FICHA TÉCNICA



Título obra Pequeña historia de horror y amor desenfrenado

Autoría Maruxa Vilalta

Dirección Maruxa Vilalta

Notas de dirección Luis Mercado / asistente

Elenco Luis Mercado, José Luis Castañeda, Mercedes Boullosa, Enrique Castillo

Escenografía Félida Medina

VestuarioFélida Medina

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Pequeña historia de horror y amor desenfrenado de Maruxa Vilalta]”, en Siempre!, 8 mayo 1985.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Crítica de Rafael Solana - Rafael Solana Pequeña historia de horror y amor desenfrenado

Siempre, 8 de mayo 1985

 

Teatro

Rafael Solana

Pequeña historia de horror y amor desenfrenado de Maruxa Vilalta

De las diversas personalidades de la plurivalente Maruxa Vilalta es la de crítica teatral la que predomina en la más reciente de sus creaciones dramáticas, que integran ya a la fecha un currículo copioso. Como en alguna otra de las más recientes (nos referimos a Una mujer, dos hombres  y un balazo) enjuicia en forma caricaturesca algún género teatral, en este caso las piezas inglesas de horror (muchas de ellas nos han llegado solamente a través del cine), como en el anterior las comedias musicales norteamericanas. El ejercicio de la crítica en forma de creación ha dado ya a la humanidad alguna obra tan gigantesca como Don Quijote de la Mancha, el ingenioso hidalgo, pieza que su autor destinó a parar en seco la producción de novelas de caballería, a las que ridiculizó; también obras algo menores que ese monumento, pero que no dejan de tener cierta grandeza propia, como Los papeles póstumos del club Pickwick, de Dickens, o de Alfonso Daudet, Tartarín de Tarascón, Tartarín en los Alpes y Port Tarascón, que en alguna medida alcanzaron sus propósitos.
           
Maruxa esta vez no vuela tan alto, quizás sobre todo a causa de que aprovechó el viaje para también caricaturizar al teatro moderno, abusivamente sexual, mal hablado, con travestistas y nudistas; no sabemos si la señora Vilalta sea experta en el arte de la cocina; pero suponemos que, si quisiera algún día aprovechar que hacía una paella para también preparar un pozole, y mezclar el arroz con los granos de maíz y el azafrán con el chile piquín, le iba a salir un platillo muy extraño.
           
Dentro de la pieza de Maruxa Pequeña historia de horror (y de amor desenfrenado), los elementos dramático-críticos se arañan y se muerden unos a otros como perros y gatos metidos en el mismo costal; por un lado ya la historia del mayordomo, que por supuesto se llama James, con sus carcajadas siniestras, cuchillos y pistolas, y con una viejecita en silla de ruedas (acaba por caminar) y las amenazas de muerte en torno a una presunta herencia, y por otro navegan con sus propias velas un erotismo exacerbado y crudo, que culminará en desnudo integral, y un léxico de taberna, que de seguro la señora Vilalta  ha escuchado en algunos teatros a los que asiste para reseñarlos, pero no vemos por qué tendría ella misma que adoptar en una obra que dedica a su hija, que, suponemos, no será ese un lenguaje que aprendió, ni en la universidad, ni en la casa de sus padres. Absuelve a la autora el hecho; más bien sospechoso, de que haya gente que se ríe el escuchar la nítida pronunciación de vocablos malsonantes, alguno de los cuales están en los clásicos, pero otros solamente en las pulquerías; ese tipo de risas, que una autora como Elsa Benn tiene razón en buscar allá por el rumbo de Garibaldi, desentona un poco en un local universitario de tanta prosapia como Santa Catarina, donde, sin embargo, ya hubo una obra que con todas sus letras se llamó Lástima que sea puta, y otra que era nada menos que de don Renato Leduc, y con eso está dicho todo.
           
El cronista de toros que desea defender a un diestro, le echa la culpa de una mala tarde al ganado, que no ayudó, y el que pretende aliviar al ganadero se la echa al torero, que no pudo con los toros y no supo sacarles partido; pero cuando una autora es a la vez directora, les cierra las puertas a sus amigos y colegas periodistas que no pueden decir ni que el mal director echó a perder una buena obra literaria ni que un flojo autor proporcionó escasa tela en la cual cortar al director genial; como ella misma se lo guisa y se lo come, la señora Vilalta asume en el caso de esta Pequeña historia toda  la responsabilidad, sin aspirar a compartir con nadie.
           
