FICHA TÉCNICA



Título obra Olor de santidad

Autoría Luis G. Basurto

Dirección Luis G. Basurto

Elenco Luz María Núñez, Carlos Navarro, Enrique Becker, Patricia Morán, Patricia de Morelos, Héctor López Portillo, Emma Fink

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Fábregas

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 7 mayo 1961, p. 3.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Olor de santidad]

Mara Reyes

Olor de santidad. Teatro Fábregas. Autor y director, Luis G. Basurto. Escenografía, David Antón. Reparto: Luz María Núñez, Carlos Navarro, Enrique Becker, Patricia Morán, Patricia de Morelos, etc.

Cuando se juzga una obra no es posible separarla de su autor. Es la obra la que nos va dando el hilo conductor para conocer la opinión filosófica del dramaturgo, puesto que hablamos de teatro, aunque esto es aplicable a todo creador: músico, pintor, etc. Así, pues, encontramos una relación recíproca entre la producción y su creador. No intentamos en forma alguna hacer una revisión de toda la obra de Luis G. Basurto, desde su primera pieza: Los diálogos de Suzette, que escribió en 1940, sino simplemente intentamos deducir cuál es su opinión filosófica, partiendo de sus últimas producciones.

En Olor de santidad, encontramos como en Los reyes del mundo, en La locura de los ángeles o en Miércoles de ceniza, una enorme preocupación religiosa, planteada en diversa forma, pero siempre apuntada (o desarrollada). Unido a este elemento es frecuente descubrir en las comedias de Basurto un elemento difícil de definir, como si tratara de que “su” público se mantuviera por un momento escandalizado por lo audaz de algunas aseveraciones, para volver después al “buen camino”.

En Cada quien su vida y en El escándalo de la verdad, aun cuando encontramos los mismos ingredientes que en aquéllas, están más atenuados por la denuncia, que hace variar el tono de estas comedias, salvándolas en gran medida del melodramatismo en el que cae en las otras.

Acusa Luis G. Basurto asimismo, cierta debilidad: la de satisfacer en parte el morbo de su público, y, en ocasiones, hemos llegado a preguntamos hasta qué punto su afán religioso es sincero, o es también una transacción.

No estamos en contra de un teatro teológico como no lo estamos en contra de uno político o social, lo único que pedimos es que éste sea sincero y profundo, desgraciadamente, todavía no nos convence de su buena fe. Si es sincero ¿a qué mezclar esas transacciones que se adivinan hechas para buscar un buen taquillazo?

Así como en sus obras son convencidas y devueltas al carril las ovejas descarriadas, así deseamos –y lo deseamos en verdad– que Basurto nos convenza en definitiva de que su tendencia filosófico-religiosa es auténtica.

Creemos que no es necesario para hacer una obra religiosa, hablar en todo momento de Dios, de la santidad y de la comunión, o rezar a diestro y siniestro. Son las actitudes humanas las que cuentan y las que hablan, no las palabras. Frecuentemente éstas no hacen sino disfrazar esas actitudes.

En cuanto a la construcción técnica, la obra adolece de un gran defecto: el diálogo. Es recargado, parlamentos demasiado largos y reiterativos, además de un tono melodramático que hace perder toda emoción cierta.

Los personajes, algunos están bien conformados, como Angélica o como Carlos, otros son truculentos, como doña Gabriela; débiles y sin consistencia como Guillermo [o sobrantes, como Altagracia (inserción manuscrita de la autora)] que se adivina sólo como un pretexto para ayudar al desenlace, como si no hubiera podido Basurto lograr, por medio de una dinámica más profunda, la mutación de Angélica y se hubiera valido de ese personaje como de un recurso fácil.

Sin embargo, Basurto tiene algo en su haber: y es que asume en casi todas sus obras una actitud de denuncia valiente que lleva a cabo precisamente en contra de las familias que por razones de carácter económico, social o político, se encuentran en una posición encumbrada y en las cuales sería de esperarse una estructura ética más sólida, Basurto nos hace ver que, lejos de eso, esas familias son miembros de una sociedad podrida y en quiebra. Parece ser que en Basurto esta realidad constituye una preocupación constante, dado que en varias de sus obras, especialmente en Olor de santidad y en El escándalo de la verdad nos encontramos la misma crítica, la misma denuncia.

En cuanto a Basurto director, podemos decir que resolvió con esmero las situaciones y su mayor apoyo fue la excelente escenografía de David Antón, quien captó toda la “estética” de los ricos de provincia, con sus terciopelos y angelitos y toda la ornamentación adecuada, sin caer nunca en el recargamiento, ni siquiera en la falta de sobriedad. Muy difícil resulta a un escenógrafo guardar el equilibrio extraordinario que Antón guardó en esta ocasión.

De Luz María Núñez ya otras veces hemos hablado de su capacidad de captación de los más diversos personajes y con este papel la sigue demostrando. Muy bien Enrique Becker y Patricia Morán en su joven Anunziata, tan llena de inquietudes. No nos satisfizo, en cambio en esta ocasión, Héctor López Portillo y muchísimo menos Emma Fink.