Reseña Histórica del Teatro en México 2.0-2.1  |  Sistema de Información de la Crítica Teatral

María Luisa Mendoza

Confesiones de tribulación

Atribuladísimamente atribulada, la encargada de esta escénica sección, cuyo lema villaurrutiano de "La escena está servida..." ha dejado de funcionar, se dirige a ustedes frente a infinitas mesas vacías que, semana a semana más recuerdan aquella novela de La balada del café triste, que Trece a la mesa... Entonces, y pensando optimistamente que lo óptimo me es dado en lectores, trataré de pegüeñar [pergeñar] una excusa, un mea culpa, un acúsome padre, y expresar de pasada, que es, después de todo de lo que se trata, mi trauma antiteatral.

Una vez más suplico me sea excusada la libertad de usar la primera persona del verbo, más no es aquí una presunción, un atrevimiento (quien me enseñó periodismo obligóme lenta, pero inexorablemente a no decir "pienso y aseguro", sino "se piensa" se asegura”... luego salté al "uno piensa", etc., porque como que se disimula...), sino que es precisamente a esta entidad mujer a la que le ocurren las tristes cosas de las mesas y los cafés.

Harán unos quince años empecé a escribir críticas de teatro, recién salidita de la escuela de Bellas Artes. Pero a escribirla exhaustivamente como si el teatro se fuera a acabar. No había obra nacional o extranjera, profesional o aficionada, estudiantil o de concurso que no atestiguara. Empecé a tener enemigos y de entre ellos adquirí a mis mejores amigos. Lo que me parecía bien lo elogiaba sin medida igual que destrocé, inútilmente, claro está, lo que a mi entender le hacía daño al desenvolvimiento de ese gran arte heroico y sobreviviente del teatro. Todo esto, naturalmente inútil del pe al pa.

El tiempo, con todos sus símbolos de tránsito: el reloj de arena, el viejecito de fin de año con guadaña, etc., pasó y el teatro capoteó cuanta crisis le sobrevino..., la última fue el cierre de los teatros del Seguro Social. Pero a mí se me fue acabando la gasolina..., los males se repetían, la irresponsabilidad no cesaba jamás, y el setenta por ciento de las obras llevadas a escena eran verdaderos bodrios sin exoneración ni absolución posible.

Entonces empecé a experimentar algo que por lo general les ocurre a muy pocos de mis respetabilísimos colegas: mientras más teatro veía, aquí y en el extranjero, menos ganas me daban de ir al teatro... Es decir, que con la comparación sensacional de las grandes puestas en escena, las obrillas menores sufrían un menoscabo que se merecían y la preferible ausencia de quien esto escribe, a su cara larguísima de aburrición. Empecé a hacer, traté de llevar al cabo lo que Fausto Castillo recomienda: salirme del teatro al primer acto. Una horrible pesadilla, porque no era gran pesar, me invadió al recurrir a este subterfugio, porque si bien es cierto, que la ausencia, como el sueño, la carcajada y la tos, es también una opinión, me parecía que pecaba de irresponsabilidad. Entonces, ante la perspectiva de sentir que se me asestaba un acto intolerable, y que si me retiraba me remordía la conciencia y si me quedaba, el sacrificio me parecía más allá de mis fuerzas, empecé a faltar a muchos estrenos. Tal vez a demasiados. Hasta que me encontré de buenas a primeras, en el camino de la madurez intelectual —valga la presunción otra vez— con que ya casi no asistía al teatro, más que a una obra a la semana. Yo contemplaba con envidia a mis colegas, a Juan Tomás que no se pierde nada, a Marcela del Río, incólume a toda la cartelera, a Rafael Solana que hasta viaja a los suburbios de la capital, al norte, al sur del país... ¿Y yo?.. Con los espectáculos del INBA, con los de López Miarnau, con los de Gurrola, con los de Alexandro, con los universitarios me conformaba... ¿Y mis lectores que no están cansados, que lo mismo miran Libertad, libertad que Los cuernitos? Es esta pues, la razón —si me asiste— por la que mi Gallito no ha dado sus cacareos teatrales. No trataré de enmendarme, creo que por nada volvería a mi adolescencia de todo por montones. Pero sí, buscaré, entre lo menos malo, algo que pueda yo analizar, dentro de mi posibilidad y verdad. Pero, no podía pasar un domingo más sin confesar, a los que me leen —gracias mil— las angustias, penas y mortificaciones que me han alejado de la escena, para la que vivo y sirvo, perdonen pues.

