FICHA TÉCNICA



Título obra Un tigre a las puertas

Autoría Jean Giraudoux

Notas de autoría Xavier Villaurrutia y Agustín Lazo / traducción

Dirección Ignacio Retes

Elenco Ignacio López Tarso, Manola Saavedra, Rafael Llamas, Ana María Blanch Anita Blanch, Rafael Estrada, Yolanda Ciani, Héctor Andremar, Carlos Fernández, José Carlos Ruiz, Agustin Sauret, Óscar Grijalva, Erna Marta Bauman

Escenografía Julio Prieto

Vestuario Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Mara Reyes (seudónimo de Marcela del Río), “Diorama teatral. La actualidad de Giraudoux”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 17 julio 1960, p. 2.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

Columna Diorama Teatral

La actualidad de Giraudoux

Mara Reyes

Un tigre a las puertas. Teatro Xola, Autor, Jean Giraudoux. Dirección, Ignacio Retes. Escenografía y vestuario, Julio prieto. Reparto: Ignacio López Tarso, Manola Saavedra, Rafael Llamas, Anita Blanch. Rafael Estrada, Yolanda Ciani, Héctor Andremar, etc.

Es curioso observar cómo los autores teatrales modernos –y llamo modernos a aquellos que han vivido en este siglo– han tomado la época griega como recurso para hacer un parangón con los actuales conflictos internacionales. Especialmente la guerra entre Grecia y Troya, quizá porque este país desapareció después de aquella famosa guerra y en nuestros días se supone que de haber otra guerra al menos un país –si no es que todo el mundo– quedaría borrado para siempre del mapa. En nuestra cartelera teatral se encuentran precisamente dos ejemplos de este fenómeno: El viaje de la vida –ya comentada anteriormente– que sucede en Grecia en el momento en que Agamenón parte a la guerra con Troya y termina en el instante en que éste vuelve victorioso, y Un tigre a las puertas, cuyo título original es No habrá guerra en Troya (no sé a qué viene ese empeño en cambiar el nombre original a las obras) que ocurre en Troya poco antes de que se desate la guerra famosa. Es decir, los dos puntos de vista, Agamenón, el héroe de la guerra, y Héctor el héroe de la paz.

Giraudoux, con la profundidad, el lirismo y la ironía que lo caracteriza –recuérdese Anfitrión 38, Electra, Sigfrido, Ondina, etcétera– toma al hombre y lo desnuda, satiriza la Ley, el Derecho y crea personajes de gran hondura humana. En una extraordinaria escena entre los dos jefes militares: Héctor y Ulises, hace Giraudoux un balance de los valores de la vida y llega a la conclusión de que la alegría de vivir, la familia, el hogar, la tranquilidad, el amor, no pueden, a pesar de toda su fuerza y su importancia en el devenir histórico, impedir que la guerra, destructora de todos estos valores, se abata sobre el mundo. Es una obra pacifista, ¡sí! y nada más antibélico que ese discurso que Héctor lanza a los muertos caídos en la guerra, pero al mismo tiempo hay en ella un fatalismo expresado en conceptos como el de que a pesar de ganar cada batalla en la lucha por la paz, a pesar de sacrificarse, de humillarse –como Héctor lo hace– sabe Héctor que perderá la última batalla. Y lo más doloroso, nos dice Giraudoux, es que esa guerra será desatada por una mentira. Es por eso que Andrómaca ruega a Helena que ame a Paris, para que al menos el motivo de esa guerra sea una verdad.

Excelente la traducción de Xavier Villaurrutia y Agustín Lazo. Retes en esta ocasión, trabajo con justeza, sin cambiar el orden de las escenas, como en Marco Polo, ni otros alardes parecidos; consiguió el ritmo y el tono adecuados, logró una representación sobria y vigorosa. De Ignacio López Tarso, cada vez que se habla se cae en la repetición, pues es uno de esos actores que cada vez que se presentan suman a su carrera un nuevo triunfo, por eso es inútil volver a insistir en que sabe “decir” –cosa que de muy pocos de nuestros actores podemos afirmar– sabe proyectar la emoción y, en fin… sabe actuar. A Manola Saavedra la encontramos totalmente diferente de aquel Baile de los ladrones; ahora sí es una actriz; hay algo nuevo en ella además de sus adelantos estrictamente técnicos, como el fraseo y la supresión de aquel cantadito que todavía le escuchamos en El error de estar vivo; no podríamos precisar que es ese “algo”, tal vez que se le observa más mujer, menos adolescente. Merece un aplauso sin cortapisa. El reparto es numeroso y no podríamos extendernos en hacer un análisis de la actuación de cada uno de los intérpretes; sólo mencionaremos como sobresalientes las actuaciones de Rafael Llamas, Carlos Fernández –mucho mejor que en sus últimas apariciones–, Rafael Estrada, Anita Blanch, Héctor Andremar –a quien no veíamos desde hace algunos años– y José Carlos Ruiz, quien a pesar de su corto papel destaca por su magnífica voz y calidad interpretativa. Otros actores en cambio, como Agustín Sauret, hicieron peligrar el éxito de la representación. El resto del reparto: Yolanda Ciani, Óscar Grijalva, etcétera... discretos. Es una lástima que Retes haya preferido que Helena estuviera representada más por la belleza física que por la belleza de interpretación, lo que dio por resultado que Erna Marta Bauman –que podrá llegar a ser una buena actriz, pero que todavía no lo es– dejara impávido al auditorio.

El vestuario, especialmente el de los griegos, mediocre, y la escenografía de Prieto, funcional y de muy buen gusto, y sobre todo menos espectacular que la de Marco Polo, lo cual es preferible si tomamos en cuenta el costo desorbitado y hasta cierto punto inútil de esos alardes, puesto que la calidad artística de una escenografía puede lograrse, cuando se es artista –y Julio Prieto lo es– como se dice vulgarmente, con saliva.

En resumen, una obra que no debe usted dejar de ver y, sobre todo, de oír.