FICHA TÉCNICA



Título obra El amor tiene su aquel

Autoría Carlos Llopis

Dirección Julián Soler

Elenco Maricruz Olivier, Guillermo Orea, Luis Aldás, Ada Carrasco, Rosa María Moreno, Irma Elías, Débora Félix, Armando Velasco, Gerardo del Castillo, Luis Gimeno y Antonio Brillas

Escenografía Xavier Torres Torrija

Grupos y compañíasCompañía de Alfonso Corona y Sergio Arau

Espacios teatrales Teatro Trianón

Referencia Armando de Maria y Campos, “El amor tiene su aquel, de Carlos Llopis, en el Teatro Trianón”, en Novedades, 1 septiembre 1956.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Crítica teatral de Armando de Maria y Campos: el amor tiene su aquel

El amor tiene su aquel, de Carlos Llopis, en el Teatro Trianón

Armando de Maria y Campos

    La costumbre mexicana, practicada fielmente por nuestros directores de teatro durante sesenta o más años, de presentar "el último estreno de Madrid", parece que se ha perdido. Largas temporadas nos hemos pasado, del año 40 al que corre, sin saber qué pasa por los teatros de Madrid. No ignoramos que durante muchos años no ha pasado nada digno de exportarse. La generación de autores que sufrió la guerra que llevó al poder a los vencedores de la república, entró en crisis de liquidación, y durante dos lustros más el teatro español se apoyó en recuerdos y se sustentó de esperanzas, Ahora parecer ser distinto...
     La nueva, o la reciente generación teatral, empieza a dar frutos por demás excelentes. Por causas políticas no ignoradas, los autores prefieren transitar por los caminos de un humorismo extraño que ha sido calificado de "nuevo humor", es Carlos Llopis, de quien han subido a nuestros escenarios cerca de media docena de piezas. Esta que ahora se representa en el teatro Trianón, titulada El amor tiene su aquel, es de reciente estreno y de actual éxito en Madrid. Subió al escenario de la Comedia el 2 de diciembre de 1955, interpretada por la gran actriz de múltiples matices Conchita Montes y por Pedro Poncel, dirigida por Edgard Neville, Llopies sigue la línea marcada por Enrique Jardiel Poncela, que a su vez la tomó de Muñoz Seca, continuador de Enrique García Alvarez. Carlos Llopis no está influido por el Rey de Astracán -Muñoz Seca-. Más bien desciende ­-ahora recuerdo un feliz chiste de Muñoz Seca: ¿de dónde desciende

la araña?... ¡Del techo!- de Jardiel Poncela, maestro en temas absurdos que planteaba haciendo alarde de dificultades y resolvía con tanta gracia como maestría. Llopis ha compuesto una pieza digna de Jardiel Poncela. En tres actos, divididos cada uno en dos cuadros, hace juegos malabares con una anécdota absurda. Una provinciana, casada con un político maduro, no sabe "que el amor tiene su aquel". Lo descubre en una plática de amigas que tratan de rebelar a una chica a punto de casarse, el aquel del amor. Magnifico cuadro, delicioso e irónico, de una transparente finura. Luego, en los cinco cuadros restantes desarrolla un melodramático folletín, tan ilógico como gracioso, durante en que la joven esposa, que ha vislumbrado el aquel del amor en la inesperada visita de un catedrático de literatura, se propone matar a su marido a como dé lugar, con arsénico o dinamita, para después del asesinato entregarse, libre y pura, al galán recién llegado. No logra matar al marido, pero si al ayuda de cámara, a la cocinera y a cuatro politicastros, todo ello dentro de una trama de situaciones tan absurdas como graciosas, y no sabría uno decir si son más absurdas que graciosas, graciosas que absurdas. Inverosímiles lo son, a pesar de las licencias teatrales; pero muy divertidas. El autor no se propuso más, y como en la pieza se trasluce una fina caricatura de un romanticismo provinciano trasnochado y su diálogo es tan fluido como fácil, y tan gracioso como humorístico, el espectador no se llama a engaño y disfruta del "nuevo humor", de este fino humorista madrileño. Llopis tiene el acierto,

de autor que lo es sin trama, de crear personajes muy completos y simpáticos. Todas las mujercitas del primer acto; la protagonista -Andrea, creada en México por Maricruz Olivier, que está muy simpática y logra un serio avance en su carrera tan cargada de triunfos-; el político provinciano, que lo mismo es español que americano -creado con calculada sobriedad de efectos cómicos por Guillermo Orea-, y el catedrático Rufino Fernández -muy bien caricaturizado por Luis Aldás-. El grupo de jóvenes actrices que intervienen en el primer acto, que en realidad sobra a la acción general de la comedia a pesar de que es excelente, luce mucho en detalle y en conjunto; Ada Carrasco, como yucateca; Rosa María Moreno -que hace el mejor personaje que le he visto-, en la casadita enterada; Irma Elías, en la novia ignorante, y Débora Félix, en al solterita impaciente. El resto no desentona en tan excelente interpretación y cada quien -Armando Velasco, Gerardo del Castillo, Luis Gimeno y Antonio Brillas- está en su sitio. todo ello abonado a la concienzuda y cuidadosa dirección de Julián Soler.
     El arquitecto don Xavier Torres construyó dos magníficos salones cuidando de todo los detalles para darles un aire provinciano. Otro acierto más de quienes eligieron la comedia de Llopis para dar ratos de alegría al publico, en la adaptación de México provinciano de 1910.