FICHA TÉCNICA



Título obra Edipo rey

Autoría Sófocles

Notas de autoría José Alemany y Bolufer / traducción

Dirección Ignacio Retes

Elenco Ignacio López Tarso, María Teresa Rivas, José Carlos Ruiz, Aarón Hernán, Claudio Brook, Daniel Villagrán, Agustín Sauret, Mario Delmar

Notas de elenco Orquesta y Coros del IMSS

Escenografía Julio Prieto

Coreografía Miguel Vélez / dirección de ballet

Música Blas Galindo / música y dirección de orquesta

Notas de Música Alberto Alva / dirección coral

Vestuario Julio Prieto

Grupos y compañías Orquesta y Coros del IMSS

Espacios teatrales Teatro Xola

Notas Daniel Villagrán puede ser Daniel Villarán

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 18 junio 1961, pp. 2 y 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Edipo rey]

Mara Reyes

Edipo rey. Teatro XoIa. Autor, Sófocles. Traducción, J. Alemany Bolufer. Dirección, Ignacio Retes. Escenografía y vestuario, Julio Prieto. Música y dirección de la orquesta, Blas Galindo. Director del coro, Alberto Alva. Director del ballet, Miguel Vélez. Orquesta y Coros del IMSS. Reparto: Ignacio López Tarso, María Teresa Rivas, José Carlos Ruiz, etcétera.

Desgraciadamente son muy pocas las oportunidades que tenemos en México de ver escenificadas las obras de los clásicos griegos –que es como decir de los clásicos de todo el teatro occidental– y menos aún, las ocasiones en que vemos éstas representadas en forma tan justa y tan propia como la que actualmente se lleva a efecto en el teatro Xola.

Hablar de Edipo rey, de Sófocles, nos remitiría a bucear entre toda la literatura que al respecto se ha escrito. Únicamente recordaremos al lector que fueron precisamente las obras de Sófocles, aquellas en las cuales se apoyó Aristóteles para extraer las reglas de composición y las características de la tragedia como género teatral, que escribió en su Poética. Técnicamente, de Sófocles sabemos que fue quien introdujo un tercer personaje en el teatro griego, además de haber hecho otras innovaciones, como el tratamiento del coro y otras, pero ante todo, sabemos que fue este autor quien dio mayor hondura humana a sus personajes y quien más se preocupó por descubrir los verdaderos sentimientos y misterios del alma humana. Tanto es así, que Freud, al elaborar su teoría psicoanalítica, tomó el nombre de “Edipo”, para designar uno de los complejos que aquejan al hombre cuando no llega a superar la etapa “edípica” por la que todo hombre pasa. Así pues, el estudio de Edipo rey se ha llevado a efecto en planos diferentes: el de la técnica dramática, el literario, el sicológico, el filosófico, etcétera.

En cuanto al efecto que esta tragedia debió causar en el público de su tiempo, es fácil imaginar lo que debe haber sido el ver descubiertos en la escena, por vez primera, los más íntimos secretos del ser. Por otra parte, toda la alusión a una peste en la obra, en un momento en que –según se cree– el Ática acababa de sufrir una epidemia que había causado enormes estragos entre la población, debe haber sido estrujante. Por otro lado, el contacto con los dioses, que se percibe en todas las tragedias, debe haber sido para los griegos un elemento de más emoción. Según Nietzsche, Dionisos no dejó nunca de ser el héroe trágico y Edipo, Prometeo, etcétera… “no son más que disfraces del héroe original, Dionisos”. Y agrega: “El único ser verdaderamente real, Dionisos, aparece en una pluralidad de figuras bajo la máscara del héroe que combate y que se encuentra al mismo tiempo enlazado con los restos de la voluntad particular. El dios se manifiesta entonces, por sus actos y por sus palabras, como un individuo expuesto al error, presa del deseo y del sufrimiento”. También para Nietzsche, en Edipo, Sófocles, nos grita que “La punta de la sabiduría se vuelve contra el sabio; la sabiduría [p. 4] es un crimen contra naturaleza”.

La escenificación que de Edipo nos presenta Ignacio Retes desde luego no puede ser igual a las que se realizaban en el siglo de Pericles, puesto que en el teatro va entremezclada la expresión artística con las costumbres de la época. No podemos prescindir de nuestra concepción moderna, ni de los elementos costumbristas. Por ejemplo, nos parecería hoy muy extraño ver representar los papeles femeninos por hombres ataviados como mujeres. Cosa habitual en el teatro griego. Y corno este detalle hay otros muchos.