El Gallo Ilustrado, no 211, supl. de El Día, 10 julio 1966, p. 4.

Conceptos de crítica teatral

¿Quiere usted dar una conferencia sobre la crítica de teatro?

La pregunta es lanzada con toda naturalidad, como si fuera una invitación para tomar chocolate y pastas en una reunión de familia. ¿Quiere usted té, Pamela?... ¿Azúcar en su café, Gundelinda?... ¿Le gustan los pastelitos, Julieta?... Se queda una perpleja y azorada. ¿Hablar de la crítica teatral desde un escenario? El método a la inversa. 'Los conceptos en voz alta y ante muchos pares de orejas, como si se recitara un monólogo exponiendo las más íntimas verdades.

El traje no importa. Se puede llevar uno en rojos hirientes para asemejarse a Yocasta. De tela lujosa, como en el medievo. Vestida al modo de las mujeres enamoradas de Terencio: una Flaminia o una Rosaura. O de negro, todo en mallas, algo que recuerde a Hamlet. Despeinada y terrible como Laurencia. El crítico de teatro es, según mi personal definición, un San Sebastián que entra a los estrenos erizado de cuchillos. Los encajados en el cuerpo que le han lanzado sus criticados. Los que lleva en las manos, en los ojos, en el cerebro, listos para dar en el blanco del escenario.

Un crítico de teatro tiene mucho de heroísmo al cumplir su misión. No es ese señor que se acomoda resignadamente en una butaca por la que no pagó nada, y va a cubrir una fuente de información periodística. Su ánimo no descansa y afloja ante el espectáculo que le ofrecen, le regalan, gratuitamente. Ha perdido ese gozo del divertimiento que sabrosamente resbala en un espectador común. Despiertos, sus sentidos van recorriendo todas las gamas y texturas que ha acumulado en sus estudios previos. Debe estar alerta a la obra, desde su estructura visible al través de la palabra, los diálogos correctos, la gramática exacta, la dicción impecable; hasta la interpretación individual (si el actor proyecta sus emociones dentro de los cánones y estilos que el género interpretado pide). Cómo se desplaza en el escenario: lleva la ropa con soltura, ya sean las galas de un rey en el apogeo de su dominio, o los pobres trapos de la aldeana en la miseria. Debe el crítico aprehender el más leve movimiento de un rostro lejano, la intensidad de una mano en alto: abierta a la imploración, apretada cuando amenaza. Y si estas tareas ya son excesivas y agotadoras, añádanle ustedes, futuros mártires de la crítica, la atención a la labor directriz, base sobre la que se sustenta el complicado andamiaje de una correcta postura en escena.

Y la mirada presta a la escenografía: color, línea, atmósfera, época auténtica, funcionalismo, belleza. A la iluminación, que es como dar luz a un nuevo día de la creación.

El crítico sale de la representación y escribe.

Por eso, a la pregunta de ¿quiere usted dar una conferencia sobre la crítica de teatro? una piensa de inmediato que es una especie de castigo sin venganza. Y que hay que hablar y hablar "alzando la voz a la mitad del foro", bajo las diablas descaradas, tras el proscenio, con un vaso de agua junto, sola y su alma, como el actor en el tremendo cumplimiento de su deber.

"Ser crítico un día tras otro, equivale a poner una fábrica de enemistades", escribió Ortega y Gasset.

Y ser crítico, añado yo, es convertirse ya para siempre en un desvelado espectador, un eterno comprador de libros, un lector acucioso que va llenando sus estantes de tomos que serán sus tenaces tumbas.

Mucho se ha gritado en cafés y tertulias a donde concurren los actores cuando se cierra el telón, que en México la crítica de teatro es improvisada. Y tal aseveración dicha a las dos de la mañana tiene una cierta vigencia entre los que cenan sin maquillaje y con fatiga. Evidentemente los desahoga. Sin embargo, habría que abrir un. jurado popular compuesto por actores tempraneros para que después de un examen minucioso a la cultura de cada uno de los críticos, fueran éstos aprobados con menciones honoríficas, por unanimidad o seis de panzaso. No se pueden tachar de incultos a los que por una propicia edad y avanzada reuma en la redacción, a los que han envejecido deveras, sin ligarse ya a la rebeldía de la juventud, rechazan a Ionesco, arrugan a Tennessee Williams, desconocen a Georges Schehadé y catalogan en el puro esnobismo a Samuel Beckett. "Son los creyentes de toda antigualla" dijo Edgar Allan Poe.

