FICHA TÉCNICA



Título obra Becket o El honor de Dios

Autoría Jean Anoulih

Notas de autoría Marilú Elízaga / traducción

Dirección Ignacio Retes

Elenco Sergio Bustamante, José Gálvez, Guillermo Orea, Aarón Hernán, Alfredo W. Barrón, Héctor Andremar, Reinaldo Rivera, Leonor Llausás, Dolores Tinoco (Lola), Erna Marta Bauman, Mary Cristi, Norma Jiménez Pons

Escenografía Julio Prieto

Vestuario Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 5 marzo 1961, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Becket o el honor de Dios]

Mara Reyes

Becket o el honor de Dios. Teatro Xola. Autor, Jean Anouilh. Traducción, Marilú Elízaga. Dirección, Ignacio Retes. Escenografía y vestuario, Julio Prieto. Reparto: Sergio Bustamante, José Gálvez, etcétera.

La obra que ahora nos ocupa es una típica tragedia en cuanto a su construcción dramática, en la que Anouilh interpreta la vida contradictoria de Tomás Becket, arzobispo primado de Canterbury. El resumen histórico, al cual se apega en todo lo que es posible hacerlo en el teatro, puede sintetizarse:

Tomás Becket, nacido en Londres en 1117, después de estudiar sucesivamente en las universidades de Oxford, París y Bolonia, se liga a la familia de Teobaldo, arzobispo de Canterbury hasta llegar a desarrollar las funciones de arcediano y después preboste de Beverley. El rey Enrique II, llega a hacerlo su favorito y amigo, hasta el grado de darle el cargo de canciller de Inglaterra. Según su secretario, Fitz Stephen, su casa era un verdadero palacio, se veía brillar el oro sin escrúpulo. Cuando era enviado a alguna embajada, Becket se hacía seguir de doscientos caballeros, otros tantos barones y nobles y un sinnúmero de domésticos, todos armados y equipados sin escatimar lujo. Era Becket de carácter fino, gran genio y aficionado a las mujeres. Para Enrique II –Plantagenet– fue su aliado más útil al tratar de subordinar a la Iglesia ante el poder del Estado y siempre supo Becket encontrar razones suficientemente firmes para apoyar a la corona, hasta el momento en que el rey, que pretende tener dentro de la Iglesia, una persona adicta a él, a la muerte del arzobispo Teobaldo, logra que Becket sea elegido para ocupar el puesto de arzobispo primado de Canterbury, el 6 de junio de 1162.

A partir de ese momento la vida de Becket cambió radicalmente. Lo que era lujo se convirtió en austeridad. Pasó de la opulencia al rigor más absoluto y alzó la voz contra las usurpaciones de la corona sobre los derechos eclesiásticos. El Rey concibió la idea de someter al clero a la jurisdicción civil con unas leyes a las que se dio el nombre de Constituciones de Clarendon, a lo que Becket se opuso; esto desconcertó al Rey, quien desde ese momento vio a Becket como a su enemigo. Acusóse a Becket de practicar la magia, pero éste impidió que se leyera su sentencia y recriminó a los obispos por haber preferido obedecer a los hombres antes que a Dios. Huyó a Francia. Enrique II insistía sobre la sumisión del arzobispo a las Constituciones y Becket respondió que él obedecería en todo “excepto en aquello en que pudiera quedar comprometido el honor de Dios o de la Iglesia”. Por fin volvió a Inglaterra el 1º de diciembre de 1170 y desde el lugar de su desembarco hasta su llegada a Canterbury fue escoltado por un sinnúmero de gente del pueblo armada de broqueles y lanzas. Predicó un sermón que empezó diciendo: “Vengo a morir entre vosotros” y promulgó la excomunión contra Ranulfo y Roberto de Broc, y contra el prior de Harron. Esto colmó la irritación de Enrique II, quien frente a sus barones gritó: “¡Ninguno se atreve a insultar de este modo a su rey y a la familia real! Y ¿ninguno de los cobardes que se sientan en mi mesa será capaz de libertarme de este cura turbulento?” Cuatro de los barones: Reynaldo Fitzurze, Guillermo Tray, Hugo de Morville y Ricardo Briton tomaron a su cargo la ejecución de la sentencia de muerte a que equivalían aquellas palabras. Se dirigieron a Canterbury e interrogaron a Becket sobre quién le había otorgado el obispado, si el Rey o el Papa, a lo que el arzobispo respondió: “Tengo mis derechos espirituales de Dios y del Papa, y mis derechos temporales del Rey”. Aquella frase le costó la vida.

Las repercusiones políticas de aquel acontecimiento fueron incalculables; se le declaró mártir y se le atribuían milagros. Finalmente se decidió su canonización y se le declaró Santo Patrón de Inglaterra; le fue designado un lugar en el calendario: el 29 de diciembre –Santo Tomás Obispo– día en que recibió la muerte a manos de los barones. Fue entonces cuando Enrique II, sin poder ya luchar contra esa figura hecha símbolo, modificó las Constituciones de Clarendon –en 1776– y convino en que en ningún caso el clero debería ser juzgado por los tribunales temporales, excepto por los delitos de caza.

