FICHA TÉCNICA



Título obra La herida luminosa

Autoría José María de Sagarra

Elenco Fernando Soler, Lorenzo de Rodas, Ofelia Guilmain, Virginia Gutiérrez, Mario Torres

Escenografía Jorge Galván Burgos y Rubén Galván Burgos

Espacios teatrales Sala Chopin

Referencia Armando de Maria y Campos, “La herida luminosa de José María de Sagarra, por Fernando Soler, en la sala Chopin”, en Novedades, 20 julio 1956.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Crítica teatral de Armando de Maria y Campos: La herida luminosa

La herida luminosa de José María de Sagarra, por Fernando Soler, en la sala Chopin

Armando de Maria y Campos

    José María de Sagarra, autor de origen catalán, nacido en Barcelona en 1894, que hizo sus estudio de bachillerato con los jesuitas y la carrera de Derecho en la Universidad de la capital catalana, es uno de los mejores autores de teatro contemporáneos -en México se ha presentado ya en catalán, por Ema Alonso-, cuya pieza dramática más reciente acaba de estrenar Fernando Soler en la Sala Chopin, al frente de un notable conjunto de profesionales con un éxito impresionante de público, que viene a confirmar el extraordinario que alcanza en España, y reivindica para nuestros espectadores responsables una categoría que no es capaz de empañar la ola de piezas mediocres que venimos soportando desde hace más de dos años.
     La herida luminosa ha batido el récord teatral en España en los últimos veinte años. En catalán se han hecho en dos años más de mil representaciones, y en castellano, vertida por José María de Pemán, permanece todavía en el teatro Lara, de Madrid, desde mediados de diciembre pasado, y tres compañías más la siguen representando por toda España. La herida luminosa es fundamentalmente una obra de teatro. Su principal mérito como obra teatral descansa en su admirable construcción dramática, como la que en todo momento el autor descubre su garra -que desgarra la emoción del público-, interesando al público desde la primera escena sobria, estremecedora, espantosa, y lo lleva creciente interés a los dramáticos finales de actos, culminando en el del epílogo -la acción está distribuida en tres cuadro breves y un epílogo-, que produce calosfríos físicos y espirituales. La técnica de José María de Sagarra es sobria, directa, eficaz. Las escenas de La herida luminosa son las indispensables para que la acción avance como

 

flecha directa al corazón del público; los cuadros son brevísimos por lo relampagueante de la acción y por la sorprendente economía de personajes, los indispensables en el drama, y porque nadie dice una frase o una palabra de más o de menos, no obstante que a veces -durante la única escena del segundo cuadro- se encuentran solos dos personajes. Pero no es éste el único mérito que recomienda la pieza dramática de Sagarra. El de más calidad es quizás la seguridad en el trazo de los personajes, hervida, concentrada la personalidad, reducida a esencia la psicología de cada uno de ellos, de tal manera que con unas cuantas frases el personaje se denuncia por dentro y por fuera, mientras la anécdota avanza, segura, a un final lógico dentro de la tesis que con extraordinaria habilidad se propone el autor, sin permitir un respiro a nadie, fuera o dentro de la escena, como la vida cuando obedece las órdenes del implacable destino.
     La tesis es sencilla y humana. La lucha del mal y del bien. Un ateo con motivos suficientes para no creer, planea el asesinato de su esposa, de la que vive separado por abismos de doctrinas puesto que ella cree en Dios y ha dado su único hijo a la Iglesia, para casarse con una sobrina de ambos. Todo le sale al revés. La sobrina cómplice muere en un accidente automovilístico, casi en el instante mismo en que la esposa condenada por el marido y la joven amante en potencia va a tomar la droga fatal e instantes después de que el joven sacerdote ha venido a consultar con el padre cardiólogo sobre una dolencia de horas después le arrancará la vida en presencia de los padres y, claro, del público aterrorizado y convencido por el autor de que Dios sabe cómo y cuándo sacude a las almas, y les da golpes capaces de

producirles heridas definitivas. Ante la evidencia del castigo divino, el descreído ve, por fin, la luz al través de la herida luminosa que le parte materialmente en dos el pasado, el presente y el futuro de su vida.
     La interpretación es, como la tesis de la obra y la obra misma, de una sobriedad y una hondura singulares, impar en verdad. Fernando Soler da cátedra auténtica de actor eminente. Cada palabra suya, y todas están cargadas de matiz; cada uno de sus movimientos , y todos están teñidos de ironía, de cinismo, de nerviosidad, de congoja o de angustia, revelan al actor que para lograr esa difícil facilidad ha vivido su vida íntegramente en el mundo ingrato de los escenarios, en el que se ahogan tantas ilusiones y se pierden tantos esfuerzos, pero que, cuando el triunfo llega, es como una herida luminosa. Se consagra como el gran actor -galán auténtico- Lorenzo de Rodas, quien alcanza cumbres de excepción. Ofelia Guilmain se afirma como actriz dramática de innegable profundidad, y Virginia Gutiérrez se muestra frívola y perversa, muy inteligente en su breve y difícil paso por la escena. Otra gran actuación es la de Mario Torres, quien dice su parte -nada menos que la tesis de la pieza- con una seguridad y una sobriedad dignas de su larga y estudiosa carrera de actor de mérito. La escenografía, de los hermanos Galván, se limita a enmarcar la acción y a servir de fondo a los personajes; cual debe ser.
     Creo que La herida luminosa, de José María de Sagarra, es una gran pieza de teatro, independientemente de la humana tesis que sustenta, que habrá de interesar verdaderamente a nuestro público, con la noble circunstancia de que está admirablemente interpretada.