FICHA TÉCNICA



Título obra La sonata de los espectros

Autoría August Strindberg

Notas de autoría Alejandro Jodorowsky / traducción y adaptación

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Carlos Ancira, Beatriz Sheridan, Héctor Ortega, Álvaro Carcaño, Javier Cervantes, Farnesio de Bernal, Isabel Durán (Chabela), Ricardo Fuentes, Jesús Guerrero, Pedro Kamel, Bernarda Landa, Berta Lomelí, Salvador Martínez, Ana María Montero, Carlos Ordóñez, Sara Pardo, Elda Peralta, Burdette Zea, Salvador Zea

Escenografía Manuel Felguérez

Música Raúl Cossío

Vestuario Lilia Carrillo

Grupos y compañías Teatro de Vanguardia Mexicano

Espacios teatrales Teatro Esfera

Eventos Teatro y montaje censurado por la Oficina de Espectáculos

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. Alexandro o la magia del teatro”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 9 abril 1961, pp. 2 y 4.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO 2

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Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

Alexandro o la magia del teatro

Mara Reyes

La sonata de los espectros. Teatro de la Esfera. Autor, August Strindberg. Traducción, adaptación y dirección, Alexandro Jodorowsky. Vestuario, Lilia Carrillo. Escenografía, Manuel Felguérez. Música, Raúl Cossío. Reparto, Teatro de Vanguardia Mexicano.

Para hablar de un espectáculo que dirige Alexandro hay que tener presente que el teatro, lo es en tanto que es representación viva y no texto literario. Ningún director nos recuerda tanto esta premisa. En La sonata de los espectros más que en ninguna de las otras obras dirigidas por este joven director es casi imposible deslindar lo que proviene del autor y lo que proviene del director. Así pues casi es imposible hablar por separado del trabajo del director o de la obra misma, ya que Alexandro acostumbra llevar el pensamiento de los autores que elige hasta sus últimas consecuencias y por esto sus espectáculos vienen a ser lo que en música se llama “variaciones sobre un tema de…”. Ya no es el tema escueto, ni el compositor de él lo único que cuenta, sino la forma de esas variaciones y sus valores propios.

Difícil resulta sintetizar una obra como La sonata de los espectros en la que todo es importante, todo es necesario, cada gesto y cada palabra forman parte de un engranaje al que si quitáramos un diente se distorsionaría todo su movimiento. Desde luego podemos decir que la obra es una especie de descripción de la vida en dos planos diferentes: el de la estructura social y el del hombre individual, visto exterior e interiormente.

En cuanto al primer plano encontramos en él todos los elementos consagrados y respetados de la sociedad: el poder, la religión, las tradiciones, etc., y como una enredadera, amalgamada a esos preceptos intocables, todas las pasiones del hombre: la ambición, la vanidad, la codicia, la sensualidad, el orgullo, el prestigio, el servilismo, etc., llevadas por Alexandro hasta la bestialidad. Resulta difícil discernir hasta qué punto para Strindberg tiene mayor importancia sacudir y mostrar nuestra estructura de vida o nuestra propia vida interior. Strindberg descorre el velo de una sociedad y al mismo tiempo de todas nuestras miserias íntimas, a tal grado que la visión de nosotros mismos resulta inconfesable.

Nosotros podemos reconocer que vivimos dentro de una sociedad plagada de lacras, dolernos, pero no es fácil reconocer, con tranquilidad la propia podredumbre. La sonata de los espectros es como poner al espectador frente con su mundo exterior y frente a sí mismo. Vemos al estudiante, símbolo de la limpieza de espíritu –quizá por su juventud, (podría interpretarse también a este personaje como símbolo de otra clase social que no es la que en la obra se nos presenta, podrida y demolida, pero quién sabe hasta qué punto esa interpretación sería una pura especulación)–, decíamos que se ve al estudiante ir cediendo, y dejándose absorber por la podredumbre, y lo que es peor, se ve obligado a ceder impulsado por sus más nobles sentimientos: la gratitud, el amor, la poesía, su ansia de belleza, y ¿que descubre?, que “veía a un coronel que no era coronel; tenía un benefactor que era un criminal y que fue obligado a ahorcarse; veía una momia que no era una momia, veía a una joven que había heredado o adquirido una enfermedad venérea…” es decir que nadie en el mundo es lo que aparenta ser. Y entonces indignado pregunta "¿dónde se encuentra la virginidad? ¿Dónde se encuentra la belleza? ¿Dónde encontrar algo que sostenga lo que ha prometido?".

