FICHA TÉCNICA



Título obra The living room

Autoría Graham Greene

Productores INBA

Notas Comentarios sobre la obra The Living Room

Referencia Armando de Maria y Campos, “Quién es Graham Greene y qué es The living room”, en Novedades, 11 marzo 1954.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Quién es Graham Greene y qué es The living room

Armando de Maria y Campos

En vísperas de representarse en uno de nuestros escenarios la pieza The living room del nuevo autor de teatro Graham Greene, sigo mi costumbre de presentar a mis lectores al nuevo autor y de decir algunas palabras sobre la primera obra que de él conoceremos, por cierto uno de los acontecimientos teatrales del año de 1953 que más ha interesado a los públicos de Europa.*

Graham Greene, escritor inglés, nació en 1904 en Beckhampstead, Hertfordshire. Estudió en Oxford, en el colegio Balliol. Periodista en su primera vocación, su nombre apareció en The Times y Spectator. Tiempo habrá de hablar de él como novelista; ahora me limito a recoger en esta columna aspectos del suceso de la temporada 1953 en Londres: The living room, pieza en dos actos estrenada el 16 de abril de 1953 en Wyndham Theatre. A la fecha se representa en Madrid y en Buenos Aires.

Se trata de la primera obra teatral del buen novelista, al menos de la primera suya que ha pasado de las musas al escenario. No se dirá que el play (¿drama o tragedia?) de Graham Greene no viene provisto de todas las armas para conquistar el corazón de las multitudes: el problema del bien y del mal montado sobre un adulterio, con fuertes dosis de sexología, muchas discusiones de orden ético, el catolicismo siempre como testigo y un suicidio cuando menos se sospecha. Éxito, pues, de público garantizado. Éxito de crítica, rotundo completamente, si bien con algunos reparos, pero todos leves. El Catholic Herald, semanario que echó las campanas al vuelo dijo era lástima que los sacerdotes no pudieran ir a ver The living room para que meditaran cómo habrían reaccionado, qué habrían dicho colocados en el caso del padre Browne, uno de los personajes del drama. El Sunday Times (crítico, Lambert) califico The living room de "extraordinaria primera obra y –según el standard de hoy– magnífica"; el Observer (Ivor Brown) afirmó había en el drama de Greene "serias discusiones conducidas con tanta inteligencia como poder comunicativo"; el Telegraph (Darlington) subrayó se trataba "de un fuerte y subyugador conflicto dramático"; el Manchester Guardian (Hope Wallace), después de elogiar la obra destacó la labor de Eric Portman, el gran actor que encarnó el sacerdote. Otros periódicos de Londres (el Daily Express, el Evening Standard, etc.) se produjeron en el mismo diapasón de elogios.

Descorramos la cortina y veamos qué pasa. Una joven muy joven, educada en un colegio religioso queda huérfana y va a vivir con sus tíos. Son sus tíos, un tío y dos tías, los tres hermanos. El tío es un viejo sacerdote que lleva ya veinte años inválido en una silla, de resultas de la penúltima gran guerra. Su espíritu se halla por ello muy apocado, muy apagado. Las tías son de dos clases: la más joven, ya de cierta edad, es una mujer mandona y una suerte de Doña Perfecta galdosiana, pero supersticiosa hasta un punto que nunca lo fue Doña Perfecta: la otra es un alma simple, completamente dominada por la primera. A este hogar católico, donde abundan las demenciales manías y donde el ambiente se enrancia penosamente en el living room (una de las pocas habitaciones de la casa que queda abierta, pues casi todas las demás del inmueble, por superstición de Doña Perfecta, se fueron cerrando a medida que fueron muriendo en ellas otros miembros de la familia), viene la joven y bella huérfana, Miss Rose Peberton. ¡Ah! Pero Rose ya viene enamorada. Enamorada apasionadamente de su albacea testamentario, un profesor de psicología que le lleva veinticinco años, casado, racionalista. la menor de las tías, con su fino olfato, percibe en seguida el entendimiento de su sobrina con aquel hombre. De todos modos, ni esa muy religiosa tía, ni este hogar católico en general, ni la educación católica que recibiera Rose constituyen un obstáculo para ésta, pues Rose, con aquella inconsciencia de que nos habla Shakespeare (love is too young to know what conscience is), ve las cosas de manera muy simple: ella ama a él, al profesor de psicología; él ama a ella; pero lo natural es que se vayan los dos a vivir juntos y asunto concluido, la dificultad, el drama o la tragedia comienza precisamente en el corazón del profesor de psicología. Aunque el profesor ama a la joven apasionadamente y desea con ardor vivir con ella, e incluso llega a fijar día –pasado mañana– para la escapada definitiva, tampoco puede olvidarse de su mujer, con quien nunca se ha llevado como Dios manda, con quien hace años no tiene ya contacto espiritual ni del otro, pero de quien teme que el abandono y la soledad pudieran conducirle al suicidio. Por consiguiente, desde que se alza el telón del primer acto, el amante parece titubear entre el amor y el deber, o entre el amor y la compasión, así un Hamlet de vía estrecha; ella, en cambio, la huérfana enamorada, es todo decisión, simplicidad y optimismo. Pero este optimismo no dura más que un acto, o más exactamente dos cuadros. Al fin Rose percibe los hilos invisibles que unen a su amante con su mujer barrunta también que no puede asentar su felicidad sobre la desgracia de otros, y, a mayor abundamiento, ha visto a la mujer de su amante y ha sentido por ella pena y remordimiento. ¿Qué hacer? ¿Qué solución puede tener su amor, su amor que es su vida? Entonces Rose acude a la religión, a su tío el cura. Pide a su tío consejo, le pide le señale la ruta a seguir y le diga la palabra balsámica. Por desgracia, el padre Browne, apagado por tantos años de inmovilidad en una silla, casi no tiene voz en ese crítico momento, y sólo se le ocurre proferir esta palabra: "¡Reza!" Quiere decirse que la joven queda abandonada a su corazón, a su desesperación. Tan grande en ésta que, sin tener ya fe, como le ha dicho en un desplante a su tío, Rose implora a Dios al caer el telón del penúltimo cuadro. Cuando de nuevo se descorre la cortina nos enteramos de lo sucedido después: Rose se ha suicidado.

Reservo la crítica para dentro de unos días, después del estreno de Un cuarto para vivir –mala traducción del título, desde luego– en la nueva salita teatral de Lucerna y Lisboa.


Notas

* La crónica de la puesta en escena a que se refiere se publicó el 23 de marzo de 1954.