FICHA TÉCNICA



Título obra María Tudor

Autoría Víctor Hugo

Dirección Juan Miguel de Mora

Elenco Ofelia Guilmain, Virginia Gutiérrez, Rafael Llamas, Nicolás Rodríguez, Enrique García Álvarez, Leo Filler

Espacios teatrales Alcázar del Castillo de Chapultepec

Referencia Armando de Maria y Campos, “María Tudor, drama de Victor Hugo, en los patios y terrazas del Castillo de Chapultepec”, en Novedades, 4 marzo 1958.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Crítica teatral de Armando de María y Campos: María Tudor

María Tudor, drama de Victor Hugo, en los patios y terrazas del Castillo de Chapultepec

Armando de Maria y Campos

    Juan Miguel de Mora, inquieto y talentoso autor, director y periodista, concibió un espectáculo ambicioso, que ha tenido la fortuna de realizar, primero en un hotel de lujo turístico, de Cuernavaca - y por esto de no fácil acceso al público-, y ahora -a partir del jueves último-, en las terrazas y en los patios del Castillo de Chapultepec.
    Este espectáculo al aire libre es la representación del drama de Victor Hugo, María Tudor, que tuvo su momento hasta mediados del siglo pasado. Quiso Juan Miguel de Mora que el drama hugiano tuviera un escenario insólito, prescindiendo de las tres paredes y aun de la supuesta cuarta, que es el telón, y buscó un lugar distinto para cada acto, trasladando al público frente a la acción, en vez de que la acción cambiara de sitio -como es costumbre inmemorial en el teatro desde que lo inventaron los griegos en Europa, a la vista del público y más comúnmente detrás del telón. Juan Miguel de Mora instaló tres distintos grupos de sillería y graderíos y al concluir cada una de las partes en que dividió la acción de la pieza de Hugo, durante los clásicos entreactos, hizo que el público fuera en busca de la anécdota teatral, a otro patio, con el alegre barullo que tal innovación supone, y aprovechando los grandes espacios que estos novedosos escenarios le proporcionaban hacer intervenir nuevos personajes, y, visibles para el público viajero, escenas de masa con el pueblo amotinado, armado de palos iluminando su propio tumulto con antorchas que daban el espectáculo aspectos fantásticos; con soldados a caballo y cuanto es preciso para crear una atmósfera que a veces fue impíamente turbada por el sonido de las bocinas de los autores que transitaban delirantes abajo, en la calzada de la Reforma, o por el característico zumbido de un

avión que cruzaba atravesando la noche tibia, de luna en creciente. En ocasiones fue imposible evitar que de vez de la niebla de siempre de Londres, tuviéramos por decoración de fondo del asesinato de un rico judío, las miles de luces que convierten en valle de estrellas el que es asiento de nuestra gran metrópoli.
  El espectáculo creado por De Mora en los bellos y amplios espacios libres de nuestro histórico alcázar resulta, por esto, excepcional. La terraza con su enorme balcón al valle de México es bellísima. El patio interior en que se escenificó la sala del trono de María Tudor, con mucho ambiente de utilería, digno de la corte de la discutida reina inglesa, pero no ayudó a la acción hugiana, que resultó poco visible para muchos y tal vez por esto confusa. El acto tercero, en el patio principal, con público, pueblo amotinado y soldados de la reina; con los actores subiendo y bajando escaleras al fondo o actuando agrupados bajo dos grandes arcos, apareciendo arriba, en otra terracilla, adoleció de barullo y no logró concentrar la atención del público, dispersa con tantas cosas como pasaban a su alrededor.
    La innovación provocada por Juan Miguel de Mora no deja de ser interesante, y por el buen gusto en su presentación -vestuario y utilería- merece los parabienes de público y crítica. La dirección que abunda en aciertos  no escapa a las fallas propias de toda innovación.
    ¿Por qué eligió De Mora esta pieza, si pudo aprovechar otras de Hugo, más características de éste en su tiempo extraordinario autor, como Hernani, Angelo, tirano de Padua, Cromwell o Ruy Blas? Cualquiera de éstas hubiera también lucido mucho en los bellos escenarios naturales del Castillo de Chapultepec aunque se hubieran adaptado un tanto acción como argumento. Las situaciones tempestuosas no del

todo históricas, de un amor de María Tudor, reina de Inglaterra, hija de Eduardo VIII y de Catalina de Aragón, nacida en 1515 y muerta en 1558, fueron tratadas por Victor Hugo con una teatralidad que aún es capaz de deslumbrarnos. Estrenando este drama en París, en 1833, ya en 1835 se representaba en nuestro teatro Principal. Debió gustar mucho, porque según programas que conservó, aún se representaba en 1852. Un poco remozado, como Sartre hizo hace poco con Kean, de Dumas, y representando en escenario cerrado, tal vez sería rica novedad, o vieja novedad como son la mayoría de las novedades.
    La interpretación denunciada a cada momento que se práctica en escenarios al aire libre y con micrófonos. Todos los actores hablan ampulosamente -cual debe ser- excepción hecha de Virginia Gutiérrez y de Rafael Llamas. Nicolás Rodriguez, Enrique García Alvarez y Leo Filler cumplen y se destacan por su buen oficio. Ofelia Guilmáin luce muy bien caracterizada, pero da la impresión de que es María Tudor la que interpreta el personaje de Ofelia Guilmáin.
    Buen público, tolerante, comprensivo, y con deseos de divertirse el de esta noche, vivió después el intenso drama de hacer bajar sus autos, uno a uno, por estrechas y peligrosas rampas.
    El bosque lleno de rumores misteriosos, la noche alta de estrellas con su luna en creciente, y "un aire suave de pausados giros", fueron clima propicio para este valiente experimento teatral.