FICHA TÉCNICA



Título obra La ronda

Autoría Arthur Schnitzler

Notas de autoría Alejandro Jodorowsky / adaptación, poemas y narración; Elda Peralta / traducción

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Beatriz Sheridan, Héctor Ortega, Farnesio de Bernal, Jana Kleinburg, Sergio Jurado, Berta Lomelí, Carlos Ancira, Leonor Llausás, Luis Lomelí, Elda Peralta, Salvador Zea, Bernarda Landa

Escenografía Manuel Felguérez

Música Alejandro Jodorowsky / canciones

Vestuario Lilia Carrillo

Espacios teatrales Teatro Esfera

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 4 junio 1961, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[La ronda]

Mara Reyes

La ronda. Teatro La Esfera. Autor, Arthur Schnitzler. Traducción, Elda Peralta. Adaptación, narración, poesías, canciones y dirección, Alexandro. Vestuario, Lilia Carrillo. Escenografía, Manuel Felguérez. Reparto: Beatriz Sheridan, Héctor Ortega, Farnesio de Bernal, Jana Kleinburg, Sergio Jurado, Berta Lomelí, Carlos Ancira, Leonor Llausás, Luis Lomelí, Elda Peralta, Salvador Zea, Bernarda Landa.

La ronda es una de esas comedias de estilo ligero, intrascendentes, que no hablan en forma positiva de la postura del hombre, o de la mujer, frente al amor; frente a esa liga humana que reclama sinceridad y no engaño, entrega y no egoísmo. Es una obra que trata de decir que el amor verdadero no existe. Tesis muy discutible y sobre todo muy negativa; no obstante, la comedia está presentada en forma tal, que es obligatorio reír. Reír porque las situaciones humanas resultan cómicas, aun cuando en el fondo puedan apreciarse trágicas.

Si esto ya es una contradicción, el que Alexandro tenga éxito con esta obra, y lo tendrá, pues a nuestro público le gusta reír, venga o no a cuento, es una completa paradoja. Porque es una paradoja que cuando un director, en este caso Alexandro, aporta al teatro nuevas concepciones y formas de expresión, nacidas de una visión estética distinta, no sea reconocido, sino por el contrario, obstruido por nuestras autoridades, criticado por los conservadores o tradicionalistas y vituperado por los detractores de todo aquello que huele a creación, sea en cambio “admitido” y “reconocido” como un buen director precisamente con su trabajo más tradicional –hasta donde Alexandro puede ser tradicional, ya que no puede borrar su imaginación creadora–, y por tanto por su trabajo menos valioso. No quiere decir esto que La ronda esté mal dirigida, no, por lo contrario, hizo de esta comedia insulsa y hasta cierto punto sórdida algo amable y lleno de gracia. Técnicamente puede encontrarse que las dos primeras escenas y las dos últimas, adolecen de un defecto: lentitud. En ellas se advierte un estilo más propio de Alexandro, pero menos adecuado al ritmo y al tono del resto de la comedia. Ese cambio de concepción desconcierta. Si juzgáramos esas escenas –las dos primeras y la última especialmente– como parte de otra obra, encontraríamos en ellas aciertos de dirección indiscutibles, como el uso de las luces, el juego escénico y la profundidad que trata de imprimirles, pero dichas escenas como parte de La ronda no encajan, hacen que se pierda la unidad. En ellas hay un sentido dramático que no va acorde con el tono de farsa que asume en las escenas del centro de la comedia.

Nos parece, de cualquier forma, una magnífica dirección. Es lastimoso ver que un director de la categoría de Alexandro se vea obligado a hacer transacciones con el teatro “comercial”, para poder seguir su camino, cuando debiera estar apoyado por entero por el Gobierno, y por los grupos de intelectuales que se interesen por el buen teatro.

En cuanto a las actuaciones, esta obra es de las típicamente escritas para el lucimiento de todos los actores. Quienes en esta ocasión destacan más y logran un trabajo más sincero y completo, son Beatriz Sheridan, Héctor Ortega, Farnesio Bernal, Sergio Jurado, Jana Kleimburg y Berta Lomelí.

Después de haber visto la interpretación de la momia a Beatriz Sheridan, en La Sonata de los espectros, la de la reina en La mujer transparente y la de la muchacha de La lección –muchacha que no tiene nada que ver con la jovencita de La ronda estamos convencidos de que Beatriz Sheridan es uno de los valores más firmes de nuestro teatro en México. Y casi tendríamos que repetir las mismas palabras si habláramos más detenidamente de Héctor Ortega.

En cuanto al trabajo de Carlos Ancira, (uno de los actores por quienes más admiración siento), debo admitir que en esta ocasión no creó una correcta identificación con su personaje, lo mismo que Leonor Llausás, a quien en todas formas la encontramos muy superior a su última aparición en Becket o el Honor a Dios, y no sabríamos a ciencia cierta si la deficiencia de estos actores se deba a ellos o a la dirección de Alexandro, pues sus escenas están comprendidas entre aquellas a las que este director dio un sentido distinto.

Quien no nos convenció en lo absoluto fue Elda Peralta. ¡Qué diferencia de su actuación en La sonata de los espectros en la cual lograba una interpretación perfecta de su personaje! La vimos –por que casi no la oímos– muy baja en relación a los demás actores. Bernarda Landa, a quien recordamos mucho en aquella pantomima de La madrina de oro, no tiene ocasión de lucimiento en esta comedia y en cuanto a Luis Lomelí, se advierte en él un fiel y respetuoso trabajo, de lo que le fue marcado por el director, pero... hay un “pero” ineludible, le falta “ángel”, es un buen actor, al que no se le advierte –al menos en esta ocasión– la chispa creadora. ¡Lástima!

Dejamos hasta el final el hablar del vestuario y la escenografía, pues merecen párrafo aparte. Lilia Carrillo, aun cuando la obra no le dio oportunidad de hacer creaciones como en La sonata de los espectros en que todo era imaginación, nos presentó un vestuario de buen gusto y adecuado a la comedia. Y Manuel Felguérez continuó haciendo prodigios en la escenografía; mínimos recursos y óptimos resultados, parece ser su lema, ¡Bravo Felguérez!