Aun cuando en la obra de Anouilh se tratan en forma profunda las relaciones del Estado con la Iglesia y se marque la fuerza que en un momento dado puede tener Becket como símbolo, más que como persona –como lo asienta en su primer monólogo el Rey–, lo fundamental de la tragedia es la interpretación de la dinámica interior de Tomás Becket. Se ha achacado al orgullo su cambio de vida tan radical, de canciller a arzobispo, pero esta interpretación es superficial; Anouilh va más al fondo en el análisis de las verdaderas razones de ese cambio.

Tomás Becket, en esta interpretación es un hombre que se sentía “sin ninguna razón propia por la cual Ser”. Bastardo de nacimiento, sajón –es decir perteneciente a un pueblo avasallado, puesto que Enrique II era normando y nieto de Guillermo el Conquistador– se sentía sin ningún valimiento personal, sin ningún “honor”, en el sentido medieval, a pesar de ocupar altos cargos. En el momento en que sabe que tiene algo que defender y por lo cual ser: El honor de Dios, prescinde de su frivolidad para llegar a Ser. Y es cuando se enfrenta al poder temporal, en defensa del poder espiritual. Becket, a pesar de ser canciller, no era sino un subordinado del rey; al llegar a arzobispo primado se siente con un poder trascendente. Él podía haber sido el hombre más poderoso del reino por su influencia con el rey, pero no es eso lo que él pretende, por lo contrario, al saber que será investido por un poder espiritual se opone a recibirlo, porque sabe que en el momento en que sea investido con él, se transformará –como sucede– en un hombre que llevará hasta sus últimas consecuencias y sin transacciones la significación de ese poder espiritual.

El verdadero significado de su transformación se encuentra en la frase que le contesta al rey cuando éste le pregunta: “¿Amas por encima de todas las cosas a Dios?” y él responde: “Amo por encima de todas las cosas El honor de Dios”.

En lo que se refiere a la puesta en escena, puede decirse que el Seguro Social abrió su temporada con todos los honores que la obra de este gran autor requería. Ignacio Retes ha logrado sin duda su mejor realización. Cuidadoso en cuanto a ritmo y tono, supo enriquecer la acción interna de los personajes que es la acción fundamental de la obra.

Julio Prieto resolvió los innumerables cambios de lugar que se suceden con gran talento –bellísimo el cuadro del bosque– y de una gran austeridad los de la Catedral de Canterbury, el vestuario es un derroche de lujo y belleza.

Al personificar a Tomás Becket Sergio Bustamante logra su consagración definitiva. Su fuerza y la enorme proyección del drama interno de Becket, con sus mudos conflictos íntimos, que nunca aparecen en forma de diálogo, sino que sólo son revelados entre líneas, tácitamente, pues sólo habla de aquellos que se refieren a Dios, a la Iglesia, al Estado, evadiendo siempre los que se refieren a sus sentimientos personales, al amor, a la lealtad, a la amistad con el rey, es decir a su ser como hombre. Estos sólo pueden adivinarse a través de la actuación, del gesto, de la pausa. Este problema supo resolverlo Sergio Bustamante con verdadera maestría. Estamos seguros que este personaje es uno de los más complejos con que Bustamante se ha enfrentado en su vida teatral y con su interpretación se coloca en la primera fila de nuestro teatro.

José Gálvez realiza también una magnífica interpretación de ese personaje brillante, vital, que es Enrique II, visto por Anouilh. La interpretación de éste es, sin embargo, menos complicada que la del arzobispo, puesto qué es un hombre que se abre, que lo dice todo. José Gálvez da el tono justo siempre, especialmente en todo lo que se refiere al conflicto originado por la lucha que debe entablar con un amigo al que quiere, pero que no le da otra alternativa que la lucha.

Guillermo Orea hace una caracterización del obispo de Londres que demuestra una vez más que en el teatro no existen papeles chicos, él da estatura a su personaje a base de pequeñas pinceladas.

Aarón Hernán, muy justo en su interpretación de Eduardo Gryme. Sobresalen también Alfredo W. Barron, Héctor Andremar, Reinaldo Rivera y otros que por su número nos sería imposible mencionar. Las actuaciones femeninas fueron las más flojas: A Leonor Llausás le faltó la dignidad de una reina –que además lo ha sido primero en Francia, como esposa de Luis VII y luego en Inglaterra como esposa de Enrique II –Lola Tinoco, precipitada en sus diálogos, sin profundidad en su actuación. Erna Marta Bauman –aun cuando canta en forma aceptable– tiene una actuación más que débil, hace caer la escena en cuanto abre la boca. Mary Cristi y Norma Jiménez Pons, cumplen.

En resumen es una representación digna de cualquier escenario del mundo que no debe dejar de ver quien gusta del buen teatro.