Es la eterna cuestión de gustos, en los que la cultura tiene mucho qué hacer pero no es definitiva. No trataré aquí, de aprovecharme de un público generoso u obligado, para defender la improvisación de la crítica mexicana. Sino de instar en un acto del cual probablemente me arrepentiré más tarde, a una amplitud de criterio, el mismo que a la crítica se exige con la desesperación de un actor al que le cierran la puerta de su amada en el último acto. Me apoyo simplemente en Óscar Wilde que opinó: "El supremo vicio es la estrechez de espíritu".

En desagravio a la insobornable actitud de esos individuos —encastillados en su teatro de hace treinta años— viene al caso una defensa de Baudelaire: "Preguntad a uno de los tales por qué cree esto o aquello, y si es de recta conciencia (los ignorantes lo son, generalmente), os dará una respuesta análoga a la de Talleyrand cuando le preguntaron por qué creía en la biblia: "Creo en esa obra, —dijo— lo primero, porque soy obispo de Autun, y en segundo lugar porque no comprendo nada absolutamente de ella."

Ocurre con la crítica de México, y con la de todo el mundo, que ésta dispone de muy poco espacio para ahondar hasta las raíces en las fallas e incorrecciones de una puesta en escena. El crítico tiene que luchar con su única cuartilla —cuando es la colaboración para un diario— en la que deben caber en pocas palabras muchas ideas. El colaborador de una revista, cuenta con tres hermosotas y blancas cuartillas, en las que deben ir —lógica de director— tres obras analizadas.

Muchos críticos escriben en la redacción de sus diarios. Entre gritos y sombrerazos, timbres telefónicos, y la pelotilla de los chistes rodando por el suelo sucio, negro, obvio, tonto, cruel... El periodismo profesional no es ni mucho menos una tía benévola que deje jugar a sus sobrinos en la calma de una tarde provinciana. Hay que hacer el artículo en un cerrar de ojos, en un tronar de anular y pulgar, sin la amada compañía de los libros de consulta y fuera del cascarón de un silencio promisor.

Luego... la batalla con ese Goliat moderno y petulante que es la publicidad. Dueña y señora de las cabezas que dirigen los periódicos, la publicidad asoma su garra inmunda para acallar la verdad en el crítico. Hay algunos que la aceptan, y hasta la invitan a sentarse junto a su máquina de escribir. Pero un crítico honesto debe ser inflexible, recto y definitivo. Ni un roce con el monstruo. Ni una palabra con el gigante. El crítico de teatro debe ser, en este terreno, una carmelita descalza que no vea, ni oiga, ni entienda nada que suene apenas a murmullo de publicidad.

Hay que creer, señoras y señores. Tener fe. En un mundo que da vueltas como bailarina enloquecida, que enseña el hongo. de encaje de la bomba. atómica, hay que creer. Tener fe. Y la oración, el acto de fe de un crítico es: la verdad.

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¿Hay inmoralidad en la crítica teatral mexicana? Cuando se está dando una conferencia sobre el tema es cobarde y pusilánime dejar pasar esta interrogación, resultado de una larga campaña de ataques provenientes de malos actores, mediocres dramaturgos, señoras que creen ser actrices, empresarios rijosos, o directores de dedo.

La moral: esa casa de apartamientos donde vive, en el piso bajo, la niñez al alcance de los tejocotes con piloncillo y los pirulíes. En el de los anchos balcones: la adolescencia —todo un abrazo de montañas para ella sola—. En el más aireado, la juventud. Y en el de los horizontes, la azotea, la madurez.

La moral: que es cobija y fruto jugoso, intemperie y hambre enflaquecida...

La moral, en el teatro, se ha convertido en el azote mayor. Bajo su bandera se amordaza a La Celestina, se destierra a Ugo Betti. Que no se hable de sexo, que no se denuncie, que no se escriba en el muro el nombre de Dios.

La moral es invariable, dicen nuestros padres. Y los pobres de espíritu cuelgan de la frase al teatro para ahorcarlo por licencioso.

