottesco tiene la deliciosa y conmovedora pieza The passing of the third floor back, de Jerome K. Jerome, ilustre novelista y dramaturgo inglés, que con el nombre de Yo soy el camino, estrenó Ernesto Vilches en México, en 1949, y que este año la puso en onda, durante su telecomedia, la compañía de Manolo Fábregas. El protagonista de la pieza de Jerome es, como en el grottesco de Calvino, Él, que llega a una casa de huéspedes en misión de paz y de amor.

En Italia el grottesco de Calvino alcanzó gran éxito. El Instituto Italiano, de Madrid, la representó en su lengua en mayo de 1951. No sé que se haya representado en otra parte hasta ahora que protagonizada por Pedro López Lagar ha constituido un gran éxito para el autor y los intérpretes. La torre en el gallinero es un grottesco equilibrado entre la ternura y la crueldad, la gravedad y el humor, la realidad y la fantasía. Un ansia del hombre de elevarse a Dios, perturba la vida de un pobre contador, jefe de una familia de la clase media, y le lleva a verle y oírle; lo confiesa con la mayor sencillez. Nadie le cree, y si acaso se le abre crédito, en el supuesto de que la repetida Aparición pueda comercializarse. Una aventura de la imaginación tan honda y trascendental, es tratada por Calvino en un tono menor de grottesco humor. La luz de lo sobrenatural no llega a traspasar las sombras de la maldad, de la ignorancia, del temor al ridículo, y el buen hombre que ha visto a Dios, porque se dignó bajar hasta él, que ha hablado con Él, se resigna a confesar que no ha visto nada, que no ha oído nada. Situación grotesca de auténtico grottesco.

La pieza abunda en tipos grotescos, no obstante la humanidad de muchos de ellos, la ternura de casi todos. Pedro López Lagar está eminente en el protagonista de Andrés, cumbre y verdad de una sólida carrera con entrega absoluta de alma y cuerpo. Exhibe una riqueza de matices sencillos que van desde las lágrimas hasta el ridículo, cruzando por la lástima. El es toda la obra, y sin su magnífica creación nada valdría la excelencia del resto. Excelencia he dicho, y es verdad. Todos están excelentes, a mi modo de ver en este orden: Andrea Palma, Emilio Brillas, Consuelo Monteagudo, Rafaelito Banquells, Beatriz Saavedra, Antonio Passy, Alfonso Castaño, Arturo Soto Rangel, etcétera, etcétera.

La escenografía de Antonio Gago sirve muy bien al clima de una pequeña ciudad italiana.