FICHA TÉCNICA



Título obra Iglú

Autoría Mark Reed

Notas de autoría Luis Gimeno / traducción

Dirección Luis Gimeno

Elenco Virginia Gutiérrez, Teresa Grobois, Luis Gimeno, Aldo Monti, Eduardo MacGregor, Ignacio García Torres

Escenografía Antonio López Mancera

Referencia Armando de Maria y Campos, “Con Iglú se inicia la temporada teatral 1959-1960”, en Novedades, 5 septiembre 1959.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Crítica teatral de Armando de Maria y Campos: Iglú

Con Iglú se inicia la temporada teatral 1959-1960

Armando de Maria y Campos

    Buena ocasión nos brinda primera crónica de teatro del mes de septiembre para señalar un fenómeno social que se refleja en las representaciones teatrales más que en toda actividad económica, comercial o industrial, como es el inicio de la temporada dramática. Es bien sabido que durante mucho tiempo -largos siglos- las temporadas teatrales en el mundo católico español daban principio la noche del sábado de Gloria, después de un receso de meditación y recogimiento durante la Cuaresma, porque habían concluido una veces oficialmente y otras por consunción, por carnaval o miércoles de Ceniza. Esta costumbre persistió hasta casi un siglo después de promulgadas las leyes de Reforma.
    Aproximadamente de unos diez años a la fecha la ceremonia política convertida en acto trascendente de la lectura de un informe de actividades oficiales por el presidente de la República ante la soberanía nacional, ha venido a marcar un cambio de tiempo. Languidecen las actividades económicas, industriales o sociales en vísperas "del Informe", y renacen como consecuencia de una inyección de confianza o de optimismo después de esta fecha cívica, el 1o. de septiembre, primer acto con aliento patriótico de los que otras circunstancias históricas han agrupado en este mes, noveno del año. A partir de julio principian a caerse del cartel las obras que no han logrado gran favor del público y otras esperan que medie el mes de septiembre y sus afortunadas funciones de la noche del día 15 para bajar del cartel y disolverse en el olvido, en tanto que los teatro cerrados durante meses vuelven a abrir sus puertas y a iluminar sus candilejas apenas se anuncia el arribo del mes de septiembre, como antes ocurría después del receso cuaresmal, limpio el espíritu de pecados y la mente de preocupaciones. Esta última semana de agosto se han abierto temporadas en media docena de

teatros y durante la primera de septiembre nuevas compañías presentarán llenas de optimismo y confianza espectáculos diversos, con la seguridad de lograr la atención del público, como en otrora sucedía después de la meditación cuaresmal. En adelante, las temporadas teatrales mexicanas serán consideradas de un primero de septiembre al 31 de agosto siguiente.
    Por otra parte, el teatro en México se divide, como en el verso de un clásico, "por gala en dos". De un lado el teatro comercial o de empresa, y por esto sujeto y aún obediente a una lógica reglamentación por parte de las autoridades respectivas del Distrito Federal, expuesto a las naturales contingencias de la concurrencia pública, y por el otro el teatro que se origina en los organismos oficiales, en primer término el Instituto Nacional de Bellas Artes -depositario oficial de la cultura en México-, y en segundo -a veces avanzado tanto que casi se quema en la luz de las candilejas-, el que tiene su origen en la Universidad Nacional Autónoma al través de múltiples "teatros universitarios", que si bien provocan cierta confusión y no poca desorientación en el público, en cambio, sacuden de interés o de curiosidad a una parroquia no siempre confiada a un público cuya concurrencia decida el equilibrio entre ingresos de taquilla y presupuestos. Intermedio entre estas dos corrientes de actividad teatral ha aparecido, estos últimos años, un movimiento interesante provocado por el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana.
    La población teatral de que se nutre este triple movimiento es numerosa, pero no vive exclusivamente de este tríada de oportunidades. Procede y se refugia, según el alza y baja del movimiento teatral, que es propiamente la ley de la oferta y la demanda, en el cine sobre todo, en la televisión amorfa pero productiva y hasta en la radiodifusión, invisible, anónima, pero siempre

eficaz. Lo elemental y aun lógico sería sustentar criterios diferentes para enjuiciar a un historiador los dos grandes gajos en que se reparte nuestra cada día más creciente actividad teatral. Y así tendrá que ser a la corta, o a la larga, reconociendo las responsabilidades de quienes todo lo pueden hacer contando en parte mínima con el público, y de quienes nada pueden hacer si no cuentan con la visita del público a las taquillas antes de ocupar la cómoda luneta.
    El primer estreno del ciclo teatral septiembre 1959-agosto 1960 correspondió a una pieza de muy escaso mérito literario y de categoría teatral mínima: Iglú, de Mark Reed, traducida del inglés por Luis Gimeno, y que viene a ser un cuento de aventuras cuya acción ocurre en la región ártica canadiense de Labrador y más concretamente en la cabaña de un radiotelegrafista inglés hasta la que llega víctima de un accidente aéreo una pareja de enamorados ingleses que volaba rumbo a Montreal, para casarse. El accidente de aviación obliga a los enamorados a refugiarse en la cabaña del telegrafista que casi ha olvidado una posible boda con una joven canadiense de origen francés. Se enreda y se desenreda la acción de manera que las dos parejas se convierten en marido y mujer, con la circunstancia de que el aviador se casa con la novia del radiotelegrafista y éste con la de aquél. La acción transcurre en un alegre tono de farsa que da oportunidad para que Virginia Gutiérrez -capaz intérprete de personajes de más jerarquía artística-, Teresa Grobois, Luis Gimeno y Aldo Monti diviertan con desenfado al público, secundados por Eduardo MacGregor e Ignacio García Torres, todos bajo la dirección un poco confusa y a veces atropellada de Luis Gimeno.
    Comedia para pasar el rato proporciona a los espectadores dos horas de risa sana, sin complicaciones. Nada más.