Hay inmoralidad en todo el universo. Se comete en ruso, inglés o español, eso no importa. Cáncer de nuestro tiempo que hace cojear a "esa gran herejía de la decrepitud" como llama Baudelaire al progreso, amarra al arte y asesina la paz. Y si la inmoralidad se abate pertinaz en gobiernos e individuos, ¿cómo no contagiar, aunque sea un poco, a la crítica teatral?

Inmoral es: un crítico que hace pactos y alianzas con la publicidad. Inmoral es un crítico que emite sus juicios por simpatías u odios. Inmoral es el crítico que, juez y parte como autor, director o representante, no se detiene en el silencio y escribe su propia crítica, faltándose así a la más elemental ética profesional y respeto propio.

Pero estamos en el tiempo de la denuncia. Y no engrosaré las apretadas filas de los que señalan y tiran piedras. Baste enumerar lo que en mi concepto mancha y entorpece la crítica de teatro.

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El crítico de teatro, por lo general es una especie de cereza que adorna el postre del periodismo. Todavía no he encontrado en mi experiencia profesional, a un director que se dé cuenta de lo que significa esta labor, distraídos como están en los tantos por cientos de la publicidad y los talonarios de sus chequeras. Apenas una mujer, directora, comprende y otorga libertad.

Para aquéllos, los espectáculos que cuentan son los que dejan dinero. El mundo del deporte: el edificante box, las estéticas luchas, el base ball de ligas mayores, el viril foot ball americano. También la industria cinematográfica es productiva. Y por esto mismo le dan planas y planas sin suponer siquiera que un churrito de Orol es incomparable con Pirandello o Giraudoux.

La radio. La televisión. ¿Pero el teatro?... ¿eso que sirve para insertar en la última plana de anuncios una minúscula cartelera del tamaño de los avisos de ocasión?

El teatro no da nada. El teatro está seco. El teatro es yermo. El director de periódicos le da la espalda irremediablemente.

¿Por qué extrañarnos de que haya directores periodísticos que ignoren quién es Bernard Shaw, Shakespeare, Ibsen, Usigli, Carballido, Magaña, Inclán?

Se les anuncia la llegada de Jean-Louis Barrault y se quedan mirando sin expresión, en un gesto mudo digno de Marcel Marceau. ¿Qué está aquí Jean Vilar? ¿Dueño de algún restaurant? Contra este derrumbamiento de conocimientos ¿quién puede? ¿acaso la crítica?

Para ese director, el crítico de teatro es un loco que escribe para darse gusto entrando gratis a los espectáculos. Una manera de razonar muy similar a la de los empresarios. Un chiflado a quien es fácil despedir del periódico con cualquier pretexto y a la menor provocación, sea por reajuste, escasa publicidad, etc.

En realidad el trato con directores merece un largo ensayo firmado por un grande de la observación. Alguna vez uno de esos directores insistió en hablar conmigo ¡de teatro! Se trataba de una obra mexicana, Los cuervos están de luto, de Hugo Argüelles. Conforme avanzaba la conversación yo iba percibiendo el meollo del asunto. Él, su esposa y dos parejas más habían asistido a la función de moda de Los cuervos. Antes de acabar la representación, y en vista de que les pareció insoportable el humor negro del autor, abandonaron la sala.

Entonces el director se remitió a la publicación que tiene a su cargo para leer mi crónica al respecto. Yo era culpable de que hubiesen echado a perder su sábado; ¿cómo era posible que recomendara tal atrocidad? Repuse que esa aburridísima comedia sin duda iba a ser considerada por la crítica como una de las tres mejores del año, y que tal vez hasta el premio respectivo se llevara. Y renuncié a mi puesto para que lo cubriera su esposa o sus amigos, ya que diferiendo en opiniones, las suyas representaban al sector burgués, de pieles y orquídea al pecho. Y yo, al del abriguito de paño...el doloroso amor al teatro.

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La efectividad de una crítica puede comprobarse en las reacciones de los actores. Si no ocurre algo desagradable: un calificativo más, una calumnia al género, una deformación a la conducta del crítico, es que fue aceptada como irremediablemente justa, o como imbécil.

Es obvio aclarar que si el "crítico" por su parte no analiza, y sí en cambio ejerce brutales ironías o invade sin derecho aspectos que pertenecen rígida y exclusivamente a la conducta y la vida privada del actor, está cometiendo un grave pecado de ética y moral. De esos malversadores del periodismo no puede hablarse cuando se está refiriendo una a los aspectos de la crítica teatral.