Bueno, sí: con el escenógrafo (en este caso la inteligente Félida Medina) y con los actores. La Universidad se dispone a pasar por una época de pobreza (relativa: más tiene el rico cuando empobrece...) en la que ponemos muchas esperanzas; así como el cine italiano, cuando ya no tuvo dinero para hacer las millonarias Mesalina, El león de Roma o El tigre de Bengala tuvo que poner en las películas en vez de dinero talento, y salieron, de la calle, sin escenografía ni vestuario fabulosos, Roma, ciudad abierta, Ladrones de bicicletas, etcétera, así ahora que ya no se construyan piscinas en escenas ni se utilicen caballos ni cañones podrá esta gran casa, una de las tres o cuatro más fértiles del teatro que se hace en México, exigir que se supla con ingenio la escasez de caudales (la Universidad Veracruzana ya lo hace). No sabemos, por ejemplo, si Félida Medina exigió que el frac le quede grande al mayordomo, o esa fue la única prenda que encontraron en una casa de alquiler. La escenografía viene a reducirse a un canapé, que no va a aguantar muchas representaciones, y la noche del estreno ya tronaba; se podría prescindir de espejos, de canceles, de estucos, y hasta de rampa, haciendo entrar a la tullida por un paso a nivel; sin tantos millones como antes, los escenógrafos se rascarán un poco el coco, y eso saldremos ganando los espectadores.
           
En el reparto lleva Maruxa, y también lo usa como asistente de director, a Luis Mercado, de cuyo trabajo como Johnny en Una mujer, dos hombres... etcétera, quedó tan contenta. Ahora lo obliga a exagerar, a sobreactuar en forma no casual o por descuido, sino deliberada e insistente. Se logra que a los dos minutos canse; y así hay que aguantarlo dos horas; cierto que se trata de una farsa, de una ridiculización; pero hasta la caricatura misma tiene sus límites.
           
A José Luis Castañeda, el actor principal, se le ha vestido(1) no tan bien de lo que la londinense obra habría pedido (por lo menos una corbata); el papel le viene menos que el  que hizo en El extensionista al que no tiene por qué ni para qué intentar parecerse, en el descuido del atuendo. Tiene este personaje mucho menos carne que el que antes hizo, y está cargado con un monólogo que no nada más a él le pesa. De la señorita Mercedes Boullosa pensábamos decir que tiene un cuerpo sensacional y una cara muy mona, aunque en ese rostro uno de los elementos, la boca, ocupa más espacio del que pediría un pintor clásico en su modelo para madonnas; pero nos desanimó de ese juicio el verla desnuda por completo, de donde se deduce que la imaginación supera a la verdad, y que es muy peligroso el nudismo; la ropa la enaltecía y la perfeccionaba. En cuanto al cuarto y  último personaje, Enrique Castillo, a quien se encomendó la tía Emily, preferíamos guardar un cauteloso silencio; la autora pide imposibles de ese personaje, de ello nos dimos cuenta desde la lectura, hace tiempo; se le llama "jotolesbiana", y se le plantean problemas de entonación de voz y de actitudes muy serios, pues ha de parecer un hombre que parece mujer que parece hombre, problemas que Castillo, a pesar de un esfuerzo que lo hizo sudar a chorros, no logró superar.
           
Claro que hay que ver esta obra, pues un Vilalta siempre es un Vilalta, y Maruxa es una de nuestras principales autoras; es más, de seguro habrá espectadores que se reirán mucho y que la gozarán; vimos a personas de nuestras estimación absortas; inmersas en la pieza, y escuchamos frescas risas brotar por todas partes; pero nosotros, grandes admiradores de esta autora (más que de esta directora) no es esta Pequeña historia de horror, a pesar del fuerte contenido que para referirse a ella puede encontrarse en esta última palabra, una de sus mejores realizaciones.

1. El diseño del vestuario estuvo a cargo de Félida Medina. P. de m. A: BIBLIOTECA DE LAS ARTES