FICHA TÉCNICA



Título obra Los empeños de una casa

Autoría Sor Juana Inés de la Cruz

Dirección Salvador Novo

Elenco Yolanda Mérica, Héctor Gómez, Virginia Gutiérrez, Carmen Escorcia, Ignacio López, José Neri Ornelas, Mario García González, Carlos Nieto, Juan Salido

Escenografía Antonio López Mancera

Notas de escenografía Salvador Novo / asesor

Música Carlos Jiménez Mabarak

Grupos y compañíasActores de la Escuela Teatral del INBA

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Eventos Tercer Centenario del Nacimiento de Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Armando de Maria y Campos, “En el tricentenario de sor Juana. Representación de Los empeños de una casa en la sala de Bellas Artes. IV”, en Novedades, 29 noviembre 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Crítica teatral de Armando de Maria y Campos: Los empeños de una casa

En el tricentenario de sor Juana. Representación de Los empeños de una casa en la sala de Bellas Artes. IV

Armando de Maria y Campos

   Creo que Los empeños de una casa se representó este año -tricentenario del que se ha fijado como más probable del nacimiento de sor Juana- simultáneamente en México y en Washington, bajo la dirección, respectivamente de Salvador Novo y Ermilo Abreu Gómez. La representación norteamericana se habrá efectuado, según los pronósticos, el 12 de noviembre, en el teatro de la Universidad de Georgetown, de Washington, y en castellano, naturalmente. Antes de estas dos representaciones, hubo otras dos, la ya citada, en el Conservatorio de Música Mexicano, y otra en el salón de actos del Instituto Pedagógico Angloespañol de esta ciudad, por las alumnas del tercer año de secundaria, Meche González Blanco, Carolina Ortiz, Marta Quijano, Teresita Armida, etc.
     Salvador Novo presentó en el Bellas Artes la pieza de sor Juana con toda dignidad, como un espectáculo moderno, resolviendo problemas -hasta cierto punto fáciles, de cortes hábiles en el texto prolijo, confesó él mismo- para darle un aire de realismo a [la] obra que, por lo que concierne a la escenografía, ésta debía suplirla el público del siglo de sor Juana con pura imaginación. El propio Novo se ha excusado de cualquier falta de respeto al texto, a la acción, o a lo que se quiera, al idear un decorado sintético, sugerente. "El uso alterno -dice- de las seis áreas del escenario para plantear en ellas: arriba a la derecha, sobre un practicable, la alcoba de doña Ana, y mediante un cambio rápido de trastos, otra alcoba de la casa; al centro, arriba, la entrada a los escondites; a la izquierda arriba, la reja tras la que se esconden Carlos y Castaño; abajo, izquierda mediante un trasto, la calle; y en todas las áreas de abajo, con trastos sugeridos, el jardín de la casa, permitieron con el auxilio de la iluminación, también por áreas concentradas, los cambios rápidos de lugar, jugando en silueta la escena de las confusiones", tan ingenua en sí que no imagina uno cómo el público que presidía la "Divina Lysi" podría contemplar verosímil y entretenido.
     La representación de Los empeños de una casa por el grupo de actores de la escuela teatral del INBA, seleccionado por Novo, fue excelente. Todos sabían su parte, pero destacaron en particular la señorita Yolanda Mérida, que hizo de doña Leonor, y el joven Héctor Gómez, que hizo de Castaño, el "gracioso" de la obra. La señorita Mérida posee temperamento, bella voz, que maneja con graciosa seguridad, y Gómez hace alarde de evidente vis cómica y de mucha desenvoltura para actuar. Todos, sin embargo,

merecen ser recordados en esta crónica: Virginia Gutiérrez, Carmen Escorcia, Ignacio López, José Neri Ornelas, Mario García González, Carlos Nieto y Juan Salido. La acción estuvo ilustrada, cuando lo pidió el texto, con música especial de Carlos Jiménez Mabarack. La escenografía, lo poco que de ello hubo, fue ideada por Antonio López Mancera, de acuerdo con sugestiones de Novo, y cumplió su propósito. Al final de la representación los actores recibieron el homenaje del público rodeando un sobrio retrato de la Décima Musa, el de Cabrera, cuyos "ojos grandes, y no poco oblicuos de su ascendencia criolla, de que tan orgullosa se mostraba", parecían buscar entre el público a la "Excelsa María" y al "Invicto Cerda", sus virreyes, para quienes había compuesto la dichosa comedia; "la boca, suavemente dibujada y llena de pasión; la barbilla, redonda e imperiosa", miraba de lejos y no se sabría si sobre sus pupilas o sobre sus labios erraba inquieta y tan sutil como el viento una mariposa de ironía...
     Lástima que no se hubiera podido reconstruir la velada teatral como la imaginó y realizó sor Juana. Primero, la Loa, en la que intervinieron la Dicha, la Fortuna, la Diligencia, el Mérito, el Acaso, la Música, dándole la bienvenida a los virreyes:

     Fortuna.-                   
     Bienvenida sea              
     la Excelsa María,         
     Diosa de la Europa         
     Deidad de las Indias   
 
     Acaso.-
     Bienvenido sea de Cerda, que pisa
     la cerviz ufana
     de América altiva.

     Al final de la segunda jornada se cantó una letrilla en honor de la virreina: "Bellísima María, a cuyo sol radiante", etc., y se representó el sainete primero llamado "de Palacio", en el que intervienen el Alcalde del Terrero, el Amor, el Respeto, el Obsequio, la Fineza, la Esperanza. Vino enseguida la representación de la jornada segunda, y entre ésta y la tercera, otra letrilla que empieza: "Tierno pimpollo hermoso" y el sainete segundo, de actualidad entonces, en el que intervienen como personajes los cómicos contemporáneos de sor Juana, Muñiz y Arias, quienes comentan las derrotas de un comediógrafo -Francisco de Acevedo- que acababa de fracasar con alguna de sus obras; el propio Acevedo, que aparece, protesta de la silva de que fue objeto:

    

     Gachupines parecen
     recién venidos,
     porque todo el teatro
     se hunde a silbos.

     Lo mismo en la comedia, que en los sainetes, se acusa lo finamente aguzado del ingenio de la jerónima y la valentía de su concepto, y, como apunta muy bien Matilde Muñoz, "a través de estas escenas y de estos acentos puede columbrarse todo el brillo de la corte de los virreyes tal como ella la conoció, y en algunas escenas casi se adivina el estallido jubiloso de la carcajada y del aplauso y el rumoreo de los cortesanos, complacidos ante aquella nueva muestra de los talentos de su favorita".
     Se asegura que sor Juana recibía por estas obras magníficos regalos de la propia virreina, y que uno de ellos fue una radiante corona de plumas de colibrí, tal como hubieran podido ceñirla las sienes morenas de las princesas aztecas, tal vez perteneciente a una de aquellas majestades, víctimas de su infortunio.
     La posteridad le ha tejido otra digna de su genio, la que forman la admiración de los pueblos que hablan el rico idioma en que sor Juana fundió sus versos.