Y es que atrás de todo lo que él veía –aparente– existía la culpa. Incluso en la vida pura, en ese dionisismo con que el hombre empieza a vivir se le va encadenando por medio de los viejos preceptos, a la [párrafo añadido a partir del original de la autora] culpa. Se es culpable incluso por la impotencia para luchar contra todo. Nadie puede salvar a nadie, cada uno tiene su propia ración de culpa.

La hija de la conserje, que ansía la muerte de su padre, al morir éste y heredar le dice a su próximo esposo refiriéndose a sus títulos de nobleza: “Yo compro, tú vendes, ésa es nuestra culpa”.

La momia tiene su culpa, lo mismo que todos los demás personajes. Hummel, quien representa el poder también es culpable, más incluso que los otros, puesto que ha utilizado la culpa de la humanidad para su propio beneficio, es por eso que se explica la enorme fuerza del poder, porque está fincada en la culpa de los demás.

Quien es capaz de dominar su propia culpa obtiene el poder sobre la humanidad y sólo podrá ser desbancado en el momento en que no pueda dominar la suya propia. Para Strindberg el dolor es redención y es por eso que hace decir a uno de sus personajes que "no somos lo que parecemos ser, porque en el fondo somos mejores que nosotros mismos, puesto que detestamos nuestros crímenes…"

En ese punto, en el que la impotencia se enseñorea, no queda más remedio que recurrir al amparo de una idea: Dios. Y ¿qué sucede? Que de la fe sólo ha quedado, una vez más, la culpa, y la religión ha sabido obtener una “renta que está en total proporción a sus relaciones y condición”. Se le implora a Dios a que descienda a este infierno para salvarnos, se le recrimina el no defender a los suyos sabiendo que están con las manos atadas y el estar sentado esperando que “de la tierra surja un cielo” y se le implora para que al menos nos otorgue “la paciencia en las tribulaciones, la pureza de voluntad para que la esperanza no se carcoma en la vergüenza”. Y ese Dios... no viene, llega sólo la muerte, como liberadora. Y se lleva precisamente a la juventud, a esa joven que “está enferma en la fuente misma de la vida”, que se seca “en esta atmósfera donde se respira la culpa, el engaño y toda clase de falsedades”, que intenta cantar y no puede, que para la vida está “sorda y muda, está ciega”.

En sí al hombre ¿qué le queda?: la esperanza en sí mismo, la esperanza en la nueva vida, pero no fincándola en la religión, sino en el conocimiento de sus propias debilidades, de su propia intrascendencia, en la consciencia de sus bajas inclinaciones y que se acepta a sí mismo, así, tal como es, sin gritos, ni dolor. Es la madurez la que llega fincada en la resignación, sin lamentaciones.

Es indudable que a todos aquellos que les moleste el no encontrarse [sic] con algo de su propia verdad inconfesable en escena, que les roce algunas de sus debilidades y que no tengan la capacidad de aceptar esa verdad, esta obra les molestará y reaccionarán en contra, pero hay que admitir que aun cuando no se esté de acuerdo con la tesis de la obra, la forma en que Alexandro ha hecho la interpretación de ella, es genial. No ha ahorrado ningún elemento. Detalles como la caída del edificio, la intemporalidad que otorga a los hechos, la exposición plástica de lo que existe detrás de las apariencias como cuando Hummel clava al coronel con su muleta haciéndole aparecer como un simple insecto, o como la monstruosa figura que da a la cocinera, que no es otra cosa que el símbolo [últimos renglones añadidos a partir del original de la autora] [p. 4] de los prejuicios, de las tradiciones que envenenan al hombre desde su infancia, o como dice el estudiante “es siempre en la cocina donde los hijos de familia son heridos hasta el corazón”; todas estas representaciones plásticas y otras que no es posible enumerar, de la condición interior de los personajes, revelan en Alexandro un talento poco común.

