FICHA TÉCNICA



Notas Balance semestral de teatro en México en 1961

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. ¿Qué pasa con el teatro mexicano? ”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 21 julio 1961, p. 3.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

¿Qué pasa con el teatro mexicano?

Mara Reyes

A mitad del año de 1961 y en vista de que estamos pasando por una calma en nuestros escenarios, es buen momento para detenernos a echar una mirada a esos seis meses pasados y sopesar la producción teatral de nuestros autores. Debemos confesar que la ojeada es desalentadora.

Encontrarnos por principio de cuentas que se han estrenado durante este lapso únicamente once obras de autores mexicanos, tres de las cuales son de tan baja calidad que no pueden ni siquiera tomarse en cuenta como teatro, lo mismo que no podría tomarse como jirafa a un pollo que naciera con un desmesurado pescuezo, estas obras son: Cada quien su marido, de Unsáin y Varela, Cleopatra era nerviosa, de Óscar Ortiz de Pinedo y Seis mujeres y un fantasma de Cristina Lesser. Descontando pues estos tres engendros, nos quedan sólo ocho obras dignas de consideración.

Deslindaremos las obras según el género. La mejor realización de estos seis meses en cuanto a teatro mexicano fue La mujer transparente, de Margarita Urueta, comedia cuya puesta en escena le hizo resaltar sus valores y le dio una calidad que difícilmente hubiera alcanzado si hubiera sido dirigida por otro director que no fuera Alexandro.

Hubo una sola farsa, mejor dicho supuesta farsa; Los prodigiosos, de Hugo Argüelles, quien trató de hacer una crítica al fanatismo del pueblo, pero no logró su cometido y resultó una construcción dramática completamente híbrida, pues ni sus personajes estaban conformados de acuerdo a la línea de la farsa ni la anécdota era verosímil como pieza o como tragedia.

El resto de las obras estrenadas este año, pertenecen al género pieza –menos Espartaco de Juan Miguel de Mora que pretendió trazar una tragedia, sin lograrlo–, todas ellas fueron mediocres (cuando no evidentemente malas): Olor de santidad, de Luis G. Basurto, la ya mencionada Espartaco, Yocasta o casi, de Salvador Novo, Tan cerca del cielo, de Wilberto Cantón, y otras dos obras que aunque con menos pretensiones, lograron mejor cometido: El sitio y la hora, de Antonio Magaña Esquivel y Y quisieron ser toreros, de Jaime Rojas Palacios. En la obra de Magaña se delata el mundo corrompido de la política y en la de Rojas Palacios se muestra con toda veracidad la vida que se esconde tras la “fiesta brava”, es decir captaron el ambiente y esto ya es algo.

Aunque paradójico el acontecimiento del año, en lo que se refiere a teatro mexicano fue una reposición: Moctezuma II, de Sergio Magaña, obra que en la fecha de su estreno no sólo no tuvo ninguna resonancia, sino que fue acogida con verdadera frialdad, cosa que se contrapone totalmente con la puesta en escena de esta obra llevada a cabo por Álvaro Custodio en la Pirámide del Sol, de Teotihuacán, y a la que asistieron miles de personas que la aplaudieron con entusiasmo.

En resumidas cuentas no se ha estrenado ninguna obra que merezca la pena durante los seis meses que han corrido de este año, y no ha aparecido un autor que constituya una promesa. ¿Qué quiere decir esto? ¿Es que en México no hay temas que interesen? ¿Es que los problemas que estamos viviendo no valen la pena de ser llevados al teatro? ¿Es que las anécdotas que reflejan verdaderamente las inquietudes de nuestro pueblo y toda nuestra forma de vivir está prohibido el hacerlas llegar a la escena? ¿Es que los empresarios no se arriesgan? ¿Es que no hay talento en México? ¿Es que no hay suficiente preparación en la juventud? ¿Es que basta un mes de teatro mexicano –septiembre de 1960–, para agotar el acervo de todo nuestro teatro? ¿Qué es lo que pasa con el teatro mexicano?