FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios del autor como espectador del circo

Referencia Armando de Maria y Campos, “¡Saludo anual al circo! I”, en Novedades, 5 enero 1954.




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Novedades

Columna El Teatro

¡Saludo anual al circo! I

Armando de Maria y Campos

Con los cielos de lona de sus carpas, con sus falsos soles de carburo o eléctricos, con su tronitonante juego de tambores para la emoción, ahí está el circo. Como todos los años. Por navidad y año nuevo los metropolitanos gozamos del fantástico espectáculo viejísimo del circo.

Lo resucitó –ya lo sabéis–, sin gladiadores, sin vestales crueles, sin masas enfebrecidas, el caballista inglés Beates durante el siglo XVIII y le dio fuerza Astley, otro británico, con sus caballos amaestrados, las bufonadas de los payasos, que ya nunca faltarían, y los "mimodramas" de Franconi.

Hace más o menos cien años, la época romántica es el gran momento del circo sentimental, que se llena de trágicas historias de trapecistas enamorados y de clowns tristes. Acá, en México, creemos, disfrutamos, un circo personalísimo, lleno de audacia y pericia, que como nuestra tauromaquia de esos años distinta a la española, no se parecía a ningún otro. Algo de la vida del circo en México recogí en mi libro agotado Los payasos, poetas del pueblo y mucho más recogeré en el que preparo sobre la vida del circo y la maroma en nuestro país. A fines del siglo XIX Ruggiero Leoncavallo pone su música coloreada al drama del payaso que ríe y divierte a las gentes mientras sangra su corazón; es la partitura de I pagliaci, que consagra la literatura artificiosa del bufón melancólico y desesperado.

Y luego, un soplo romano, producido por carrillos alemanes y norteamericanos –¡oh, manes de Barnum!– desenvuelve toda la gloria bárbara y asombrosa de las docenas de elegantes, los pesados osos, los fieros tigres y leones, las ménageries que desfilan ante las multitudes como un cuento de Kipling convertido en realidad, o como una comedia de Gorostiza que recoge costumbres íntimas del payaso. Es oportuno recordar que la pieza La hija del payaso, del dramaturgo mexicano Manuel Eduardo de Gorostiza, se representaba en México de preferencia al final de las funciones "de cuerda vibratoria, equilibrio, suertes, alambre flojo, trampolín y teatro" en el destartalado teatro Del Relox, cuyo piso era de tierra floja para servir por igual en cualquier momento de "patio" o luneta para representaciones teatrales, o de pista circense.

El circo nos devuelve lo que tenemos de niños perdidos en lo más escondido de nuestros años. Nos asombra siempre la destreza del malabarista, que mantiene en el aire, siempre en movimiento, esos aritos multicolores que parecen embriones de temibles platillos voladores; nos asusta el equilibrista, que hace con la vajilla portentos que todos los días ensaya inútilmente nuestra doméstica en la cocina; nos encoge el corazón el perchista, que estira su elástica silueta en lo alto del mástil que sostiene el "soporte" sobre su cabeza... (A veces vemos estos números en algún club nocturno, o enchufados en algún programa de variedades; pero no tienen el mismo sabor que les da la salsa grata al paladar de la emoción, del circo).

Como flores, como manzanas en el huerto, como los juegos de los niños, el circo es una rotación inexplicable, llega a nosotros cada año, por navidad y año nuevo, con sus prodigios siempre repetidos, viva estampa de lo que es imposible para todo el mundo, excepto para estos magos de la pista.

¿Truco? ¿Portento? ¿Habilidad? De todo un poco, para más parecerse a la vida, que es un milagro y un misterio; a nuestra vida, en la que los tres ingredientes moldean todo lo que ocurre en torno. Por eso sigue gustándonos, y niños, hombres y viejos acudimos a él cuando su charanga nos convoca en la estratégica avenida citadina que un día fue la Ribera de San Cosme. Porque el circo es como una pompa del jabón que se irisa en el aire y refleja las cosas quebradizas, amplificadas y frágiles, pero más hermosas.

Me gustaría alguna vez merecer el calificativo de "espectador de sillas de pista" porque, sentado en las sillas de las primeras filas de pista, el espectador –que sería yo–, de circo, se siente devuelto a los primeros recuerdos de colegial. Y todo lo que sucede frente a él le mantiene sobre todo en ciertos momentos con esa actitud trágicamente expectante del alumno ante el profesor en ese trascendental momento en que el dedo "magíster" va a lanzarse sobre el discípulo que ha de decir la lección. Una angustia verdadera atenaza la garganta, y después, ya sentido lejano el peligro, se renace a una tranquilidad primaveral, a una serenidad bondadosa e inefable. El espectador de sillas de pista, ve llegar hacia él con un cierto horror al prestidigitador que le va a pedir alguna cosa –su cartera, el pañuelo, el reloj–: al clown que busca interlocutor, a la ecuyére que galantemente pide la comprobación de una correa... Nada inquieta más que todo esto. Y el espectador de sillas de pista –que yo quisiera ser siempre que asisto al circo– se tranquiliza cuando ya la tempestad se aleja y cubre a otros espectadores.

Otras veces es él mismo el predestinado. Como una máscara antigua cubrirá su rostro con la mejor y más inexacta sonrisa. Y también afectará una tranquilidad evidente, de persona honesta, de viajero que ha recorrido mucho mundo. Pero nada de esto vale. Y sólo el rubor y el azoramiento son auténticos, sin mistificaciones posibles.

El espectador de circo sufre mucho por sí y por aquellos que no sufren. El necesita devolver al artista toda suerte de compensación y pone una mirada más emocionante cuando alguien ha dicho en voz alta una "gracejada", y se simula interesado ante el ejercicio difícil que algún espectador próximo no considera en toda su gravedad. Hay un móvil de responsabilidad en todo esto y bien lo significa así esas miradas despreciativas que los buenos espectadores echan sobre los otros concurrentes indiferentes o poco "sabios" en la ciencia del circo.

Otro día continuaré estas consideraciones íntimas sobre el espectador de sillas de pista de circo que quisiera ser.