FICHA TÉCNICA



Título obra Esperanza de otoño

Autoría Faina Borisova

Dirección Jebert Darién

Elenco Germán Robles, Judy Ponte, Lorenzo López, María Luisa Serrano, Guillermo Herrera. Armando Velasco, Arturo Soto Rangel

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Sala Chopin

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 28 agosto 1960, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

[Esperanza de otoño]

Mara Reyes

Esperanza de otoño. Sala Chopin. Autora, Faina Borisova. Dirección, Jebert Darién. Escenografía, Julio Prieto. Reparto (por orden de aparición): Germán Robles, Judy Ponte, Lorenzo López, María Luisa Serrano, Guillermo Herrera, Armando Velasco y Arturo Soto Rangel.

Después de algún tiempo de no hacer teatro, Germán Robles y Judy Ponte cometen el error de volver al escenario con una obra en la que no hay un solo pasaje que se sostenga. Comienza la pieza por hacernos creer que Germán Robles –don Mateo– con unas cuantas canas en las sienes, es un hombre de 50 años, para lo cual camina con pasitos breves de anciano y la espalda encorvada, y esto en lugar de justificar la edad, resulta inadecuado para un hombre de esa edad. Este personaje se enamora de una joven de 17 años que se enamora, a primera vista, del hermano de Mateo –que es un joven por lo menos con 25 años menos. Don Mateo obliga a su hermano, que es un calavera, a casarse con la joven y nos enteramos en el tercer acto que después de seis meses de matrimonio Irene y Roberto –que así se llama el hermano– tienen un accidente del que él sale ileso y ella muere. Roberto pide perdón a Mateo, perdón que él no le otorga. ¿Qué falta por ocurrir en el melodrama-churro? ¡Ya está! Faltaba un fantasmito. Mateo habla de que la muerte de ella los ha acercado; en ese momento se escucha un canto –suponemos que celestial– las luces se atenúan y una puerta se abre sola; es el espíritu de Irene que entra al estudio del pintor Mateo. Se nos ocurre pensar que si el espíritu quería entrar no necesitaba abrir la puerta, pero, en fin...

En ese momento respiramos... era el final de la obra. Técnicamente hablando, a la obra no la salva nada. Su diálogo es pobre, pero de una pobreza vergonzosa. Los personajes no actúan movidos por una dinámica interior, sino por lo que se le ocurre a la autora. Las situaciones son falsas. Salen sobrando por lo demás dos cuadros completos en los que no se hace otra cosa que repetir: el 2º del primer acto y el 1º del segundo acto. Para mayor remachar, la señora Borisova no tiene idea del porqué se utiliza el telón en el teatro, tal parece que ella piensa que sólo cae para que el público pueda salir a fumar o a tomar un respiro. Ignora absolutamente lo que es construcción dramática.

Por otra parte, Jebert Darién, en vez de corregir en la medida de lo posible los errores, los acentúa. Siendo Jebert uno de los directores que más prometía, a partir de La tierra es redonda, más o menos, da muestras no sólo de estancamiento como director, sino de retroceso. En su dirección de esta pieza sólo se encontró monotonía, ausencia total de matiz; no había pausas, a pesar de la enorme lentitud, pues le faltaban cantidades superlativas de ritmo. De lo que sí hubo en abundancia fue cursilería, tanto por culpa de la autora como del director.

Del reparto es casi inútil hablar, pues bien sabemos que los actores, cuando la obra y la dirección son malas, es una casualidad de uno por mil que se salven. Todos se ven falsos y Soto Rangel, que no estaba anunciado en el programa, dio la puntilla.

Pocas veces se ha percibido en el público mayor deseo de “menear” una obra, como en esta ocasión –y en El macho– y realmente ya va siendo indispensable que se implante como medida profiláctica, el “meneo”, olvidado en México desde hace muchos años.