FICHA TÉCNICA



Título obra Fando y Lis

Autoría Fernando Arrabal

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Beatriz Sheridan, Alejandro Jodorowsky, Héctor Ortega, Farnesio de Bernal, Álvaro Carcaño

Escenografía Manuel Felguérez

Vestuario Lilia Carrillo

Espacios teatrales Teatro de los Compositores

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 26 noviembre 1961, pp. 2 y 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Fando y Lis]

Mara Reyes

Fando y Lis. Teatro de los Compositores. Autor, Arrabal. Dirección, Alexandro Jodorowsky. Escenografía, Manuel Felguérez. Vestuario, Lilia Carrillo. Reparto: Beatriz Sheridan, Alexandro, Héctor Ortega, Farnesio de Bernal y Álvaro Carcaño.

El nombre de Alexandro se está convirtiendo en mágico. Si ya antes se nos había mostrado en toda su capacidad creativa dentro de un teatro de la crueldad, con Penélope se nos presentó como un director surrealista de gran envergadura y hoy nos manifiesta una nueva faceta: su capacidad de ternura.

Estén o no de acuerdo los espectadores y los críticos, con el género de obras que escoge, nadie podrá negar la enorme calidad artística de las creaciones de Alexandro que si es juzgado sin prejuicio, sin duda este año se hace acreedor al premio del mejor director.

En todas las épocas se ha visto la lucha de aquellos que sustentan las teorías tradicionales contra aquellos que las rompen por considerarlas inoperantes. Es por eso natural, aunque no justo, que se combata a Alexandro, como se combatió en su época de juventud a todos los grandes artistas.

Todo el mundo repite, casi hasta convertir en lugar común que “el teatro refleja la vida de la época” y, sin embargo, mientras el teatro refleja la vida de la época inmediata anterior todo va bien, pero en cuanto comienza a ser una verdadera expresión de la época que se vive… entonces se viene abajo el precepto y todos se niegan a reconocer que sea ésa la verdadera faz de nuestro tiempo.

La obra que seleccionó en esta ocasión Alexandro es de un autor del que lo único que se sabe es que es de origen español, joven, hijo de refugiados, que vive en Francia y que escribe en francés. Y aunque otra pieza de él acaba de estrenarse en Nueva York: El cementerio de automóviles, la obra que Alexandro nos presenta constituye una verdadera novedad: es su estreno mundial.

Se ha querido ver en Arrabal, con Fando y Lis una influencia o una semejanza con el teatro de Ionesco o con el de Samuel Beckett, no obstante, es tan diferente el sentido de la vida que tiene cada uno de estos autores que no es posible hallar relación alguna entre ellos.

Fando y Lis son dos personajes, pero si hurgamos bien en el interior del hombre encontraremos a ambos. Fando representa las limitaciones del hombre, la imposibilidad de satisfacer las propias ambiciones. Es por eso que es cruel, y tierno a la vez, y lo es consigo mismo y con los demás. Lis, en cambio, representa la fantasía, la ilusión, el amor, los ideales, es por eso que es paralítica, ya que la fantasía o el ideal, o el amor, si no van fincados en las posibilidades reales son impotentes, de ahí que Fando deba llevarla a cuestas.

Fando es un solitario, en tanto que tiene su propia fantasía puede vivir solo, pero en el momento en que la meta tiene que acercarse a los demás, tiene que ser gregario, es decir, que para hacerse un ser social, debe prescindir en cierta forma de sus ambiciones. Fando, en un momento, se atreve a soñar, se atreve a decir que hay flores en donde no las hay, en ese momento Lis le dice que no hay flores, desde ese instante Fando debe destruir su ilusión, se ve impelido a encadenar a Lis.

¡Cuántas veces la propia ilusión hace sentirse angustiado al hombre a tal extremo que debe aniquilar esa ilusión! ¡Cuántos quieren ser reyes y apenas son oficinistas de tercera categoría!, y ¡cuánto han hecho sufrir al hombre sus propias ambiciones! Y así cuando la fantasía le quita la alegría de vivir, cuando Lis rompe el tambor, cuando le priva de su posibilidad de cantar, tiene que matarla para poder sobrevivir. Y mata a Lis, pero le lleva a su entierro, una flor y un perro: o sea la ternura. y la fidelidad.