Quizá, porque nada o casi nada, se sabe de la música cantada de aquella época, y sólo por conjeturas puede imaginarse cómo era ésta, que Retes no se atrevió a hacer que su coro cantara y danzara a la manera de las representaciones originales, en cada stásima, o en el parodoi y en el éxodo, sino que prefirió un coro mudo y que sólo se expresa a través de su corifeo, diciendo éste, por tanto, las partes correspondientes a él y las correspondientes al coro. Y utilizando voces cantadas que partían de un coro oculto. También disminuyó el número de coreutas, de quince que eran originalmente, a cuatro.

Si hubiera Retes hecho evolucionar al coro en la forma que se hacía allá por el siglo V a. C., no le hubieran bastado cuatro elementos únicamente, pero volvemos al mismo problema: los únicos testimonios de aquellas danzas que efectuaba el coro sólo se encuentran en las pinturas de los vasos griegos, o en otras representaciones plásticas, pero mucho sería aventurar el tratar de reproducirlas.

Otra variante entre la escenificación antigua y la actual es sin duda la de que Edipo y Yocasta aparecen en esta última, sin máscara. Esta, como otras muchas formas en el arte de representar, se ha venido haciendo ya un convencionalismo, quizá para dejar a los protagonistas una mayor libertad en su expresión. Pero hay que observar también que la máscara en la época de los griegos, tenía una finalidad que ahora no es necesaria: la de proyectar el carácter de un personaje a treinta mil personas. (Si la máscara era rubia, eran personajes jóvenes, si era gris, eran ancianos, si roja, simbolizaba la ira o la perfidia, y así, hasta un total de veintiocho caracteres).

No puede pedirse, pues, que hoy se represente “exactamente igual” que hace veinticinco siglos, ya que ni el teatro es igual, ni las costumbres, ni la religión, ni el espíritu cívico, ni… etcétera… No obstante, Retes ha respetado absolutamente el texto dramático de Sófocles, sin recurrir ni a las traídas y llevadas “versiones”, ni ha “corregido” al autor con cortes en la obra, ni ha desvirtuado en ningún momento la intención de cada uno de los pasajes. Ha guardado un equilibrio magnífico entre la concepción moderna del teatro griego y el respeto a la obra, y le ha impreso a su dirección las mismas características que Sófocles reveló en sus tragedias: pasión e inteligencia.

Desde luego hay ciertos detalles, insignificantes, como el maquillaje de Yocasta, que se ve más joven que su hijo, o ciertos movimientos que no son totalmente acordes al espíritu litúrgico que existía en aquellas representaciones, como son el que Edipo se siente en las gradas de la escalinata (no después de conocer su lamentable situación y tragedia en que la desesperación podía haberlo orillado a eso y a más, sino que ocurre en la primera parte de la tragedia), lo que le resta austeridad y grandeza a su personaje. Pero estos errores son en realidad peccata minuta.

No podemos extendernos a hablar de cada uno de los integrantes del espectáculo, pero bien podemos mencionar que la traducción de J. Alemany Bolufer es magnífica; que la escenografía de Julio Prieto es solemne y sobria, lo mismo que el vestuario; que la realización de las máscaras es uno de los mayores aciertos, lo mismo que la música de Blas Galindo, los coros y la dirección del ballet.

En cuanto al reparto, Ignacio López Tarso se impone una vez más como un actor de fuerza, especialmente en el clímax de la tragedia. María Teresa Rivas en momentos nos convenció y en momentos no; la sentimos dispareja, falta de emoción. El corifeo, José Carlos Ruiz, hizo una verdadera creación. Sobresalen: Aarón Hernán, Claudio Brook y Daniel Villagrán. En cambio Agustín Sauret y Mario Delmar no llegaron a proyectar toda la fuerza que sus papeles requerían.

El movimiento de manos de todos los actores se antoja un acierto de dirección.

En resumen, en una escenificación cada elemento es importante y cada intérprete, sea músico, actor, cantante, escenógrafo, etcétera, forma parte de un todo que en este caso resultó ser un magnífico espectáculo.