FICHA TÉCNICA



Título obra La pícara ladrona

Autoría Jack Popplewell

Dirección Romney Brent

Elenco Rosa Díaz Gimeno, Rodolfo Landa, Andrea Palma, Claudio Brook, Mercedes Pascual, José Baviera, Alfonso Torres, Armando Velasco

Referencia Armando de Maria y Campos, “La pícara ladrona, comedia inglesa repuesta en México a los treinta años de su estreno”, en Novedades, 29 agosto 1958.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Crítica teatral de Armando de Maria y Campos: La pícara ladrona

La pícara ladrona, comedia inglesa repuesta en México a los treinta años de su estreno

Armando de Maria y Campos

    Doña Rosa Díaz Gimeno de Negrín -sus amigos la llaman Rosita y en los escenarios de España y de América es nombrada también con este diminutivo-, es una actriz española retirada del teatro hace años por su matrimonio con el hijo del famoso político republicano español, que de vez en vez se da el gusto de volver a las tablas para representar personajes que cree le vienen a la medida. El público mexicano la recuerda en Jano es una muchacha, Té y simpatía y La casa de té de la luna de agosto. Este año ha vuelto de Nueva York para representar una vieja comedia inglesa y repetir el tipo -por lo que se refier a la edad- de la primera de las tres mencionadas.
    La obra elegida por "Rosita" es la comedia inglesa, anunciada como de Jack Popplewell, y que no es otra que la muy vieja y antigua, porque ha pasado de actualidad y porque ha envejecido, que la que se comenzó a representar en España por los años de 1921 a 23 con el título de Rata de hotel. Ser viejo tiene sus inconvenientes y sus privilegios. El primero de estos es el de haber visto mucho; uno de aquellos, es el de recordar lo que se ha visto. Yo le vi representar por esos años, en algún teatro de Madrid, el Príncipe Alfonso o el de Infanta Isabel a Amalia de Isaura, esta insignificante comedia que entonces, para los gustos de la época y por quien la interpretaba. Recuerdo a la menudita -como Rosita- y entonces juvenil Amalia de Isaura, aparecer en el primer acto enfundada en ceñido mallón de ceda negra como por aquellas calendas se acostumbraba uniformar a los ladrones de hotel nocturnos. Su galán de esa comedia lo era el que entonces le acompañaba en la escena y en la vida como esposo, un catalán alto, simpático y feminoide, que se llamaba Antonio Martínez y se hacía anunciar como Antonio Martiani, y a los

pocos meses de estas representaciones se separó de ella. A mi regreso a México, Rata de hotel se representaba en alguno de nuestros escenarios, y estoy seguro que la intérprete estaba a cargo de la deliciosa y andrógina María Tabau. Estos recuerdos los traigo a cuento -o a crónica- para que se vea qué vieja es esta nueva comedia que acompañó a Rosita Díaz Gimeno en su último viaje de Nueva York a México para hacernos la ofrenda de su inmarchitable amor por el teatro. ¡Ah! En México se representaba, también, con el título de La adorable delincuente. (Todo ha de decirse para que los recuerdos se redondeen como un punto final).
    El argumento de La pícara ladrona es tan tonto, que da grima referirlo. Una jovenzuela raterilla, hija de una familia de ladrones, se mete una noche en el cuarto de un soltero con el propósito de robar; es descubierta por él y la cosa acaba casándose los dos, par de tontos los dos.
    Con tal piecezuela es imposible que nadie, desde Amalia de Isaura a Rosita Díaz Gimeno, o desde Antonio Martiani a Rodolfo Landa, pasando por Eduardo Vivas -su intéprete masculino en México-, logre una interpretación sería o responsable. Pero por razones particulares de quien menos se puede ewperar una interpretación siquiera ajustada a una realidad convencional es la de la señora Díaz Gimeno, totalmente fuera de edad, por más que su talento, su buen gusto y sus dietas la hagan parecer vista de lejos, como una veinteañera traviesa o picaruela. Su talento la salva a ratos, pero su voz la traiciona cada segundo. Porque la voz no se puede maquillar y porque no existen vitaminas primaverales para unas cuerdas vocales que han hablado muchos años. Cerrando los ojos, el espectador logra la ilusión

perfecta de escuchar la voz de una abuelita simpática. Los abre y claro ésta, se encuentra con una actriz de aspecto juvenil e inquieto, animado por un espíritu que permanece incólume al paso del tiempo.
    Rodolfo Landa no es el actor indicado para un galán de ese corte y de tan escasa profundidad. Verdad es que Landa, solicitado constantemente por productores cinematográficos que se preocupan poco por la calidad artística de sus producciones ha adquirido vicios peliculeros que se advierten de bulto en un escenario. Parece que Landa se conforma con poco, y es lástima porque se encuentra en esa línea peligrosa en que no se es galán, porque se dejó de serlo y empieza a cuajar el actor definitivo. Le falta, o la ha perdido, la costumbre de oír, y un actor que en la escena adivina lo que otro le va a decir, está perdido porque se escamotea a sí mismo la sinceridad o la emoción que debe proyectar en el espectador. El personajillo que hizo Landa no tiene importancia, pero él si la tiene todavía en nuestro medio teatral.
   El resto del reparto cumple a tono con los personajes. Andrea Palma y Claudio Brook intervienen con dignidad profesional. Mercedes Pascual se desenvuelve con simpatía y soltura. José Baviera y Alfonso Torres, lo mismo que Armando Velasco, cumplen vistiendo con desahogo, como cualquier traje ajustable a distintas tallas, sus personajes hechos a la medida de cualquier actor.
    El director Romney Brent no logró darle ni novedad ni modernidad a la vieja y pueril trama con que está armada esta comedia.