El leit motiv de la obra es esa necesidad del hombre de llegar a “algo”, de encontrar lo anhelado, y va en su busca, no obstante, diariamente inicia la marcha hacia aquello que busca. Aun a pesar de que se ha matado el objeto amado, y la ilusión, ya con el apoyo de otros seres humanos que también han perdido su fantasía, vuelve el hombre a buscar ese “algo.” Es decir, queda la esperanza.

El contrapunto de la obra lo lleva el trío de los hombres. Toso representa el sentido práctico de la vida, en [p. 4] tanto que Mitaro y Namur, la incomprensión entre los hombres, la clásica teorización sobre los acontecimientos que llevan a disquisiciones filosóficas rebuscadas, a la búsqueda de métodos que no aplican y que en lugar de ayudar al hombre a encontrar aquello que quiere, lo entretienen en su camino y lo hacen perderse en laberintos sin salida. La última escena de estos tres personajes muestra cómo se hace la historia, cual es la incapacidad del hombre de comprender los hechos humanos, y cómo los distorsiona cuando estos hechos han pasado.

Si analizamos esta obra de que el hombre va paralizando su capacidad de vivir, de soñar, de amar, y a pesar de matarla es capaz aún de seguir viviendo, no sólo de conformarse, sino de seguir buscando “algo”. Veremos que este sentido, a pesar de ser desgarrador, tiene un nuevo en forma alguna ninguno de los autores con los que se le ha querido comparar [sic].

En lo que se refiere a la puesta en escena, puede decirse que cada minuto escénico es una creación, tanto de Alexandro, como director, como del escenógrafo –Felguérez, quien hizo la escenografía más perfectamente adecuada que pueda imaginarse–, como de Lilia Carrillo, –cuyo vestuario acentuó el carácter de cada personaje y resaltó sus valores plásticos– como de cada uno de los actores entre los que también en esta ocasión se cuenta Alexandro.

Héctor Ortega y Beatriz Sheridan, realizan en forma conjunta una obra maestra. Es increíble la transformación que realiza Beatriz Sheridan de su exterior y de su interior –cada vez que hablamos de ella tenemos que repetirnos, pero es tan extraordinaria la forma que tiene de mudar, que no puede pasarse por alto. La emoción que la Sheridan sostiene en el curso de la obra –ya no digamos en los dos cuadros en que permanece muda– estruja hasta lo indecible. No hay otro trabajo femenino en este año comparable al que ella realiza. Después de vista la obra, no concebimos a otro Fando que no sea Héctor Ortega, es como si la obra hubiera sido escrita para él. ¡Qué forma de inter[pretar]! ¡Qué manera de pasar de la euforia y de la ternura, a la crueldad y a la depresión! La escena de las flores a que antes aludimos en que va pasando primero hacia la ilusión y después hacia la crueldad para consigo mismo –y por ende con Lis– y la escena en que ella lo va instando a ponerle las esposas hasta desembocar en la rotura del tambor y en la muerte de Lis, la va llevando Ortega en un crescendo indescriptible.

De Alexandro, como actor, sólo diremos que esta lo mismo que Farnesio de Bernal, magnífico. Hay una gran diferencia en su interpretación der curado [sic] Fin de partida y esta obra; entre otras cosas, la corrección de su acento. Un nuevo actor debuta como tal en esta obra: Álvaro Carcaño, que si bien ya habíamos visto en partes pequeñas y mínimas, éste es su primer trabajo como actor y está a la altura de las circunstancias, sin desmerecer del conjunto.

Para terminar sólo haré referencia a las extraordinarias pantomimas de manos que realiza el grupo en la primera parte del programa y que son verdaderamente extraordinarias. ¡Habría que revalorar las palabras, pues lo adjetivos ya no expresan todo lo que uno quisiera! Es inenarrable el magnetismo que ejercen esas manos y todo el poder de expresión que adquieren. Pero esto es otra técnica y otra forma de expresión de la que habría, mucho que hablar.