FICHA TÉCNICA



Notas ContinuaciÛn de los comentarios del autor como espectador del circo con motivo de la presentaciÛn del Circo Atayde

Referencia Armando de Maria y Campos, “Angustia y júbilo del espectador de silla de circo. II”, en Novedades, 8 enero 1954.




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Novedades

Columna El Teatro

Angustia y júbilo del espectador de silla de circo

Armando de Maria y Campos

El espectador de circo sufre mucho por sí y por aquellos que no sufren. El necesita volver al artista toda esta suerte de compensación y pone una mirada más emocionante cuando alguien ha dicho en voz alta una patochada, y se simula interesado ante el ejercicio difícil que algún espectador próximo no considera en toda su gravedad. Hay un móvil de responsabilidad en todo esto y bien lo significa así esas miradas despreciativas que los buenos espectadores echan sobre los otros concurrentes indiferentes o "incultos".

Los padres son, aquí en el circo, cuando se tienen que presentar más en una perfecta conformidad con sus hijos pequeños. Es una adhesión extraordinaria las que les exigen en tal lugar, riendo bondadosamente aun cuando sus hijos les destrocen ridículamente con palabras incoherentes pronunciadas con la máxima sonoridad.

¡Es enternecedor este intento de compenetración! Un chiste lo acaba de reír primero el padre, que después mira a sus hijos buscándoles su risa. Se la devuelven, sin explicación, en prueba de confianza.

Por todo se pasa, menos por los caballos. Es el error de comprar sillas de pista, exploradores demasiado atrevidos que pagan a mayor precio sus mismas desdichas. La estampa del caballo de circo es hermosísima. Pero inquieta muy de cerca su caracolear, sus patas en alto, los ojos de ira del ecuyer y el alma dura de la ecuyére. ¡Aquí sí que hay un buen vaivén de gozo y angustia! Porque el caballo hace muy bellas monerías y de vez en cuando riñe consigo mismo de una manera atroz, y nos da un verdadero pánico.

Los leones, las panteras, los tigres, son contemplados por nosotros mientras nuestra memoria nos sirve el suceso terrible de "aquel año, no hace mucho, cuando una domadora fue devorada por sus leones". Si de esto no se tiene memoria el espectador vecino nos lo relata con todo detalle.

Los padres se desconsuelan razonablemente con aquel de sus hijos que no tiene compasión por el domador, no mostrando ninguna inquietud por su suerte, y hasta quizás infantil y miserablemente saben algo de esa mentira de las inyecciones y del hambre que amenaza a los animales... Al elefante, no hay explicación, le perdonan todo y nadie le toma muy en serio su ferocidad.

Otras de las pruebas que resiste el ánimo bondadoso del espectador de circo, es ese noble sentido que le hace compartir todas las angustias de las mismas "figuras". El cowboy que tarda en dar en el blanco –aunque se sabe que todas las noches hace lo mismo, para proporcionar mayor realce al buen tiro– y le duele en el alma los atrevimientos en el trapecio y grita: ¡basta, basta!, y esa sombrilla que se cae dos veces sin remedio y parece que se niega a estar en las narices del equilibrista. Y la chitera que no quiere caer sobre la cabeza.

Y sufre por este mundo y por el otro, por el alma del espectador cretino, el que va dispuesto a "meter la pata", aquel a quien la multitud auténtica del circo piensa secretamente en lincharle sin consideraciones.

Sólo le complace en generosa tranquilidad, la amabilidad genial del "director" de la pista. Su tono gentil, haciéndose el sorprendido ante todo, tan en su punto de hombre razonable, raya en el pantalón, guantes, bien peinado y mirada de buena persona.

¡Qué extraordinario juez, qué sentido de la justicia y de la decisión! Sólo pierde un poco la "pose", cuando reprende duramente, creyéndose que no le ve nadie, a los ordenanzas que ponen la alfombra...

A nadie, dentro del circo, se le ocurre esa pesadez de la vida triste del clown y del payaso. Ese primer plano cinematográfico, tan malísimo, de la cara blanca del clown y el lagrimón que resbala falsamente. Se piensa que estas gentes son alegres y sencillas, sin complejos disparatados. Nadie es tan duro de pelar que exija estas complicaciones infundadas y sólo surtidas de pésimas paradojas.

La máxima prueba para la bondad del espectador de pista suele ser el fuego, prueba ciertamente legendaria.

"Eso del fuego..."

Y se acuerdan escenas grabadas en El Mundo Ilustrado. El horror del incendio en las salas de espectáculos.

Pero no. Se vuelve a sonreír y la orquesta ayuda a ello.

Se oye armonioso, como en un órgano, un viejo y tremendamente nostálgico vals.

El circo Atayde está de vuelta entre nosotros. Su elenco es magnífico. Ya hablaré con calma y júbilo de la alambrista Malikowa, de los ecuestres Hanneford, que cada tarde se superan; del augusto Bellini, y de quienes lo acompañan en sus escenas cómicas; de los Idales, de las focas de Tiebor...