También es inútil insistir en todos los insultos, agresiones, infamias que han sido volcadas en el crítico. A tal desfile de infamias solamente falta una peor, la más atrevida en nuestro tiempo, la más peligrosa: que se diga de él que es un comunista...

Y he de volver a Ortega y Gasset, que después de todo es uno de los grandes cerebros que ha dado España. Porque algunas de sus reflexiones sobre la crítica son de asombrosa lucidez:

... "Esta labor —dice— es de todas las faenas literarias la que exige mayor denuedo y atrae más riesgos. El paisaje artístico de ahora se compone casi íntegramente de principios. Centuplica esto las dificultades de la crítica. En otro tiempo podía el crítico simplemente comportarse como un juez: partiendo de un código establecido, sentenciar sobre el hecho concreto. Ese código preexistente amparaba sus resoluciones y cobijaba su criterio. Pero el arte de nuestro tiempo, desde el fin del impresionismo en pintura y del simbolismo en poesía, carece de códigos sancionados. El crítico tiene que operar a la intemperie y a campo traviesa; al mismo tiempo que juzga una obra tiene que conquistar autoridad para la ley general que aplica. Noten ustedes, que salvo en la ciencia, pasa esto en todos los órdenes de nuestra vida. Así, pronto hemos de asistir en toda Europa al gran espectáculo de una vida política exenta de principios vigentes. Hasta ahora existieron siempre por lo menos dos: el que consagraba a los poderes establecidos y el que inspiraba a las potencias revolucionarias.

"En el orden estético todo se ha hecho problemático. No hay dimensión de nuestra sensibilidad artística que no lo sea. Se ha hecho problemática nuestra relación estética con el pasado. Es problemático el presente y es un absoluto problema el porvenir. Claro está que yo no digo todo esto en tono elegíaco. Todo lo contrario: lo digo con complacencia y en sesgo optimista. Porque me parece para todo espíritu elástico y enérgico mucho más grata la vida en un mundo sembrado de problemas que en un paisaje atestado de soluciones. Sentir la fruición de lo problemático, deleitarse en su riesgo, es síntoma de que no está uno consignado al corral."

Hasta aquí la opinión de Gasset.

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Este oficio nuestro, que nadie nos obligó a adquirir, parecería en un principio el fácil desahogo de una larga cadena de complejos. El complejo de culpa por no haber escrito una obra de arte imperecedera. El de superioridad que consigna todas las mañanas, frente al espejo: una mayor altura, ausencia total de rugosidades, y en la mirada el depósito de la verdad, seguro vitalicio para vengar al mal teatro por cualquier medio posible.

Las causas que hicieron a un crítico son múltiples y los resultados van lógicamente anudados a ese principio. Muy probablemente retrocediendo los pasos andados por cada crítico, e investigando el impulso, la causalidad que lo llevó a convertirse en vocero y juez de los acontecimientos teatrales, sea posible dar con la explicación, hallaría clave que traduzca su postura al escribir y al pensar.

Se observa un divorcio existente en la actualidad entre los gustos del público y las opiniones de la crítica. Pienso que es un fenómeno común a todas las épocas y que conduce a exclamar a los unos "¡domina el mal gusto!" y a los otros "¡no hay crítica!" y esto dicho en el colmo del ensañamiento hasta pecar en la injusticia.

Lo que pasa, por lo menos en el caso de México, es que estamos conformando la niñez de un teatro nuevo. Hace apenas unos cuantos años, doce más o menos, tomando como referencia a J. Jesús Aceves y a Arce, iniciadores indiscutibles del movimiento actual, que un teatro completamente diferente, chirle, obvio, hueco, se paseaba por los escenarios como gorda coupletista pronunciando la c y la zeta. Teatro de conflictos familiares "municipal y espeso". Teatro para digerir dentro de la más estricta decencia.

Eran los últimos balbuceos de un anciano moribundo que negaba tercamente la Revolución, catalogándola como un hecho en el que tomaron parte nada más "los pelados". Y suspiraba el anciano desde su mortaja de sábanas por el perfume francés, las fiestas del centenario, y la hora del rosario en la sala de la hacienda, presidida por los bigotes de Don Porfirio.