Si nos pusiéramos a hablar del manejo de la iluminación veríamos que descubre todo un campo inexplorado; no hay más que recordar el tic-tac del reloj, sólo marcado por el golpeteo de los dedos y la luz intermitente. Otro gran acierto es suprimir toda la utilería innecesaria y hacer que aparezcan únicamente los objetos importantes, haciendo de este modo un énfasis en ellos.

Lo que sí resulta una vergüenza es que a Carlos Ancira, después de verle nuevamente un trabajo tan magistral y de altos vuelos como el que realiza en La sonata de los espectros no se le haya otorgado el año pasado el premio al mejor actor del año, esperemos –ya que la esperanza es lo último que muere– que este año no se lo regateen los señores críticos.

La transfiguración que hemos visto operarse en Beatriz Sheridan, la joven de La lección de Ionesco, es verdaderamente increíble, no por la forma exterior –la caracterización física está al alcance de todo el mundo– sino por la interior, por la forma de actuación tan diferente. Ya de Beatriz Sheridan no puede hablarse como de una promesa o de una revelación, se trata del nacimiento de una actriz.

El espacio no nos permite hablar de cada uno de los actores, desgraciadamente, pues quisiéramos extendernos en consideraciones detalladas sobre Héctor Ortega por ejemplo, y sobre todos los demás actores, pero no nos es posible, sólo nos es dado decir que todos y cada uno de ellos han hecho un trabajo extraordinario. Este grupo es más que un equipo: es toda una escuela.

En cuanto a la música, no podía haber encontrado Alexandro un mejor compositor. Raúl Cossío comprendió la obra y sus necesidades, lo que le permitió crear una música en todo acorde a ella.

Hemos reservado para el final la mención del excelente trabajo de Manuel Felguérez, como escenógrafo, y de Lilia Carrillo como diseñadora del vestuario. Sus recursos imaginativos cimentan la unidad del espectáculo, líneas y colores dan forma y sugerencia y refuerzan la acción.

Vaya un entusiasta aplauso a todos aquellos que hemos mencionado, así como a Álvaro Carcaño, Javier Cervantes, Farnesio de Bernal, Chabela Durán, Ricardo Fuentes, Jesús Guerrero, Pedro Kamel, Bernarda Landa, Berta Lomelí, Salvador Martínez, Ana María Montero, Carlos Ordóñez, Sara Pardo, Elda Peralta, Burdette Zea y Salvador Zea, además al electricista, traspunte y tramoyistas, sin cuya colaboración no nos hubiera sido permitido gozar de este magnífico espectáculo.

Al terminar este artículo hemos sabido que la Oficina de Espectáculos ha incurrido una vez más en la dictatorial medida de clausurar el teatro. Ha sido prohibida La sonata de los espectros (tal parece que ya comenzó a molestar el retrato). Y nos preguntamos: ¿Hasta cuándo se continuarán violando nuestras leyes? ¿Hasta cuándo la libertad de expresión que tanto se pregona seguirá siendo pisoteada? ¿Hasta cuándo continuaremos bajo una mano que se atreve a prohibir a Strindberg, a Anouilh, a Fernando de Rojas, sin el menor decoro ni responsabilidad? ¿Hasta cuándo seguirá confundiéndose el arte con una actividad de la liga de la decencia?¿Hasta cuándo seguirá siendo restringida la libertad de conciencia? ¿Hasta cuándo?