FICHA TÉCNICA



Título obra Los endemoniados

Autoría Michel Durafour

Dirección José de Jesús Aceves

Elenco Carmen Sagredo, Marina Herrena, Francisco Muller, Rolando San Martín, Lorenzo Rodas

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Caracol

Referencia Armando de Maria y Campos, “La angustia y la máscara. Estreno de dos comedias de autores nuevos. Los endemoniados de Michel Durafour y Los signos del zodiaco de Sergio Magaña. I”, en Novedades, 22 febrero 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Crítica teatral de Armando de Maria y Campos: Los endemoniados

La angustia y la máscara. Estreno de dos comedias de autores nuevos. Los endemoniados de Michel Durafour

y Los signos del zodiaco de Sergio Magaña. I

Armando de Maria y Campos

    Con escasas veinticuatro horas de diferencia se han dado a conocer al público de México dos obras modernas, de autores jóvenes las dos, que con ellas hacen sus primeras armas y escenas, y, por singular coincidencia, en ambos se tratan problemas que ha heredado al mundo la última conflagración. La primera de estas obras fue presentada en el modesto e incómodo teatro El Caracol con un grupo de actores aficionados, y la segunda, en el Palacio de las Bellas Artes, con los máximos honores por tratarse de la producción de un nuevo e inteligente autor mexicano, dirigida por el hombre de letras a quien el Estado le tiene confiadas las actividades promisorias de la cultura teatral, don Salvador Novo, con alumnos procedentes de la escuela dramática oficial, excepción de una actriz profesional, y contando con los valiosos recursos de escenografía e iluminación de que dispone nuestro máximo coliseo.
     La pieza fue presentada en El Caracol, nacida ayer como quien dice, tiene su pequeña historia. Se llama Los endemoniados, su autor es un joven maduro periodista francés, Michel Durafour, y procede de un concurso celebrado en Europa, el año pasado, para discernir el Gran Premio de Teatro 1950 de la ciudad de Niza. La pieza en cuestión fue elegida como merecedora de dicho premio entre más de 300. Se ha estrenado en México antes que en París, lo que no supone nada en realidad, como veremos.
     Uno de los jurados que concedieron a Durafour el alto premio, Paul Achard, declaró a raíz del fallo que reconocía que la insolencia y el pesimismo de sus personajes corresponde a ese "mal de la juventud" que desde Musset reblandece a Francia en cada época de transformación nacional y social que sigue a una guerra, y que con tan singular habilidad dramática supo condensar, a raíz de la del 14-18, el alemán Fernando Bruckner, en su pieza El mal de la juventud, que estrenó en México María Tereza Montoya en 1941, durante una temporada subvencionada que celebraba en el Fábregas, y que dio al traste con la temporada, menos mal que revelando las capacidades dramáticas de Virginia Manzano. Por su parte, el autor manifestó que no buscaba escandalizar a nadie, y que en sus personajes había, como en toda juventud, algo de monstruoso magníficamente puro al mismo tiempo, etc. Naturalmente, esto bastó para que a Durafour se le emparentara con el Anouilh de sus piezas "negras", con Sartre, con Camus, con Marcel.
    La verdad es que Los endemoniados no

pasa de ser un melodrama discursivo y teorizante de endeble composición dramática, inferior en su construcción a lo más endeble que hasta ahora se conoce de teatro existencialista. Su tesis es amarga, y pesimista, y destructiva. Sus personajes se mueven en un mundo podrido, consecuencia de la angustia que caracteriza la sociedad contemporánea, y que necesariamente produce tipos "endemoniados", cada uno con un conflicto personal; la suma de tantos conflictos personales dentro de los límites de una gran charca, crea la angustia colectiva, de la que nacen los frutos naturales; en el teatro Sartre, Camus, ahora Durafour.
     No es novedad en la historia del pensamiento y del espíritu -ya se ha dicho varias veces- que a los periodos de ufanía confiada, de exaltación del hombre, de la razón, del progreso, sigan periodos "de desfondamiento y ansia". Al gozo naturista del pagano, sucedió la gran ansiedad contemporánea de las invasiones bárbaras, contra la que luchó San Agustín, encajando las cosas en una interpretación providencialista y confiada. A la alegría del Renacimiento sucedió una hora barroca, una hora retorcida. Al enciclopedismo racionalista, la desesperación fúnebre del romanticismo. Y ya metiéndonos por vericuetos filosóficos: al segundo racionalismo alemán, que termina en el sistema de Hegel, el "existencialismo" moderno, desde Kierkegaard a Sartre. Y lo que los filósofos escriben acaban sintiéndolo, imitándolo, los hombres. La filosofía no es tan inofensiva como se cree.
     Un doctor español eminente, Luis R. Candela, ha dicho: si el espíritu fuera susceptible de enfermar, diríamos que la angustia es el sistema cardinal de todas las enfermedades de aquél, como fuera la fiebre para Hipócrates en las enfermedades del pueblo. Pero el espíritu no enferma, y el hombre padece de angustia. La padece no en cuanto a ser, sino en cuanto a persona. La angustia es síntoma de un grave conflicto personal. De allí que la angustia permita la creación de personajes para la escena, es decir, que sea tema para el teatro, hasta ahora, salvo excepciones, mal teatro, y peligroso, porque la literatura, cristal de aumento con relación a las preocupaciones sociales -la novela, la escena, la hoja de periódico- está prestando al mundo, a tal respecto, un pésimo servicio. Líricos, dramáticos y ensayistas hacen de la angustia un término obsesivo, y crean, con materiales mitad reales, mitad inventados, la angustia moderna,

que es pesimismo y ateísmo, y negación de la libertad y licitud de libertinaje; desconfianza y miedo. Cuando la angustia se lleva al teatro sin arte, sin buen gusto, sin dignidad -y qué pocas veces se han hecho- hace mucho daño. Yo aconsejaría reducir estas experiencias teatrales a los límites estrictos de la forma experimental. Esta será la razón, tal vez, de que la pieza de Durafour que El Caracol ofrece al público en general de la ciudad de México a diez pesos la entrada a luneta, no se haya ofrecido todavía al gran público de París...
     Los jóvenes y estudiosos aficionados que la dinámica perseverancia del director José Aceves reunió para interpretar Los endemoniados logran salir airosos en interpretación ingrata de personajes tan miserables. Mejor las actrices que los varones. Estas son Carmen Sagredo y Marina Herrena -no he visto al doble de ésta-, María Idalia; ellos se llaman Francisco Müller, Rolando San Martín y Lorenzo Rodas. La escena, servida por Julio Prieto, muy propia y discreta. La dirección de Aceves, sobria y enérgica, resolviendo con movimientos quizá demasiado realistas las tremendas situaciones mentales que provee un diálogo brutal -es que se han agotado u olvidado los sinónimos castellanos?- discursivo y caudaloso.