Con la renovación, que ya planeaban y llevaban al cabo los galanos grupos encabezados por el Teatro de Ulises (sus creadores: Novo, Villaurrutia, Gorostiza, Owen y Antonieta Rivas Mercado); Escolares del Teatro y Teatro de la Universidad fundados por Julio Bracho; el Teatro de Orientación realizado y dirigido por don Celestino Gorostiza y en el que participan nada menos que don Alfonso Reyes y Rodolfo Usigli. Y por fin el Grupo Proa de Aceves. Con la renovación, pues, viene un alud de estilos dramáticos que solamente una milésima parte del antiguo público recibe con agrado. Para mentes adocenadas en el puro disfrute y sin la mecánica del pensamiento, era inaccesible ese idioma que a pasar de ser el español ya no rendía vasallaje a España.

Y aunque ya se habían puesto obras de O'Neill, Strindberg, Sófocles, Eurípides, Moliere, Cervantes, Chéjov, Shaw, Molnar, Lenormand, Giraudoux, Pirandello, el cambio de repertorio que compiten con el llamado teatro comercial, es demasiado brusco para el público.

Y si en 1949 se abre el teatrito Caracol —que era una especie de uñita del mar, retorcido y fresco— parece que lo empujan a la playa La Linterna Mágica de Retes, El Teatro de Arte Moderno de Jebert Darién y Lola Bravo; El Teatro Estudiantil Autónomo de Xavier Rojas. Todos ellos jugando por tirar las muletas, el té a las cinco, las rosas de papel y la acción en Madrid.

Doce años de labor han ido desidiotizando poco a poco a los teatrófilos. Por la dulce trampa del teatro comercial, el digno, han desembocado muchas veces en una sala donde se encuentran de buenas a primeras con un teatro de pasión y sacrificio. Y lo que es mejor: se quedan.

Así, poco a poco la preferencia por el vodevil —que aquí tuvo trono y reinado feliz— se luye, es sustituída por una exigencia irrevocable. Para oír sketch la gente va al teatro de revista. En el teatro de comedia reclama ver y oír: teatro.

La crisis es un hecho en los foros año tras año. El pesimismo cunde, sobre todo en actores que ayer eran "geniales" y hoy sólo merecen ser calificados de "pretéritos pluscuamperfectos". No obstante dicha crisis, somos testigos de una respuesta en la taquilla cada vez mayor.

A pesar de las críticas y los ataques, nunca hubo tal conmoción de parte del público como la que hasta la fecha ocurre con una obra de Sófocles. El que Edipo Rey, anacrónico o no el vestuario, llene el teatro donde se representa, durante tres meses, es inverosímil y hace meditar. ¿Acaso el gran público ha iniciado también la renovación? ¿Se le ha abierto la cortina cerebral acostumbrada antes al diálogo ramplón, luego a las piernas al aire, después al cacareo de la risa procaz?

Estamos, como dije, en la niñez del teatro. A unos milímetros de la adolescencia. Y esto se refleja claramente en la aparición del teatro de vanguardia. Ionesco en primera fila. Brecht, Beckett...

Entonces, el divorcio entre los gustos es irrebatible. Y así como hay público para las indecencias de Celia D'Alarcón, también existe para las temporadas dignísimas del Seguro Social o las geniales exageraciones del alumno de Marcel Marceau, con sus absurdos entreverados en el talento y el esnobismo.

El teatro escrito por autores mexicanos es, hoy por hoy, señuelo de atracción para un número de espectadores antes inimaginado. Y recurriendo a la ironía: a pesar de la crítica de extranjeros. Y si no, hay que echar una mirada rápida en torno al mismo, y el mejor botón, gústeles o no, es Cada quien su vida de Luis G. Basurto.

¿Quiere usted dar una conferencia sobre crítica de teatro?

Sigo dando vueltas a la propuesta. ¿Cómo? ¿En qué forma sacar el alma y tenderla en público? ¿Ser crítico es encarnar en la vida real un papel de juez, maestro o profesor de moral? Porque de esta profesión a la petulancia o la tontería no hay más que un parlamento.

"¿Cómo escapar de ese peligro? —dice Albert Camus—. Mediante la ironía. Pero, desgraciadamente, ya no estamos en una época de ironía. Estamos aún en el tiempo de la indignación. Sepamos únicamente guardar, suceda lo que suceda, el sentido de lo relativo y todo estará salvado..."

 

México, D. F., 25 de agosto de 1961.


 

Publicado en María Luisa Mendoza, Antonio Magaña Esquivel, Marcela del Río,
 3 conceptos de la crítica teatral, México, UNAM, 1961.